La buena vecina
Yo creo en la buena vecindad. Los vecinos son personas que se relacionan por algo más que la simple proximidad de sus viviendas. Entre ellos puede haber un sentimiento de amistad y, principalmente, de apoyo ante los problemas que uno u otro puedan tener. Un vecino apoya al otro, la mayor parte de las veces, en forma desinteresada y sin esperar nada a cambio. Sin embargo, ésta es obligada cuando el primero lo necesita, haciendo realidad el conocido lema: “hoy por ti, mañana por mí”.
Una noche de abril, mi tío Álvaro llamó por teléfono a mi abuela y la invitó a pasar unas semanas con él y su familia, aprovechando la boda de Lucía, la hija mayor, quien se casaría con un joven mexicano. Mi abuela, instantáneamente, manifestó su deseo por asistir, pero luego, pensó en que no podía dejarme solo. Yo no podría ir por mis estudios, ya que los exámenes del semestre estaban por empezar y ella no podía dejarme solo. Por ello, comenzó a decirle a mi tío que le agradecía la invitación, pero que no podría ir. Yo la escuché, y le dije que fuera, que no se preocupara por mí, que yo ya no era un niño y que podría cuidarme solo.
- Una oportunidad como esa no debes de desaprovecharla -le dije-. Ve, que yo me puedo cuidar solo.
Ella se quedó dudosa y le dijo a mi tío que lo pensaría. En los días sucesivos yo me ocupé de convencerla de que no tenía razón para preocuparse por mí.
- Está bien -dijo finalmente-, iré si me prometes cuidarte y alimentarte bien.- ¡Lo prometo! -le respondí.
Tenía entonces 18 años y me había iniciado en el sexo con las clásicas masturbaciones de adolescente siempre pensando en mujeres mucho mayores que yo, porque en mis fantasías eróticas, no sé por qué, siempre aparecían mujeres maduras, con una característica común: algo rellenitas y de grandes senos. Sabía que tenía que ser muy cuidadoso, ya que mi abuela era muy estricta en estas cuestiones y no sabría comprender mis nacientes aficiones por el sexo. Siempre buscaba momentos de soledad (a la hora de dormir, en el baño, etc.) para dar rienda suelta a mis instintos sexuales. Yo mismo me fabriqué, con una tela gruesa pero suave, una bolsita para meter en ella el pene y eyacular en el interior, a efecto de no dejar manchada la sábana de la cama, porque ya en una ocasión, mi abuela me había regañado por “ensuciar” las sábanas.
En la tarde siguiente de que mi abuela se fue, me disponía a ver televisión, cuando sonó el timbre de la puerta.. Yo andaba por casa con pantaloneta y playera. Así vestido, me dirigí a abrir. Era doña Amanda, la señora que vivía en la vecindad, mujer de 51 años, morena, con el pelo recogido, no era una belleza de cara, pero su bien hacer en el maquillaje la hacía resaltar mucho, algo gordita y magnificas tetas.
- Hola. Buenas tardes, sólo quería saber si no necesitabas algo ahora que tu abuela se ha ido.- ¡Doña Amanda! -respondí sorprendido, ya que no la esperaba.
Ella me miraba con una sonrisa y yo, le respondí que le agradecía su interés, pero que me encontraba bien.
- ¿Almorzaste? -preguntó solícita.- Sí. No tenga pena.- Está bien. No vaciles en pedirme cualquier cosa que necesites. Pasaré después a ver cómo estás.- ¡Gracias! -fue lo único que atiné a decir.
Ella se agachó para recoger una bolsa del supermercado que tenía en el suelo y yo advertí por su escote los grandes senos que debía esconder aquella mujer bajo el vestido. Cerré la puerta y no lograba quitarme de la cabeza el escote de doña Amanda, por lo que planeé una masturbación memorable para esa noche, haciéndome toda clase de fantasías con ella. Mi abuela Marta era muy estimada por los vecinos. Todos la saludaban con respeto y aprecio y la tenían por una gran señora. Ella los trataba con la misma cortesía y deferencia, salvo por el caso de doña Amanda, quien siempre saludaba muy amablemente a mi abuela y buscaba su conversación, pero no recibía lo mismo en reciprocidad ya que mi abuela no gustaba de su amistad.
Ella decía que doña Amanda no era una “mujer decente”. La realidad es que la famosa doña Amanda estaba casada con un señor que trabajaba como supervisor de una cuadrilla de construcción de caminos en Petén, por lo que venía a la capital a visitar a su esposa uno o dos días cada trimestre, dejándola sola la mayor parte del tiempo. Al parecer, doña Amanda había tenido dos hijos, uno de los cuales había muerto en su infancia y el otro se había marchado a vivir a Los Ángeles, California, donde trabajaba, había establecido su residencia y fincado su hogar. Doña Amanda vivía sola y ello la había llevado a serle infiel a su esposo. Mi abuela decía que ella había tenido más de un amante, por lo que no gustaba de relacionarse con la mencionada mujer. Yo, por mi parte, desde que escuché a mi abuela decir que ella era una “traga hombres”, había comenzado a fijarme más en esa mujer, y a hacerla de vez en cuando, blanco de mis fantasías masturbatorias. Pero fue en el momento de que ella se agachó levemente, cuando llegó a llenar mi pensamiento.
Como a las seis de la tarde, sonó el timbre. Era nuevamente doña Amanda.
-¡Hola! -saludó alegremente-. Vengo a ver si tenés cena para hoy. Estoy segura de que tú solo no te alimentarás bien.- Gracias -le respondí, entre agradado y extrañado-, pero mi abuela me dejó algo de dinero, así que había pensado ir por ahí a comer una hamburguesa.- Eso no es suficiente -dijo ella-. Lo que necesitas es una buena comida casera. Regreso en un momento.
Y dicho esto, se marchó de regreso a su casa. Como a las siete de la tarde, volvió a sonar el timbre. Pensando en que podía ser ella, me puse un poco nervioso cuando fui a abrir la puerta. Abrí, y me encontré frente a doña Amanda que traía unos trastos sobre un azafate. Inmediatamente noté que se había cambiado de ropa y tenía puesta una blusa azul aún más escotada que el vestido que le había visto anteriormente. Mis ojos se quedaron fijos en aquella parte de su anatomía y después de un momento, dándome cuenta de mi torpeza, agregué mientras me apartaba de la entrada:
-¡Pero qué descortés soy! ¡Pase! Pase, por favor.
Doña Amanda entró a la casa y sin pedir permiso se dirigió hacia el comedor, dejó los trastos sobre la mesa y volviéndose a mi, me preguntó:
- ¿Querés cenar ya? – Yo… en realidad creo que sería magnífico -respondí.- Excelente -dijo ella con una sonrisa-. Entonces, comeremos ahora.
Me sentí un poco desconcertado, pero ella fue a la cocina y tomó unos platos, los que puso sobre la mesa. Seguidamente puso cubiertos y un par de vasos. Luego tomó asiento y destapó los trastos que había traído, conteniendo un espagueti a la Boloñesa y una ensalada que se veía bastante apetitosa.
Durante la cena conversamos sobre asuntos de poca trascendencia: El clima, mi abuela, su viaje, mis estudios, etc. Sin embargo, ella fue haciendo que la charla se tornara más y más íntima. Salpicaba la plática con preguntas que denotaban el deseo de conocer más sobre mis aspectos personales. Me miró fijamente a los ojos y yo le devolví una sonrisa, sin saber qué hacer o decir. No pude sostener su mirada y bajé la vista, deteniéndome en sus senos. No pude evitar pensar en lo buena que estaba y en lo mucho que un inexperto como yo podría aprender de esta hermosa mujer.
- ¿Tenés novia? -me preguntó.- No -le respondí un poco avergonzado.- ¿Has estado con alguna mujer? -preguntó con una expresión de lascivia en su mirada. – No -respondí con voz casi inaudible. – O sea, que ¡sos virgen! -exclamó con un gesto jocoso.
Creo que los colores se me subieron a la cara. Para ese momento tenía una erección que me estallaba a través del pantalón que llevaba puesto.
- ¿Por qué te ruborizas? -preguntó. Lo único es que creí que un chico tan guapo como tú y en estos tiempos, pues…
Bajé la vista. Sentía su mirada clavada en mí, cuando preguntó con suavidad:
- ¿Qué clase de mujeres te gustan?
Pensándolo ahora, no sé cómo me atreví a responderle como lo hice. Quizás fue por la confianza que me estaba inspirando o por el deseo que estaba sintiendo, pero pude contestarle:
- Las mujeres como usted.
Ella comenzó a reírse a pierna suelta y me dijo:
- ¿Cómo yo? ¿Pero estás loco? Yo soy una vieja y tú lo que necesitas es una chica de tu edad.- No, se lo juro, me gustan las mujeres maduras. Como usted…
En ese momento ella me miró fijamente unos instantes. Luego se puso de pie y me pidió permiso para usar el baño. Yo me quedé sentado a la mesa, pensando en lo que estaba pasando, sin saber si había hecho bien o mal en hablarle de aquella forma. Unos minutos después, escuché la voz de doña Amanda, que me llamaba. Me acerqué al baño, pero ella no estaba allí. Sin embargo, estaba abierta la puerta que comunicaba con la alcoba de mi abuela, por lo que me acerqué al umbral, y allí la vi. Estaba acostada en la cama de mi abuela, se había quitado la blusa y la falda, teniendo sólo medias y brassier. Ante aquel espectáculo, no pude menos que experimentar una nueva erección que templaba ya la tela de mis pantalones.
- ¡Acercate! -ordenó ella en un susurro, en tanto que yo la miraba como embobado.
Ella sonrió un momento y luego preguntó:
- ¿No vas a quitarte esa ropa? Aquellas palabras parecieron despertarme y rápidamente comencé a desabrocharme los pantalones. Doña Amanda sonrió complacida al ver mi prisa. Se sentía deseada y eso le satisfacía. Mi pene cabeceaba de deseo y tuve que quitarme con rapidez el calzoncillo para darle libertad al enfurecido miembro.
-Vaya, hijo. Parece que tenés un muy buen instrumento -dijo al apreciar mis 23 centímetros.
Mi nerviosismo seguía creciendo por segundos. Cuánto más cerca estaba de mi sueño, más nervioso me encontraba.
- ¡Ven! -ordenó ella con voz suave. Mientras me acercaba, vi como ella se quitaba el brassier, dejando al descubierto sus enormes tetas, grandes, macizas, surcadas por ligeras venitas azules, coronadas por grandes pezones casi negros, rodeados de enormes aureolas obscuras. Creí que me corría de felicidad.
- Creo que podré enseñarte una o dos cositas, dijo al tiempo que alargaba su mano y me agarraba la verga y los huevos con delicadeza.
Nunca había imaginado que aquello pudiera ser tan excepcional. Me sentí como en el paraíso y atreviéndome, llevé mi mano hasta sus tetas. Allí estaba yo tocando aquellos dos melones con enormes pezones. Doña Amanda seguía tocándome, aunque ahora con más ritmo. Creo que en un minuto estaba ya para correrme. Ella se dio cuenta y lo dejó. Se puso de pie y se bajó las bragas. Abrió las piernas, a manera de invitación, dejándome ver el vello que cubría el triángulo donde se unían sus piernas y, más abajo, la profundidad de su vagina. El deseo me encabritaba el pene más y más.
- ¡Qué grande lo tenés! -susurró con voz sensual.- Usted me pone así -respondí.
Me subí a la cama, nos abrazamos y comenzamos a acariciarnos. Aunque nunca había tenido una aventura sexual, mis manos recorrieron ávidas el cuerpo de la mujer. Me apoderé de ambos senos, los amasé y acaricié largamente. Los senos siempre me habían llamado enormemente la atención. Me tendí sobre ella y nuestros vientres se aplastaron uno contra el otro, en tanto que yo le devoraba un pezón y su aureola y le chupaba con pasión la enorme teta. Ella me correspondía con besos por el cuello y en las orejas. Yo en cambio solo quería besar y coger sus grandes tetas. Acostados en la cama, seguimos con los juegos de besos y caricias. No hablábamos ninguno de los dos.
En una de las vueltas que dimos el uno sobre el otro, advertí con mi rodilla, que su coño estaba totalmente mojado. Entonces, por primera vez, deslicé mi mano hacia su entrepierna y le toqué su cueva oscura y peluda. Ella dio el primer respingo de la tarde. Ella seguía mordiéndome el cuello y ahora sí me susurró al oído que le metiera un dedo dentro. A lo que yo accedí automáticamente. Empecé un mete y saca rítmico que hacía que se estremeciera en la cama. Agarró mi verga y, al mismo ritmo que yo le introducía ya dos dedos, ella empezó a masturbarme. A los dos minutos, entre jadeos y suspiros, tuve mi primera corrida. Mi semen manchó la colcha de mi abuela.
Ella me dijo que no importaba, que lo lavaría después, que lo importante era que siguiera frotándola con mis dedos. En cierta forma, me sentí decepcionado. Yo esperaba algo más que ser solamente masturbado. Sin embargo, ella no dejó de masturbarme y a pesar de mi eyaculación, mi verga en pocos momentos volvió a estar erecta como un mástil.
Tras un rato de aquellas caricias, ella sintió la venida de su primer orgasmo. Cerró las piernas y mi mano quedó engullida de tal manera que no podía moverme. Tuvo varias convulsiones y después de un largo gemido, quedo abatida en la cama. Me acerqué y comencé a besarla de nuevo. Mi boca se posaba sobre la suya, que se abrió, permitiéndome meter la lengua. Ella me correspondió, metiéndome la lengua hasta la garganta. Pasados unos minutos me tumbó de espaldas y me dijo que ahora le tocaba a ella. Que me enseñaría lo que era un verdadero acto sexual, ya que mi primera corrida había sido más de ansia que de gozo. Y era verdad. Se puso de rodillas y suavemente me agarró el pene y comenzó a frotarlo cuan largo era.
Asiendo mi pija con una mano, me acarició los testículos con la otra. Comencé a decir algo, pero en ese instante ella aprisionó mi polla con los labios y con gran facilidad se tragó mi verga hasta los huevos. Yo di un respingo que por poco me caigo de la cama y las palabras quedaron en el olvido.
Empezó a chuparme desde la punta de la polla hasta la raja del culo. Me sentí desfallecer de placer, y le sujeté la cabeza en aquella posición, mientras con la otra mano le acariciaba la espalda y las nalgas. La mujer me lamía el pene y lo mamaba con avidez, mientras toda la poderosa erección entraba y salía de su boca con un ritmo delicioso. ¡Qué gusto más grande!
Trataba yo de prolongar el goce, pero comprendí que no iba a poder contenerme por mucho rato más. Doña Amanda continuaba mamando golosamente, con sus labios aferrados a mi verga, resbalando de tal modo que la cabeza del instrumento casi le salía de la boca y luego empujaba hacia adelante, perdiéndose el pene entre el túnel de su garganta. Yo la detuve y saqué suavemente mi virilidad enfurecida de su boca, a punto de eyacular, tratando de serenarme para no terminar tan rápido. Ella comprendió el motivo y, sabiamente, me asió el pene, presionando con fuerza en la base del instrumento, donde se une con los huevos, y logró detener mi derrame, que hubiera sido decepcionante para ambos.
Tras unos minutos de pausa, se montó sobre mí como se monta un caballo y con gran facilidad se empaló en mí. Estaba totalmente mojada y lubricada y en cada vaivén de entrada y salida, su cara se estremecía de placer. Estaba gozando tanto como yo. Se levantaba y se echaba sobre mí. Cada vez que se echaba y notaba sus tetas sobre mi pecho el placer se multiplicaba. No quería que aquello se acabara nunca. Hubiera deseado prolongar aquel placer, pero nada dura para siempre. Eyaculé otra vez, pero ahora fue dentro de ella. Aquello fue el placer más grande sentido en mi corta vida. Ella también me dijo que había tenido un par de orgasmos durante la penetración.
Yo estaba de nuevo como una estaca. Mi polla con un brillo especial pedía más guerra. Doña Amanda se echó de espaldas sobre la cama y me dijo que fuera yo quién ahora mandara la situación. Se abrió de piernas y pude observar su raja abierta todavía goteando de mi última corrida.
- ¡Vení! -pidió ella.
Sin embargo, esta vez no obedecí. Viendo las piernas abiertas de doña Amanda y observando el apetitoso espectáculo de su vulva y aquellos carnosos labios, la agarré por las caderas, para atraerla y sepultar mi cara en el punto donde se juntaban los muslos. Mamé y lamí con una mezcla de ternura y pasión, sintiendo por primera vez en mi vida, el sabor de mi propio semen, y no me pareció feo. Logré excitar el clítoris al máximo, haciéndola prorrumpir en gritos de delirio, al tiempo que la taladraba con mi lengua caliente y húmeda.Doña Amanda se remeneaba al sentir aquellas caricias. El calor que la poseía se hacía más y más fuerte. Ella brincó en la cama y se retorció como una serpiente. Seguí lamiéndola furiosamente por todas partes, haciendo presión en los repliegues más íntimos de su cavidad, hasta que quedó limpia. Pero no me detuve y continué chupando y lamiendo con avidez, haciéndola temblar y sacudirse como una hoja al viento. Entonces, en forma jadeante, con voz trémula, ella suplicó:
- ¡Metémela! ¡Por favor, metémela!
Gateé sobre ella y mi verga se puso de punta, frente a la entrada de la vagina. Me abrazó y con una mano dirigió mi pene hacia su vagina y lo puso en la entrada, tocando los grandes labios. Me dijo que empujara y así lo hice. De nuevo mi pene entró hasta el fondo sin ningún problema y me abrí paso en el túnel del amor. Para ambos, aquella introducción fue una fuente indescriptible de placer.
Ahora era yo el que empujaba hacia fuera y hacia dentro. Ella agarrando mis caderas en ocasiones, y otras apretándome el culo guiaba mi ritmo. De pronto, sentí su dedo juguetón insinuándose por la abertura de mi ano. Estaba demasiado excitado para protestar, cuando ella me introdujo el dedo medio en el culo. Pese a un pequeño dolor, la sensación fue inenarrable. Estaba en el paraíso. No necesitaba de su ayuda para marcar un ritmo. En esta ocasión nos corrimos los dos a la vez. Después de estar un ratito abrazados me besó y nuevamente me metió la lengua hasta la garganta. Yo le correspondí y así estuvimos otro rato, hasta que la verga se me paró otra vez.
- ¡Vaya, muchacho! -me dijo al ver mi nueva erección-, tú sí que parecés una máquina de sexo. ¿Dónde habías estado metido todo este tiempo?
Nos acariciamos nuevamente con furia, buscando excitar nuestros cuerpos al máximo. Doña Amanda tenía la respiración entrecortada y la vista nublada por el deseo. Sin dificultad, le metí toda mi verga, llegando hasta el tope. Por unos instantes quedé quieto, mientras doña Amanda acentuaba sus movimientos. Por fin, el ritmo de ambos se acompasó. Por momentos yo retiraba mi pene casi hasta la punta de la cabeza y entonces doña Amanda levantaba las caderas buscándolo. En ese instante, yo acometía con fuerza, hasta tropezar con el fondo de la vagina.
Un grito de gozo y sensualidad salió de ella. Esto me excitaba aún más, y me sentía muy satisfecho de estar haciendo gozar genuinamente a la mujer. Nuestros cuerpos electrizados temblaban y los gemidos se mezclaban con palabras de amor. Las contracciones de la vagina se transmitían a mi miembro y ella sentía los golpes de mi pene en lo más profundo de su ser.
- ¡Ahh! ¡Ahh! -gritaba ella moviendo la cabeza a uno y otro lado, frenética, mientras que yo, a golpes de barra, la hacía temblar y bramar.
Fui bombeando con mayor dedicación, como si fuera un émbolo mecánico. A estas alturas, después de tres orgasmos, ya no tenía la fuerza de la primera vez, pero esto me hacía aguantar más, tratando de darle con todo y manteniendo el control, a la vez que la trastornaba de pasión. Acometía de manera brutal, sacudiéndole los senos sin piedad. Seguí ciego en mi ardiente tarea, buscando para ambos un paroxismo que calmara nuestras ansias de placer.
Doña Amanda reía y lloraba a medida que se iba acercando a su clímax total, el cual explotó momentos después en el interior de sus entrañas, permitiéndole alcanzar el nuevo y tan deseado orgasmo. Por largos segundos se agitó como un animal herido. Los músculos de la vagina pulsaban vigorosamente, apretando y prácticamente ordeñando mi pene, haciéndome llegar a la cúspide de una manera rápida y prodigiosa. En sucesión vertiginosa sacaba mi verga, casi hasta desconectarme, para luego meterla violenta y bestialmente en forma total. De pronto, gemí profundamente, clavé mi estaca hasta el fondo y un torrente de esperma se derramó en las profundidades del caliente túnel. Mis espasmos eran fuertes y me sacudieron hasta que terminó la eyaculación. Doña Amanda no se contuvo. Gritó cuanto quiso, estremeciéndose con fuerza.
Yo me desmadejé encima de ella y permanecimos así, abrazados, jadeando, durante largo rato. Finalmente, giré y quedamos acostados uno al lado del otro, recuperando el aliento. Nos abrazamos estrechamente, uniendo nuestros cuerpos, respirando agitadamente, recreándonos en el placer experimentado. Permanecimos otro rato juntos, gozando nuestra fatiga y luego abrazados, nos quedamos dormidos.
Al despertar, noté que ya había amanecido. Busqué a mi compañera, pero el lecho estaba vacío de su lado. Me levanté y aún desnudo, fui a buscarla por la casa, pero ella no estaba. Resignándome, fui al baño y tomé una ducha.Mientras desayunaba, dejé divagar mi mente sobre los acontecimientos de la noche anterior y de sólo pensar en ello, el pene me dio un respingo.
- ¡Caramba! -exclamé para mí-. No sé bien cómo sucedió todo. Pasé la noche con la vecina y, peor aún, al pensar en ella, estoy deseando cogérmela otra vez.
Eso es todo. En el futuro les contaré más.
A quien la suerte se la de…
Faltaba un hombre para completar cuatro parejas. Y Toño (cosa rara), se acordó de mí.
- ¡Diga!- ¡Hola, Alex! Soy Toño. ¿Cómo te va, tío? Toño no llamaba nunca. De modo que, si lo había hecho, es que quería algo de mí. – Bien, hombre, como siempre. Y tú, ¿qué tal? – Tirando. Oye, te llamaba porque hace mucho que no nos vemos, y a lo mejor… Verás, este fin de semana hay una fiesta en el chalet de unos amigos, y he pensado que igual te apetecía. – ¿Los conozco? –pregunté. – No, pero son gente muy maja, ya verás. (Ahí había gato encerrado, seguro). – Oye, Toño. Nos conocemos desde la escuela, así que ¡déjate de chorradas! ¿Cómo es que me llamas al cabo de?… (Ni me acordaba de cuándo fue la última vez que hablamos). Clarito y al grano. ¿Qué fiesta es esa, y por qué me invitas?
- Tú siempre tan suspicaz. Bueno, por una vez tienes razón. Verás, es que normalmente coincidimos cuatro parejas en casa de esos amigos. Una de esas parejas eran Marina y Arturo. Pero resulta que se han tirado los trastos, a pesar de lo cual Marina se ha empeñado en venir, aunque sólo sea de mirona… (Se cortó claramente en ese punto). – ¿Cómo que de “mirona”? –pregunté. – Bueno, déjame que te explique. Es que se trata de una fiesta muy especial…
- ¿Qué tiene de especial? – Bueno, tío, que tú no has nacido ayer -explicó-. ¿Has oído hablar de “swinging”? (Claro que sabía el significado de la palabra. Aquello empezaba a ponerse interesante). – Sí, por supuesto. – Pues va de eso. Cuatro parejas, todos gente agradable, que nos reunimos unas cuantas veces, sobre todo durante el verano, para pasarlo bien… Sin complejos ni inhibiciones.
Se me levantó de inmediato. Uno había oído hablar de esas cosas, por supuesto. Pero si tuviera pareja, pues no me gustaría un pelo seguramente ver como se la follaba otro tío. Pero aquello era distinto, porque ni conocía a la tal Marina, así que… Se me ocurrió de repente una idea que consiguió que el pene volviera a su estado de reposo.
- Oye, Toño, ¿va de todos con todos, o sólo chico-chica? – Bueno, uno de los tíos es bisexual, pero los demás no nos prestamos, y eso quedó muy claro desde el principio Aunque, como tú eres nuevo, a lo mejor te hace alguna proposición, ¡je, je! – Mira, Toño, será mejor que lo olvides. – ¡Que no, tío, que no! Que es broma.
Total, que acabó convenciéndome (no le costó mucho, no). Había que recoger a Marina, que no tenía coche. No me importaba, y además me solucionaba otro problema, porque ella sabía donde era el sitio (un chalet en una zona exclusiva, fuera de la ciudad), pero yo no. Al día siguiente me llamó Toño de nuevo, y me dijo que la chica me esperaría el viernes a las 6 p.m. en… (Una dirección del centro). Total, que llegó el viernes. A lo largo de esos días, estuve varias veces a punto de arrepentirme. Pero luego venía a mi imaginación una escena de orgía que vi hace tiempo en una peli porno, y me empalmaba sólo con la imagen mental. Además, es que llevaba ya más de dos meses sin un buen conejo que se comiera mi nabo. Así que lo dejaba correr.
Cuando vi a la tal Marina, se me “cayeron los palos del sombrajo”. Uno se había imaginado una chica normal tirando a feíta, falta de sexo, pero nada más lejos de la realidad. Casi tan alta como yo, morena con el pelo cortito, ojos castaño muy claro, con unas pestañas más largas que mi hipoteca, una naricilla ligeramente respingona que le daba un aire travieso, boca llena, unas tetas redondas y altas muy bien puestas, cintura estrecha que dejaba paso a unas caderas muy apetitosas, a juego con su culito, de esos de nalgas bien diferenciadas. ¡Y qué muslos! Llevaba un vestido claro de una pieza, con la falda cortita, así que pude apreciar lo bien formados que los tenía. A juego con sus piernas, realzadas por unas sandalias con medio tacón.
Decididamente, su novio merecía un par de ostias, por dejar a una cosa así. Me quedé tan agilipollado, que ni reaccioné cuando ella me estrechó formalmente la mano. Luego conseguí salir del trance, le dije alguna pavada que no recuerdo, y nos sentamos en mi auto.
Yo estaba más “cortado” que la leche. Veréis, os lo explico: uno conoce a una chica que le gusta, y piensa en “llevársela al huerto”, si, pero en un futuro indeterminado, sin plazos. Pero aquello rompía todos mis esquemas porque, aunque acababa de conocerla ¡íbamos a follar!, y la idea me produjo una erección imparable. Ella también estaba un poco violenta, todo hay que decirlo. Rehusaba mirarme, y tenía que sacarle las palabras con sacacorchos. De todos modos, se le había subido la falda hasta bastante más arriba de lo que aconsejaba la decencia, y no había hecho ninguna intención de cubrirse, con lo que tenía una perspectiva increíble de sus apetecibles muslos, casi hasta las braguitas. (Si es que las llevaba). Me atraganté sólo de imaginar que dentro de un rato podría comprobar seguramente si se había puesto o no ropa interior. Decidí que lo mejor para romper el hielo, era “coger el toro por los cuernos”:
- Oye, Toño no me ha explicado prácticamente nada. ¿Te importaría ponerme al corriente?
Ahora sí me echó una larga mirada. Dudó unos instantes, y luego se decidió a hablar.
- Pues verás. Somos… éramos -corrigió- cuatro parejas muy liberales, incluyendo a Toño y Andrea, su novia. No hay apenas reglas, sólo una higiene estricta, y buen “rollo”.- Perdona… -titubeé unos instantes, luego me decidí-. No me respondas si no quieres, pero se me hace un poco “cuesta arriba” que una chica tan bonita como tú… No iba bien. – Bueno, quiero decir que yo tenía la imagen de que esto era cosa de parejas ya maduritas, que se aburren haciéndolo solos, y buscan la variedad para mantenerse sexualmente activos.
Marina tardó en responderme. Luego pareció decidirse:
-Verás, no fue de golpe y porrazo, sino que la cosa fue derivando poco a poco. Al principio sólo nos reunimos un par de veces para cenar o tomar una copa. Llegó el verano, y una noche -sonrió- en la que todos habíamos bebido algo de más, alguien propuso bañarnos en la piscina. Hacía mucho calor, y apetecía. Pero claro, sólo los dueños de la casa tenían bañador. Fue Helena “con hache” -por primera vez oí su risa- (es que se presenta así ella misma, explicó), la primera que dijo que no le importaba bañarse en ropa interior, si nadie se fijaba mucho. Al final resultó que sólo llevaba unas braguitas muy pequeñas debajo del vestido, pero parece que no le importaron las miradas de todos los hombres, y se metió en el agua. Aquello fue como la señal.
Todos los hombres se las arreglaron para convencer a sus parejas, y el próximo recuerdo que tengo es que estaba nadando sólo con sujetador y tanga. Cuando se me pasó un poco la borrachera por efecto del agua fría, me avergoncé un tanto, pero ¡se estaba tan a gusto! Cuando salí fuera de la piscina, me quedé de piedra: Piluca y Juan (los anfitriones), completamente desnudos, me ofrecieron una toalla. Yo no sabía qué hacer, pero ellos actuaban con mucha naturalidad, y enseguida se apartaron para atender a otros. Otra vez fue Helena, la más decidida. Después de secarse ligeramente, dijo que le molestaba la humedad de las braguitas, y se las quitó. Y poco a poco, todos fueron siguiendo su ejemplo. Se echó a reír de nuevo.
- Yo estuve un buen rato tapándome los pechos con un brazo, y con la mano en… -carraspeó-. Bueno, finalmente, dos copas más, todo el mundo estaba desnudo, total, que se me fue pasando poco a poco el pudor. Aquella noche no sucedió nada más -continuó-. Pero el fin de semana siguiente volvimos. Nos habían citado a las 7, como hoy, o sea que era de día. Me extrañó que Piluca y Juan llevaran albornoces, porque hacía calor. Pero cuando habíamos llegado todos, se los quitaron, y estaban desnudos, como la otra noche. Luego Juan hizo un discursito hablando de nudismo, de que total, ya nos habíamos visto todos así…
En unos minutos estábamos todos en pelotas de nuevo. Otra vez me dio algo de vergüenza, porque la vez anterior, mal que bien, la oscuridad me hacía sentirme más oculta, pero mi novio me animó, y me daba reparo ser yo la única vestida, total que me desnudé también. Creo que Piluca y Juan lo tenían todo planeado. Después de la cena, pusieron música suave, y salieron a bailar, animándonos a que los imitáramos. Ya estábamos todos más o menos acostumbrados a estar sin ropa, pero bailar desnudos, bueno, todos nos fuimos excitando poco a poco. Y cuando vimos a Juan y Piluca haciendo el amor sin ningún reparo, abrazados sobre el césped… bueno, el paso siguiente fue más fácil, y al cabo de unos segundos estábamos mi novio y yo imitando a los anfitriones, como todo el mundo. Se detuvo unos segundos antes de continuar.
El paso siguiente vino rodado. Dos semanas después, ya nos pareció a todos de lo más natural desnudarnos nada más llegar. Todo se desarrolló lo mismo, hasta que a la hora del baile, en lugar de hacerlo con su mujer, Juan se acercó a Andrea y la sacó a bailar. La chica lo dudó un poco, miró a su pareja como pidiéndole permiso, pero luego se decidió. Y al final, terminamos bailando todas con todos, alternativamente. En un momento determinado estaba yo bailando con Toño, que por cierto estaba bastante… excitado. Yo trataba de mantenerme a distancia, pero su “cosa” me rozaba continuamente, y me fui excitando sin querer. Quise apartarme, pensando que a mi novio igual no le parecía bien, pero entonces le vi bailando con Helena, y no sólo estaba bien pegadito a ella, sino que tenía una mano metida entre sus piernas. Así que un poco por rabia de ver lo que estaba haciendo mi novio, un poco también porque a esas alturas yo estaba ya bien calentita, no sólo le permití a Toño que se me pegara como una lapa, sino que ni siquiera le aparté la mano cuando empezó a acariciarme los pechos.
Cuando me quise dar cuenta, éramos los únicos bailando. Piluca estaba cabalgando como una posesa encima de Pepe, la pareja de Helena. Arturo, mi novio, estaba entre las piernas de Helena, y Juan tenía a Andrea sobre él, moviéndose como una condenada. Casi sin pensarlo, me encontré tumbada en la hierba con Toño, y… (A estas alturas, el relato de la chica me había puesto ya “a mil”. Me estaba imaginando la escena, cuando rompió el encanto la voz de Marina).
- Tienes que dejar la autopista en la próxima salida. Luego ya te indicaré. – Entonces -pregunté- ¿la cosa va de que cada quién se empareje con quién quiera? (Yo no había visto a las otras, pero tenía muy claro con quién quería aparearme). – Bueno, con el tiempo, fuimos introduciendo juegos y variaciones, no sólo para la asignación de compañero, sino para hacerlo más interesante. También hubo un par de parejas más, pero después de unas cuantas fiestas, no volvieron. – ¿Juegos? -inquirí extrañado. – Sí, verás. Hay uno por ejemplo, la “botella femenina”. ¿Sabes eso de que se pone una botella en la mesa, se hace girar, y el elegido o elegida es aquél al que apunte la boca cuando se detiene? Pues Juan hizo construir una mesa que tiene encima una plataforma redonda, que gira sobre ruedas en un carril. Entonces, se ponen todos los varones alrededor, y las chicas nos vamos subiendo una a una a la plataforma, con las piernas encogidas y los brazos alrededor de las pantorrillas.
La idea de una chica en posición fetal, mostrando de seguro la vulva entre sus piernas, me estaba provocando sofocos.
- Alguien la hace girar, -prosiguió-, y lo mismo que con la botella. Te toca con el tío que quede más cerca de tu cabeza. – Otro juego es el de la oscuridad, pero hay que jugarlo en una habitación vacía, para que nadie se lastime. Apagan las luces, con todos alrededor de las paredes. Entonces Juan da una palmada, y todos paseamos por la habitación, andando muy despacio. De vez en cuando tropiezas con alguien. Compruebas si es varón, y entonces él te mete mano, y tú a él, a tientas, sin saber de quién se trata.
Otra vez se echó a reír con ganas.
- Una de las veces a alguien se le ocurrió encender la luz, y pillamos a Helena y Piluca muy abrazaditas, aunque debió ser un error, porque no te imagines que hay sexo homosexual; sólo hombres con mujeres. Bueno -concluyó-. Cuando ya estamos todos “a tono”, una nueva palmada de Juan, y entonces… bueno, digamos que te tumbas en la alfombra con quién estés en ese momento.
Tuve que colocarme el pene dentro del pantalón, porque estaba dolorosamente oprimido. Hacer eso conduciendo no puede ser disimulado, así que Marina lo advirtió, y me miró con cara de picardía. Estuve a punto de pedirle que se callara, pero ella, sonriendo irónicamente, continuó.
- Está también el de “todos contra una”. Todas las chicas, por turno, nos tumbamos en una mesa… este… bueno, abiertas de piernas. Los hombres van pasando uno a uno, y te… lo hacen, exactamente quince segundos, cronometrados por los demás mediante un reloj de pared. Esto dura hasta que la chica se corre. Entonces se baja, y otra ocupa su puesto. Los tíos suelen aguantar bastante, porque tienen quince segundos de actividad, seguidos de cuarenta y cinco de descanso. De vez en cuando, uno de ellos no se puede controlar, y termina dentro de la chica que está en la mesa. Piluca me dijo una vez, cuando acabó el juego, que ella se había venido seis veces.
Estuve tentado de preguntarle cual era su “score”, pero me callé, no fuera a mosquearse. Marina continuó:
- Está también “el día de las chicas”. Sacamos de una bolsa un número, del uno al cuatro. Y por el orden de los números que hemos sacado, escogemos a nuestra pareja para esa noche. Se quedó pensativa. – Eso fue parte del problema con Arturo, mi novio. Andrea tiene una suerte increíble, y casi siempre le escogía a él. Se debieron aficionar demasiado, porque un día llegué pronto a casa, y me los encontré en la cama. Luego supe que llevaban viéndose a solas varias semanas… Total, que tuvimos una discusión, y rompimos.
No pude por menos de sonreír ante lo que me parecía una inconsecuencia. O sea, que Andrea y Arturo habrían follado veinte veces delante de ella, pero que lo hicieran ellos solos… eso no, era infidelidad.
- Luego hacemos concursos y exhibiciones, aunque últimamente no, porque ya son previsibles los ganadores. No hubo tiempo de que me explicara lo de los “concursos y exhibiciones”. Se interrumpió cuando parecía que iba a continuar: – ¡Ahí, es esa casa de la izquierda!
Alguien debería estar al tanto de nuestra llegada, porque la puerta cochera se deslizó silenciosamente sobre un carril. Aquello no era una casa, era una mansión. Seguro que la mía cabría entera en la décima parte de una de sus dos plantas. Y rodeada toda de un tupido seto, impenetrable a la vista. Muy conveniente. Estacioné el coche bajo una cubierta, donde ya había otros dos, y nos bajamos. No se veía un alma, y yo no sabía qué hacer. Pero Marina, muy decidida, se encaminó hacia la parte trasera, rodeando la construcción.
Cuando terminamos de dar la vuelta y vimos a los invitados alrededor de una enorme piscina, para mi desilusión, advertí que todos estaban completamente vestidos. Bueno, esto hay que matizarlo. Piluca (luego supe que se trataba de la anfitriona que, por cierto, llevaba muy bien sus cuarenta y dos años), vestía una falda negra larga hasta los pies, pero en la parte superior, sólo una blusita finísima sin nada debajo, que dejaba admirar sus pechos como si no la llevara. Yo siempre había pensado, cuando veía transparencias como aquella en un desfile de moda, que ninguna mujer se atrevería a ponerse algo así, pero estaba equivocado al parecer.
Helena con Hache había elegido una blusa con escote muy amplio y abierto, por el que se asomaba de vez en cuando uno de sus pechos, de pezones erectos, que no se molestaba lo más mínimo en volver a cubrir. Por debajo, una falda hasta las rodillas, que se abría en un costado hasta la cintura, dejando ver casi permanentemente un muslo muy tostado y bien hecho. Y Andrea llevaba una minifalda vertiginosa, que mostraba en cuanto se movía lo más mínimo el inicio de sus nalgas, cuando estaba de espaldas, o su pubis cubierto por una braguita roja, cuando estaba de frente. En la parte superior, una blusa sin espalda anudada flojito al cuello y nada debajo, porque sus pechos eran claramente visibles cuando te ponías a su costado.
En cuanto a los hombres, sólo un pantalón corto -Juan, según supe después- y un par de torsos desnudos, incluido el del anfitrión. (Y es que en esto de la moda masculina hay menos imaginación, y nadie diseña pantalones abiertos por los que asome la polla, por ejemplo). Todas las mujeres, preciosas, y todos los hombres “bien hechos”. Pensé que aquel conjunto de “cuerpos Danone” no se había reunido por casualidad, sino que había sido fruto de una cuidadosa selección (después confirmaría que, efectivamente, Juan y Piluca había elegido a las parejas entre sus amistades o conocidos).
No tenía planeado hacer una serie, pero es que me han salido cinco páginas de Word con los preliminares. De forma que lo dejaré aquí, y otro día seguiré con lo que pasó después. No os lo perdáis.
Si queréis hacer algún comentario, sacarme algún defecto, o alabarme (esto último es lo que más me gusta), podéis hacerlo.
Una noche con mi ex
El llegó antes de lo que esperaba ya que yo tenía que estudiar y le pedi que me diera tiempo para arreglarme, pero cuando abrí la puerta sólo me dio tiempo a medio vestirme porque yo acababa de salir de la ducha.
Es un poco más alto que yo, pelo castaño y unos ojos profundos que saben encender una cara dulce y suave. Su cuerpo está trabajado, con los músculos suficientes para hacerle atractivo y un culo que impresiona no sólo a la vista sino al tacto. La verdad es que no me puedo quejar de buen gusto. Yo mido casi 1.70, con el pelo largo liso y castaño y tengo unos ojos negros de los cuales estoy orgullosa. Soy de complexión delgada, con unas medidas cercanas a lo deseado y unas tetas pequeñas, pero de las que no he oído quejas sino todo lo contrario. Me encantó verle en la puerta de mi casa, preparado para salir de juerga, con una camisa que le queda de infarto y esa colonia que le da un vuelco a todos mis sentidos. Yo tenía puesto un pantaloncito corto y una camisa sin mangas un poco ancha que entre deja ver ciertos encantos.
Le invité a cenar. Como nos llevamos muy bien, nos encanta tontear y jugar y así pasamos la mayoría de la cena. Nos encanta echarnos indirectas y calentarnos mutuamente. La verdad es que añoraba estar a su lado, ya que yo le había pedido tiempo para acostumbrarme a nuestra nueva situación de sólo amigos, pero era una tarea difícil. No por las indirectas, sino porque el sentir su calor cerca y todo su cuerpo convertido ahora en tentación, no me ponía las cosas muy fáciles. Aún así decidí tomármelo todo con sentido del humor… Cenamos y nos fuimos al salón a ver una película que por la televisión. Estábamos tumbados, él abrazado a mí y yo cogiendo sus brazos, estaba tranquila.
Hablamos durante toda la noche de todos los temas, pero al final siempre acabábamos en el mismo: en sexo, nos contamos cosas que nos gustaban hacer, las posiciones preferidas, nuestros deseos íntimos y esas cosas que nos calientan hasta más no poder. No me puedo quejar de ello, tenemos gran libertad para hablar entre nosotros, sólo que yo me estaba calentando y eso no se lo podía decir para no estropearlo todo.
Vimos dos películas y después haciendo zapping encontramos un canal donde unas tías hacen striptease, y como nos dio morbo, nos quedamos viendo lo que hacían. El no paraba de echarme indirectas y yo, poco a poco, me humedecía más. Él lo debió de sentir, porque su polla crecía dentro de su pantalón y yo lo notaba con mi culito. Supongo que para quitar un poco la tensión y ya que a mí me dolía la espalda, decidió darme un masaje. Me pidió que me quitara la camisa y luego me quitó el sujetador rozándome con sus manos muy cerca de mis pechos.
Eso no hizo más que calentarme más, pero preferí no hacer ningún comentario. El con sus manos masajeaba toda mi espalda y después empezó a rozarme con su cuerpo. La sensación era increíble: todo su cuerpo caliente y suave estaba rozándome y yo seguía notando su miembro cada vez más grande y duro. Estaba a cien, no quería que parara, deseaba su cuerpo tanto que me dio igual toda clase de sentimientos que se pudieran pasar por mi cabeza.
El se tumbó encima de mí, y pasó su verga por mi culito, sus manos tocaban mi espalda y deseaban mis pechos, y su boca susurraba a mis oídos todo aquello que yo deseaba que me hiciera. Lo único que mi cabeza podía pensar en ese momento era tener sus manos estrujándome los pechos, su boca mordisqueándome los pezones, su verga jugando con mi culito y mi rajita… solo quería sentir su aliento sobre mi nuca y su enorme polla penetrándome…
Estaba muy excitada, mi coño estaba muy húmedo, mis tetas querían ser libres y mis pezones estaban duros como hacía mucho que no los veía. Desperté de ese dulce sueño cuando él me preguntó si estaba segura de lo que iba a pasar. Le deseaba, le deseaba tanto que todo me hubiera dado igual, pero mi corazoncito me dio un toque y entonces supe que el dolor que sentiría luego me haría más difícil el llegar a ser su amiga. Nos abrazamos, en un abrazo intenso y duradero. Le quería mucho y no podría soportar perderle sólo por un sueño (pero ¡un sueño muy apetecible!).
Continuamos viendo la tele y a falta de canales con programación decente, nos quedamos viendo los stripteases que daban mucho juego para tener una conversación. Acabamos hablando de las tetas de las tías y de si nos gustaría hacer un trío. A mí la idea de hacer un trío nunca me atrajo mucho, pero últimamente si me lo había planteado: el sentir a dos tíos sobándote por todas partes y dedicándose a darte placer solo a ti, me excita sobre manera; y el hecho de poder sentir como hago disfrutar a otra tía mientras me dan placer, el poder descubrir todos sus encantos… hace que me humedezca. El me confesó que estaba a reventar: entre que llevábamos toda la noche tonteando, el subidón de antes y la conversación que teníamos en ese momento… era fácil de comprobar mirando su paquete.
Le pedí que me la enseñara, ya que me daba morbo vérsela tan gordota, y no me desilusionó: era la polla más grande y brillante que había visto nunca. Pudo ser fruto de la lujuria que la viera así, pero nunca se la había visto tan vistosa. Me pidió si se podía masturbar y yo le pedí que lo hiciera delante de mí, siempre me gustó ver su cara de placer y ver como se tocaba. Se bajó los pantalones y le vi la verga entera, se sacó los huevecillos que también habían sufrido a causa de la excitación y le vi el culo… ¡qué tentación!
No pude dejar de mirarlo y al final me abracé a él y con una mano empecé a tocárselo. El también me abrazó y con una mano se tocaba el miembro sin parar mientras con la otra buscaba la raja de mi culo. Yo notaba como miraba la tele ya que en ese momento salía una tía con unas tetas muy bonitas y un coño casi tan depilado como el mío, con una pequeña mata de pelo encima del clítoris.
Ella se tocaba y bailaba al son de una música y la cámara le enfocaba esas zonas tan erógenas. Dejé de mirar la tele porque en parte me estaba poniendo con eso y me acerqué más a él abrazándole más, pudiendo así tocar más su culo que no paraba de moverse al ritmo de sus propias caricias. El aprovechó la situación para agarrar más mi culo y acercarse a mí.
Esta situación me acabó descontrolando: subí mi posición en el sillón para que me pudiera agarrar mejor y si quería, pudiera chuparme los pezones, pero él me metió un dedo en el coño y empezó a jugar con él. Me había agarrado por detrás, sentía su brazo ardiendo en mi culo y su dedo largo y juguetón no paraba dentro de toda mi humedad. Estaba chorreando y a él eso le excitaba más, así que empezó a jadear y suspirar encima de mí. Yo le agarraba el culo con mi mano y le tocaba los huevecillos para que sintiera más placer, y con tanta excitación yo también me puse a gemir y le pedí que me introdujera un dedo más.
Esos dos dedos dentro de mi coño me hicieron disfrutar como nunca: saliendo y entrando, mojándome la conchita entera, todo revoltoso jugando con mi botoncito… Esa situación se alargó un par de minutos hasta que me dijo que se iba a correr. Yo me puse boca arriba y le pedí que se corriera encima, así que se puso arriba, me bajó las bragas y continuó jugando con mi agujerito un rato más: metiéndome los dedos y comiéndose todos mis jugos, sin parar de tocarse su enorme verga que estaba a punto de reventar de placer.
Siempre le gusta tocarme el coño para excitarse cuando se masturba, ya que yo siempre me lo depilo porque me da mucho morbo al masturbarme: se me ven todos los pliegues, la entrada despejada y como la humedad sale de él. Se corrió en mi cara y luego se la chupé para dejársela reluciente. Me guiñó un ojo y con su dulce lengua me limpió la cara de su corrida y me dio un beso más dulce todavía…
Me tire a la camarera
Estas navidades fui a esquiar a los Pirineos con mi familia. Cogimos dos habitaciones comunicadas, pero en fin obviaré los detalles familiares para ir directamente a lo que interesa. También voy a obviar los nombres geográficos porque el pueblecito es pequeño y el hotel, inaugurado hace quince días, sería fácil de localizar.
Como me suele ocurrir últimamente, uno de mis mejores clientes, de viaje por Asia necesitaba cerrar una operación justamente la mañana siguiente de haber llegado, es decir el primer día real de vacaciones después del coñazo del viaje. Al estar en Asia, tuve que madrugar. Me levanté a las cinco. A las nueve seguía preparando la operación desde mi portátil y la cosa iba para largo. Adiós mi primer día de esquí. Decidí quedarme en la habitación. Pero como el hotel era nuevo, todavía no subían desayunos a las habitaciones. Rogué a mi mujer que mintiera en recepción y dijera que me encontraba mal, que el viaje me había dado lumbago y que no me podía mover. Así lo hizo y coló, pero sólo después del desayuno normal, subirían las camareras el mío. Así que mi mujer se subió con las niñas y yo me quedé solo.
Estaba cansadísimo y me metí en la cama. Como en todos estos hoteles de montaña, hacía muchísimo calor y agobiado me fui quitando la ropa y sólo me quedé con mis calzoncillos de Tommy Hilfinger. Sin querer me quedé tan dormido que no escuché llamar a la camarera, así que abrió con la llave maestra. Yo estaba en el mejor de mis sueños. Una prostituta tailandesa me la chupaba sin preservativo. En la misma habitación, mi cliente follaba con otra chica asiática jovencísima, que se quejaba de la enorme polla que tiene mi cliente y esto es absolutamente cierto porque se la he visto. Harto de oírla hablar sin entender nada, se dirige a mi chica, le sube la falda, le quita la tanga, unta su ano con un montón de crema y se la mete por el culo. La chica se agarra a mi polla como si fuese su tabla de salvación. Por mi espalda noto que me llaman. Pienso en la otra prostituta, me giro…
- Buenos días señor.
¡Joder es la camarera! Intento despertarme rápidamente. Estoy súper empalmado, se nota mi polla bajo el ajustado calzoncillo. Intento inútilmente coger la sábana y taparme.
- Déjeme ayudarle.
Su boca queda a dos palmos de mi polla. No es una hermosura ni tampoco una jovencita. Al primer vistazo le echo entre 30 y 35 años, alrededor de un metro sesenta, no mucho pecho y un culo gordito. Lleva una faldita negra, muy ceñida, por encima de la rodilla, medias negras y camisa blanca. Deja el desayuno sobre la mesilla.
- Vaya faena lo del lumbago. Venir a la nieve para esto…
Se afana por hacer la cama conmigo dentro y pasa su mano por encima de mí para estirar las sábanas. Ha tenido que notar mi polla tiesa. Si tuviese un botón de la camisa desabrochado le vería las tetitas, que ahora me parecen algo más grandes. Lo que es seguro es que el sujetador no es blanco…
- No sé si debe molestarse en arreglar la cama porque mi mujer ha dicho que quiere que la cama esté hecha y que me quede sentado en la silla viendo la tele. – Hay que ver como somos las mujeres… Se está usted muriendo y ni caso.
Sigo con la polla tiesa, pienso que incluso se me nota por encima de las sábanas, es una tontería porque no la tengo tan gorda, son suposiciones mías.
- Sentado no se está mal… Digo, por dar conversación mientras me la como con los ojos. Cogí mi cartera y le doy cinco euros. – Muchas gracias señor. Mire desayune tranquilo que ahora vuelvo por la bandeja y le arreglo la habitación.
Sale de la habitación. ¡Coño tendría que haberle dicho algo! Esta tía folla seguro… Al poco vuelve, no llama a la puerta aunque noto la llave. Estoy decidido a atacar y me vuelvo a destapar, hace mucho calor. Ahora no estoy empalmado, pero me siento sexy.
- Ya estoy aquiiii, dice con musiquilla. ¿Qué tal el desayuno? – Estupendo.- ¿Qué hacemos entonces? – Lo que tú quieras. – Bueno, le noto mucho mejor. Me refiero a la cama. – Yo para la cama siempre estoy dispuesto. – Vaya, vaya…
Esta no se corta, tiene ganas pienso, sigo destapado mientras va recogiendo la habitación y no se corta. Se gira y me mira directamente.
- Si yo antes ya había notado algo, bueno ahora no se nota nada. – Eso depende de ti. – Yo sólo hago mi trabajo. Jarro de agua fría. Me lanzo del todo. Saco 50 euros de la cartera. – Toma, sí te quedas un ratito conmigo. Mira el billete.- ¿Y qué hacemos?- Dormir y callar… pues contigo me quiero casar.
Entra en el cuarto de baño. Oigo los ruidos de estar limpiándolo. Sale a los dos o tres minutos. Mi billete está sobre la mesilla. Se aproxima muy despacio. Coge el billete y se lo mete en un bolsillo de la falda. Se dirige a la puerta de la habitación, que estaba abierta y la cierra. Apaga la luz. Se quita la falda y la camisa. Intuyo una tanga negra y un sujetador negro sin aros. Las tetas son más gordas que lo que pensaba. Se acuesta conmigo.
- Dormir y callar. – Vale, pero antes chúpamela un poquito…
Recorro todo su cuerpo con mis manos. Está ardiendo. La beso en la boca. Ella sigue besándome el pecho y va dirigiendo su cabeza a mi polla. Meto mis dedos en su tanga. Tiene el coño chorreando.
- ¿Hace cuanto que no follas? – ¡Huy!… si yo te contara… – ¿Estás casada? – Y cansada. Estoy separada desde hace tres años. – Sabes que eres un poco puta, quítame los calzoncillos y chupa.
Obedece sin rechistar.- Seguro que no es la primera vez que cobras… – Le juro que es la primera vez. – Y te gusta porque te chorrea el coño…
Meto dos dedos en su coño y con el pulgar le acaricio el ano. Empujo, pero sin introducir nada.
- No que eso no lo hice nunca. – Chupa y calla, quéjate cuando te haga daño que antes me has despertado justo cuando mi amigo iba a dar por el culo a una zorra como tú.
Mete toda mi polla en su boca. No lo hace bien, no es una profesional y seguro que el marido no era muy bueno. Sigo trabajando con mis dedos y noto que le viene el primer orgasmo. Ahora si aprieto el pulgar y se lo introduzco entero. Junto el pulgar y el índice dentro de su coño y su ano notando la fina capa de carne entre ambos. Grita y se ve obligada a sacarse la polla de la boca.
- ¿Por dónde quieres que te la meta puta? – Por donde quieras. – Quítatelo todo y metete la polla. Se quita las bragas y el sujetador. – ¿Dónde están los preservativos? – No me seas blandengue cacho puta y métetela a pelo.
Se sienta encima de mí metiéndose la polla por su coño, está tan dilatado y empapado que entra sola. Agarro sus dos tetas para ayudarla a cabalgar. Están muy blanditas y cuando las suelto están un poco caídas, se las estrujo y le estiro los pezones que se ponen como piedras. Enseguida vuelve a correrse.
- ¿Quieres que te la meta ya por el culo? – No por favor que me da mucho miedo. – Chúpamela ahora que sabe a coño.
Me siento encima de ella y le meto la polla en la boca. Le explico cómo tiene que hacerlo.
- Pon esta mano cogiéndome los huevos con la palma y este dedito te llega hasta mi culo y me lo metes un poco por el agujerito. Con la otra mano me masturbas y dejas el capullo para acariciarlo con la lengua, no lo toques con los dientes, no hace falta que te la metas mucho. Pasa la lengua por el frenillo. Me voy a correr en tu boca zorra. Méteme el dedo el culo… me corro me corro.
Intenta cubrirse, pero es inútil, le lleno la cara de semen y mucho le entra en su boca. Voy bajando hasta quitarme de encima y levanto sus piernas hasta juntarlas con sus tetas. Lubrifico su culo con saliva y algo de semen. Pongo mi polla en el borde de su culo y miro como entra lentamente por su ano. Se pone la mano en la boca para ahogar sus gritos. Se está corriendo de nuevo. La embisto varias veces para que termine su orgasmo. Le saco la polla. Me tumbo boca arriba.
- Vuelve a limpiármela con la boca.
Se levanta, se quita el pelo de la cara y lame mi polla sin metérsela en la boca. Apoya su cabeza en mi vientre y observa como mi polla va reduciendo su tamaño.
- Ahora ya no es peligrosa, dice cuando ha quedado pequeñísima. Me da un último beso en la polla. Se levanta y entra en el servicio a ducharse. Sale, se viste y se dirige a la puerta. – ¡Oye, oye! Grito y vuelve. ¿Cómo te llamas? – Nati. – Ha sido mi mejor polvo del año. Gracias…
La clinica
Tengo 18 años, me llamo Alan, mido 1,78 atlético, rubio, ojos azules, pertenezco a una familia acomodada de Barcelona, tengo un hermano de 19 años y una hermana Cris de 17 años. Mi padre tiene una clínica de estética y en verano nos hace trabajar en ella, limpiando material, en administración o cualquier otro sitio.
La clínica es ideal pues siempre está llena de tías que vienen a arreglarse cosillas, y yo me sé más de cuatro sitios desde donde poder observar sin ser visto. La verdad es que estar por ahí es bastante fuerte pues las mismas enfermeras, y más en verano, van con unas batitas finas que se les transparenta todo. Yo iba a menudo al archivo con cualquier excusa porque desde allí y detrás de unas planchas había una rendija que daba a una sala de visita donde las pacientes se desnudaban y demás.
A cargo de esa zona está una mujer, Marian tiene unos 40 años, mide 1,75cm. Morena, ojos negros y como diría…es una mujerona con unos pechos enormes y gran culo, pero no está gorda solo que es muy grande, de siempre me he quedado mirando ensimismado sus grandes pechos, pero este año quizás porque ya tengo 18 me preguntaba como serian al desnudo y si se aguantarían medio derechos sin el gran sujetador que usaba, le pregunté un día a mi hermana y me dijo de debía de gastar una 115, no se pero parece ser que eso es mucho. Aquella mujer de la edad de mi madre me llamaba poderosamente la atención, además y al igual que las demás solo llevaba una bata blanca abotonada por delante, y sentada dejaba ver gran parte de sus macizas y morenas piernas. Uno de los días me tocó ir a ayudarla a limpiar y organizar el archivo.
-Hola Marian aquí me tienes, el esclavo Alan se presenta para lo que mandes. -Pero que cachondo que eres chiquillo (me olvidé de comentar que Marian es Sevillana con un acento graciosísimo.) -Como me han dicho que haga lo que me mandes. No se que del polvo. -Anda pasa mi alma que de polvo te vas a jartar. -Uy que divertido…-Será descarao, anda pasa ya que te voy a dar…
Entramos en el archivo riéndonos de las bromas, aquella estancia era larga y estrecha con estantes a cada lado, había que mover y colocar un montón de material con el agravante de que ahí no llegaba el aire acondicionado y hacía un calor considerable, al rato de estar meneando cajas yo estaba completamente empapado en sudor.
-Marian me voy a poner un pantalón de deporte que tengo en la bolsa porque no puedo más, ¿vale? -Si claro, ojalá pudiese yo.
Salió mientras yo me cambiaba aunque la puerta quedó entreabierta, no se si veía algo pero notaba como ella esperaba en la puerta, me desnudé completamente y me quedé solo con el viejo pantalón de deporte que tenía el braguero hecho polvo. Marian entró y me miró de arriba abajo secándose con un pañuelo el sudor de su potente escote.
-Jolin que suerte tenéis los tíos, lo que daría yo por poder ir así.-Pues por mi no te cortes.-Calla lanzao que podría ser tu madre.-Si podrías, pero no lo eres.-Pero que morro que tiene. Mira que meterte con una pureta como yo…-Yo solo lo decía por el calor. -Ya, ya será eso, que no conoces chicas de tu edad? -Si, pero como tú no.
Sus continuos movimientos de agacharse, levantarse, estirarse por las estanterías colocando cosas junto con el sudor me estaban ofreciendo un espectáculo, pues su bata pegada al cuerpo dejaba adivinar todas sus voluptuosas formas, en una de estas se incorporó delate de mí y me pilló con mis ojos como platos clavados en su escote, sus pezones se marcaban a través de la tela, me miró y sonrió complaciente, yo me puse rojo como un tomate, ella se agachó de nuevo está vez de espalda a mí, no se que era peor pues marcaba un culazo de infarto y se transparentaban sus bragas medio metidas por la raja de su potente culo. Yo no pude evitar que mi polla pegase dos latigazos debajo del pantalón, jolin aquella tía me ponía, se incorporó de nuevo.
-Luis anda que tú eres joven, súbete a ese estante y yo te paso estas cajas.
Así lo hice, uff aún era peor pues yo desde arriba veía perfectamente su escote y me daba miedo que ella notase mi excitación, pues como ya he comentado el braguero de mi pantalón era casi inexistente, y así fue me di cuenta de que ella dejaba ir fugaces miradas a mi entrepierna, mi polla estaba morcillona y casi se salía por debajo…
-Coloca esta caja al lado de la de los guantes de látex.-¿Cual?-La de los guantes.-¿Y cual es la de los guantes?-Anda baja que ya lo hago yo
Bajé y ella se subió a una pequeña escalera, le pasé la caja y al estirarse para colocarla…¡que culo!…su bata se subió y dejó prácticamente todo su culo a mi vista, ella se dio cuenta enseguida y con una mano intentó bajarse la falda, pero ya era tarde.
-¡Ehhh! ¿que miras? …serás…-Lo siento no he podido evitarlo…-Ya, ya , pues mira para otro lado. -Imposible, a sido una vista maravillosa.-Pero que morro…..
Mi polla ya no estaba morcillona y pegaba descarados latigazos debajo de mis pantalones, Marian se quedó mirándola…
-Pero tú, ¿que te has pensado.?…¿será posible? -Anda ayúdame a bajar, que será mejor que te subas tú.
Empezó a descender los escalones de espaldas, yo detrás de ella, podía ver delante de mi cara aquel culo en pompa, con mis manos intentaba cogerla de la cintura para ayudarla a bajar, pero en el último escalón perdió un poco el equilibrio y tropezó cayendo hacia atrás, yo la aguanté pero mi polla dura como una piedra se aplastó contra su trasero y mis manos fueron a parar irremediablemente debajo de sus brazos de forma que mis dedos quedaron sobre aquellos enormes pechos, así quedamos un instante mientras intentábamos recuperar el equilibrio sin caernos al suelo, ella giró su cabeza para mirarme y noté como a pesar de haber recuperado ya el equilibrio su culo presionaba con fuerza y apoyando aún más su espalda sobre mi pecho consiguió que mis manos corriesen hacia adelante abarcando aún más sus pechos.
-Uff… casi… te chafo. -No yo te aguanto bien.
Ella se volteó quedando de frente a mi, muy cerca, sus pechos casi rozaban mi torso, yo estaba muy nervioso cuando…y de forma socarrona dijo:
-Luisito he notado algo muy duro en mi trasero…-Perdona es que no puedo evitarlo, lo siento.-Pero qué ¿no has visto nunca? -Pues no, vamos en la playa o en revistas pero así de cerca…no.-Pero si yo soy una abuela.-Ya, ya abuela.-¿De verdad nunca has visto unos pechos….así?-No.-¿Nunca has estado con una chica?-Bueno si pero, bueno he hecho cosillas.-¿Eres virgen?-Pues…-Uff. Que pasada. Bueno si dices algo de esto te mato. -¿Qué? No, no yo no digo nad…
Me quedé mudo ella retrocedió un paso y empezó muy lentamente a desabrocharse los botones de su bata que poco a poco se iba abriendo dejando ver el espléndido cuerpazo de aquella mujer madura, pero absolutamente excitante , al fin abrió por completo la bata, un sujetador blanco transparente dejaba ver aquellos pechos coronados con unos pezones de más de un centímetro que tiesos y duros parecía que iban atravesar la fina tela, un vientre plano y unas caderas poderosas junto con unas piernas largas y macizas rodeaban su sexo, tapado por unas braguitas blancas y también transparentes que dejaban entrever el negro vello púbico , yo estaba petrificado con la boca abierta y mi polla que parecía que iba a reventar se quería salir de los pantalones, ella mirándola me dijo:
-Veo que te gusta, madre mía pero que instrumento te gastas… -Bueno mis amigos dicen…que…bueno…que no está mal. -¿No está mal? Muchacho, que no está mal dice…
Yo seguí sin poder moverme con mi vista recorriendo aquel espléndido cuerpo, cuando ella lentamente, primero uno y después el otro se bajo los tirantes del sujetador, Dios creí morir poco a poco me descubrió uno detrás del otro sus pechos, increíble vaya par de tetas enormes desafiantes y desafiando la ley de gravedad se aguantaban perfectamente.
-Veo que te gustan, me alegro, mis horas de gimnasio me cuestan.
Yo me acerqué a ella e intenté tocar una.
-No, no, no, solo mirar…-No me hagas esto estoy a punto de estallar.-¿Así?
Se acercó y yo me sumergí en aquellas deseadas tetas, apretando con mis manos, lamiendo y succionando sus duros pezones.
-Despacio chaval, despacio, sin prisa.
Yo ni caso estaba como loco, mi boca iba de un pecho al otro sin cesar y mis manos se apalancaron en sus nalgas, ella se intentaba liberar.
-Eh, eh los pechos solo. Suelta o yo…
Yo ni caso al fin ella lanzó su mano a mi paquete.
-Umm que tacto…
De repente se soltó de mi cogiéndome las manos por detrás de la nuca me besó metiéndome la lengua hasta la garganta, mientras se restregaba el sexo con mi polla , sin soltarme las manos me las colocó en los riñones, mientras su lengua recorría mi pecho sudado y lamiendo y relamiendo el sudor, llegó a mis pantalones y por encima de ellos mordió suavemente mi pene, creí morir, si sigue me corro pensé y quedaré fatal…me soltó las manos y de un golpe me bajó los pantalones hasta los tobillos, liberando así mi polla que estaba a punto de reventar.
-Que preciosidad, que joven, ¡que tamaño!
Y diciendo esto la levantó con una mano y me pasó la lengua lentamente desde los huevos hasta el glande, hizo dos círculos sobre mi capullo y de un golpe vi como mi polla desaparecía dentro de su boca.
-Ahhh…para, para no sigas…no… que…-¿Qué? -Que no me aguanto.-Ummm, siiii, ummm
Se la tragó de nuevo con más fuerza que antes, y mi polla explotó dentro de su boca, tragaba y tragaba con lujuria y al sacarla aún escupió con fuerza sobre su cara y ella con su lengua fuera esperaba los chorros de leche que en unas cantidades que yo no había visto ni en mis mejores pajas salían sin cesar, ella sonreía de placer mientras recibía mi liquido y decía frases entrecortadas.
-Ufff…que …pasad…umm…¿Más? –Ssssiii…-umm que alegría…joooo…ahhh. -Vayaaaaaaaaa carga mi alma, en toda mi vida había visto una corrida así. -Juventud divino tesoro, lastima tanto ímpetu.
Mis piernas temblaban y un sentimiento de frustración recorría mi cuerpo pues me había ido antes de empezar y Marian con un pañuelo se limpiaba la cara y empezaba a recomponerse.
-Un momento, esto ha sido solo para que te enteres de los mucho que me vas. -¿Qué?
Me acerqué por detrás y levantando su bata empecé a besar y a lamer su espalda, baje mis manos por sus caderas y tiré de la fina goma de sus braguitas hacia abajo quitándoselas, su voluptuoso y redondo culo quedó delante de mi cara y empecé a mordisquear aquellos grandes y firmes glúteos con mis dos manos abrí al máximo sus nalgas y metí media cara entre ellas para llegar con mi lengua hasta su sexo, no sabía muy bien que hacer, pero metí mi lengua y se encontró con unos labios mojados , Marian jadeaba y se relamía de placer.
-Siiiiiiiiii…uaaaaaaaaaa…
Mi polla estaba de nuevo como una piedra. Aquella mujer era algo más que un cuerpazo, era una hembra en el más amplio sentido de la palabra.
-Para, que tú ya te has corrido y me vas dejar echando chispas todo el día.
Me incorporé dejando que mi polla se metiese entre sus nalgas.
-¡Ostia! ¿Ya estás así otra vez?
Me la cogió y con su culo en pompa la apuntó a su vagina y ella misma apretó hacia atrás para metérsela hasta el fondo, entro sin esfuerzo y la tomé de las caderas y empecé a follarla como una máquina, cada vez más rápido, Marian jadeaba y medio gritaba con sus brazos apoyados en la escalera, se mordía un dedo para no chillar y sus enormes tetas se balanceaban al compás de mis embestidas, de repente se la sacó y se giró hacia mí, sentándose en la escalera abrió completamente sus piernas dejándome ver su vagina grande y dilatada, y tomándome por el pelo me clavó la cara en su sexo, metí mi lengua enseguida en aquel dilatado agujero y en ese momento mientras se tapaba la boca para apagar sus gritos un montón de líquidos inundaron mi boca y una corrida brutal mojó por completo mi cara, después quedó quieta un momento y abriendo los ojos y mirando mi polla la acarició con una mano y sin más empezaron salir chorros de leche sin que yo pudiera ni avisar, ella siguió reclinada y meneándomela y dirigiendo los chorros hacia sus pechos y su lengua pasando mi glande por todo su cuerpo y cara. Mientras sonreía complacida.
-Joder chico. que poderío.
Yo sin poder evitarlo me abalancé sobre ella y la bese lamiendo y relamiendo mi propio semen y chupando sus pechos.
-Que fuerte, chico, que fuerte.
En esta ocasión mi pene no sé porque no perdía ni un solo centímetro y seguía duro como el acero, ella lo miró…
-¡No me lo puedo creer!
Se levantó jadeante y poniéndose a cuatro patas me la cogió, apuntó apretando, yo empujaba pero no entraba, que raro si antes…
-Calma cielo, calma.
Claro yo novato donde los haya, aquello era su culo, poco a poco fue entrando, ella se quejaba.
-¿Te duele?-Siii…-¿La saco? -Noooooo, no te atrevas.
Al fin entró hasta el fondo y poco a poco empecé a entrar y salir de aquel majestuoso culo mientras Marian jadeando como una yegua se masturbaba al ritmo de mis embestidas.
-Más fuerte, más, más reviéntame. -¿Que?…-Pégame…
Le di un golpecito en el culo.
-Más fuerte, no seas marica, fóllame como un hombre. -¿Así zorra?-Siiiii…-¿Así te gusta? So guarra. -Sí, sí, si…
La follé de forma salvaje golpeando con fuerza sus nalgas hasta dejarla rojas y ella jadeaba pidiendo más como posesa y sin control. De golpe se soltó y me estiró en el suelo colocándose ella a cuatro patas encima mío.
-Dame tu leche, dámela toda no aguanto más.
Y diciendo esto empezó a chupar mi polla de una forma salvaje mientras apretaba su coño contra mi boca.
-Me corroo…-Siiiiiii…yaaaa…me viene…
Mi polla empezó como antes a soltar inmensos chorros de leche en su boca mientras ella temblando y convulsionándose tenía su orgasmo más fuerte, y como antes soltando un montón de líquidos sobre mi cara, ella seguía chupando y succionando como si me quisiera dejar seco y yo jadeante y roto seguía lamiendo los líquidos de su coño.
-Para chico que no me aguanto.-Ummm calla, mmmmm.-Para chico, para, -Mmmmm.
Empezaron de golpe a salir más líquidos, pero se estaba meando, me era igual, clavé mi boca en su raja y dejé que su meada me cayese encima, ¡que pasada! era lo máximo, yo me reía de gusto y con mi lengua recibía el caliente líquido mientras ella no se que decía que estábamos locos o algo así, pero no dejaba de chupar y succionar hasta que al fin yo también empecé a orinarme mientras ella dirigía el chorro hacia su cuerpo, sus pechos y como no su boca. Quedamos desechos en el suelo sin podernos creer lo que habíamos hecho.
-¿Así que esto es perder la virginidad? -Calla, chiquillo calla…esto, esto, yo que sé lo que es esto, una locura…muy rica, pero una locura.
Desvirgando el ano de mi amiga
Este relato ocurrió cuando yo estaba en el instituto, no conocía nadie allí, al haber estado en un colegio lejos de ese instituto. Con el tiempo me fui haciendo amiga de una chica de la clase, llegando a ser esta amistad muy íntima, cogimos mucha confianza, ella se llamaba Paloma, nunca nos habíamos liado, pero nos llevábamos muy bien, nos contábamos nuestras intimidades, nuestras relaciones con otras personas. Paloma era morena, 1´65, rellenita, con un buen cuerpo, con grandes tetas y un culo algo gordito, estaba bastante bien, el peso era ideal, ni gorda ni delgada, lo justo para tener unas grandes curvas.
Muchas veces salíamos juntos, con o sin amigos, bebíamos y hablábamos. Uno de esos días que estábamos tomando unas copas en mi casa, salió un tema interesante, hablando de las fantasías sexuales, le comenté a Paloma que la mía era tener sexo anal, darle por culo a una tía, ella respondió rápidamente que eso solo lo hacían las tías de las películas porno, yo le dije que no, ella me respondió que debía doler una barbaridad, le respondí que a algunas chicas le dolía mucho, a otras poco, y muchas sentía placer, ella respondió que no debía de sentir nada las chicas, pues el punto g lo tienen delante y que detrás solo lo poseen los chicos.
Tras un rato hablando de esto, me dijo que solo conocía a una chica que lo hacía y que le gustaba, Nuria, que estaba en el último curso, yo me quedé helado con la frase, pues conocía de vista a esa chica y estaba muy bien, era morena, ojos negros, alta, delgada y con dos pechos preciosos, incluso había posado para algunos catálogos de moda. Yo la conocía de vista, pero Paloma la conocía de algo, pues coincidía con ella en clases de música, incluso habían salido juntas algunas veces. Le rogué que quedara con ella para salir juntos e intentar liarme con ella, y después de mucho rogarle accedió, pero con la condición de que me llevase a mi amigo César, por el que Paloma estaba coladita. El fin de semana lo logramos y quedamos con ellos y más gente, todo parecía ir bien, le tiraba los tejos a Nuria, Paloma intentaba ligar con César.
La noche iba perfecta, hasta que salimos un momento del bar y al entrar vimos como se liaban César y Nuria, se estaban enrollando. Paloma y yo nos llevamos una gran decepción, así que al rato nos fuimos, decidimos ir a su apartamento, pues como ella era de Nerva, tenía un apartamento alquilado aquí. Por el camino, con alguna copa tomada, nos fuimos acordando de las familias de César y Nuria. Cuando llegamos a su casa nos pusimos a beber Martini, que no era muy fuerte, pero algo hacía para ahogar las penas, cada vez estábamos más lanzados, hasta que entre risas me dio por decirle a Paloma que vaya pena, que llevaba varios días sin masturbarme reservándome para la ocasión, que encima había estado toda la noche con un gran empalme y que al final nada, que cuando llegara a mi casa iba a tener que masturbarme para relajarme.
Ella se rió y respondió que ella iba a tener que matarse a hacerse dedos, nos reímos un gran rato. Al momento, Paloma se sentó a mi lado, llevaba unos pantalones negros ajustados, en su entrepierna se marcaba todos los de su coñito, hasta que envuelto en mi excitación planté mi mano en su coño, sobándoselo por encima del pantalón, ella no dijo nada, entonces le dije que si quería que los dedos se los hacía yo, Paloma llevó la mano a mi pene, agarrándome la polla por encima del pantalón y me dijo que entonces las pajas me las haría ella.
Comenzamos a besarnos, metiéndonos las lenguas hasta el fondo, jugando con las lenguas fuera de la boca, escapándosenos varios gemidos de gusto, los suyos aumentaron cuando me dirigí al cuello, sabía que era su punto débil, y con mi lengua y mis labios empecé a saborearla, se retorcía de gusto. Después llevé mi mano a sus pechos y comencé a estrujarlos, después por su escote se las sobé por debajo del sujetador. Su camisa y su sujetador no duraron mucho, y sus hermosos pechos quedaron a la vista, con los pezones pequeños y oscuros, me puse a lamerlos, mordiendo sus pezones, succionándolos. Bajé mi mano a su coñito, por encima del pantalón, gemía como una perra, mientras que decía que la había puesto muy cachonda, mientras le desabrochaba el pantalón, le quité el pantalón y las bragas, la tenía completamente desnuda tumbada en el sofá. Yo me desnudé delante de ella, mientras Paloma me miraba acariciándose el coño.
Me puse encima de ella, besándonos, colocado entre sus piernas, rozando nuestros miembros. Después ascendí por su cuerpo hasta que mi pene quedó a la altura de su cara, hice movimientos circulares frotándoselo por la cara, ella me puso las manos en el culo y me bajó hacia su boca, la abrió y mi pene entró en su boquita húmeda, metí la punta, y a continuación ella presionó mi culo y casi se la metió hasta la mitad, movía su lengua dentro de la boca, haciéndome gemir de gusto, que bien la chupaba, después se la metió entera, y tras un rato así paré, porque veía que me corría.
Seguidamente me deslicé hacia abajo, separé sus piernas y observe su coño, depiladito con solo pelos en su monte. Acerqué mi cara, y lamí toda su raja, al rato me lancé al clítoris, comiéndome el coño entero, jugando con mi lengua. Pronto empezó a tener espasmos de gusto, sobre todo cuando un dedo entró en su vagina. Mamaba su coño cuando me pidió con voz de auténtica puta que le metiera un dedo en el culo, continué comiéndole el coño salvajemente, a la vez le metí mi dedo por su ano, que entró con facilidad debido a los jugos que resbalaban de su vagina, lo metí, lo saqué, lo giré, ella gemía y se retorcía de gusto.
Minutos después, me pidió que le metiera otro dedo, le estaba gustando, obedecí y se lo metí, entró también sin mucha dificultad, los giré en su ano, metiéndoselos y sacándoselos, al principio despacio y después más fuerte, cuanto más hacía bestia con los dedos en su culo y con la mamada del coño, más gemía ella. Aparté mi cara de su coño y añadí un tercer dedo sin que me lo pidiera, quería ver su culo recibiendo tres dedos, pero esto le dolió, se quejó, moví los dedos lentamente, pronto empezó a gemir de nuevo.
Estaba lanzado, le pregunté si quería que se la metiese por el culo, ella sin demora me dijo que sí, que se la metiese pero con cuidado. Saqué los dedos y le metí dos en el coño, mojándolos bien, le lamí un poco el ano, después le levanté las piernas, colocándole las rodillas a la altura de su cabeza, y dirigí mi pene a su agujero, ella se separó las nalgas con las manos, me miró con cara de viciosa y me dijo que se la metiera, que hiciera lo que le iba hacer a Nuria, agarré mi pene y apreté contra su agujero, poco a poco empezó a deslizarse para dentro.
Paloma se quedó sin respiración, inmóvil, con los ojos abiertos, cuando el glande entró en su culo se relajó, lanzando un suspiro y soltando el aire de la respiración contenida, el ano estaba muy cerrado, estaba seco a pesar de la lubricación, así que llené de saliva mi pene para facilitar las cosas. Lentamente empecé a moverme, despacio, con empujones mínimos, metiendo un poco más de pene cuando su culo iba acostumbrándose. Paloma tenía los ojos cerrados, lanzaba leves quejidos, aunque no decía nada, tras un rato entró entera y se lo dije, ella con su mano comprobó que era cierto, eso la relajó, empecé a moverme un poco más seguido, y ella empezó a gemir de gusto. Pasado un tiempo, y con su culo ya acostumbrado, empecé a decirle que tenía un culo hermoso, ideal para partirlo, ella empezó a decirme que me follara su culo, que no parase, aumenté el ritmo y ella aumentó sus gemidos.
Pronto noté que no iba a aguantar mucho, le grité a Paloma que me iba a correr acelerando el ritmo, me la follaba como si se tratara de su coño, ella no se quejaba. Cuando comencé a correrme sentí como ella se arqueaba y empezaba a lanzar gemidos alocados, suspiros entrecortados, gritando que ella también se corría. Lancé mis chorros dentro de su culo, metiéndole todo mi polla, cuando acabé la miré y vi que ella tenía la mano en su coño, se había masturbado mientras me la follaba, estaba muy mojada.
Saqué mi polla y mi semen se salía de su culo, su ano se le quedó abierto unos instantes, luego se cerró con un par de espasmos. Nos abrazamos, nos besamos, y horas después ya me marché hacia mi casa.
Vacaciones de estudiantes
En período de exámenes, después de pasar la noche en vela, Lucía y yo hicimos el amor con ánimo profiláctico, sólo para reponer fuerzas, y bajamos hacia la C.U. En el camino, Lucy me expuso un plan que, me dijo, ya había aprobado Tamara. Según esto, una tía suya le prestaría por cuatro días, un departamento en Acapulco, “y Tamara y yo, que hemos decidido irnos a vivir juntas, queremos despedirnos, al menos por un rato largo, de los pitos”, así que habían planeado pasar esos días en una orgía sostenida, “en que nosotras pondremos las reglas”, y habrían de ir tres vergas distintas y, si fuese posible, otra chica. “Una de esas tres es la tuya y otra, quiero yo que sea la de tu amigo Felipe, y tú puedes proponer la tercera, que pertenezca, dicho sea de paso, a un chavo de mente abierta y que no sea un macho insufrible”.
Otra obligación previa: los seis involucrados habríamos de llevar un dictamen negativo de la prueba de Elisa, hecho ex profeso, y ellas pedirían a la tercera chica que las imitara en la opción correcta: DIU (ambas cosas serán enormemente tranquilizantes, dijo). Ellas impondrían también unas reglas de puntuación que al final del evento darían un ganador por sexo, que sería premiado el último día, y que tendría por esclavo al perdedor del sexo opuesto durante dos semanas posteriores al regreso a México (esclavo o esclava en secreto, aclararon). Los tres varones, dijo Lucy, habríamos de pagar las comidas (”que deberán ser de buena factura”) y aceptar sus reglas, que serían una sorpresa pero que, me garantizaba, nos gustarían. La tercera chica habríamos de buscarla nosotros.
Cuando llegamos a la Fac, presentamos el examen del día y yo salí a las Islas a meditar. Ya veía venir que Lucy y Tamara se casarían. De hecho, luego de cuatro o cinco encuentros triangulares, durante tres o cuatro semanas, me habían excluido, aunque yo había podido estar alguna que otra vez con Lucy, y una con Tamara (habían pasado poco mas de tres meses desde nuestro primer encuentro triple). Les debía mucho a ambas, las quería y las sigo queriendo, aunque hace años que no duermo con ninguna de las dos, y sabiendo, como sabía, que están locas como cabras, no me disgustaba la idea de arreglarles su despedida, ni, mucho menos, la de tomar parte en ella. No dejaba de sorprenderme, además, que Lucy, tan modosita, que ante sus padres seguía jugando el rol de hijita perfecta, hubiera tomado tan brava decisión.
Esa misma tarde convoqué a junta a Felipe y a Roberto. Felipe, un rubiales con fama de conquistador, buen lector y amigo, punk y contracultural, estaba ahí (aunque no se lo dije) a expresa petición de Lucía, a quien le alborotaba la hormona. No en vano, le decían Felipe “el Hermoso”. Bobby es mi más querido amigo, y había vivido con él aventuras y borracheras sin par, y sabía que me haría deudor de su gratitud eterna al invitarlo a tan inusual y desaforado evento, es alto y delgado, bien plantado aunque nada espectacular. El único impedimento serio era el dinero, pero era cosa de movernos y conseguir una lana, pidiéndola a quien fuera.
Les conté la propuesta. Primero, se sorprendieron de que mi intimidad con Lucy y Tamara llegara a tanto, pues yo, como caballero que soy, no ando contando mis andanzas (y si se las cuento a ustedes es como los curas de antaño contaban los problemas de conciencia: “se dice el pecado, pero no el pecador”, y he alterado de tal modo los hechos, que sólo sus protagonistas podrían reconocerlos, porque lo único inalterado es lo que hicimos en privado). Felipe nos contó entonces cómo, en un viaje de prácticas, había follado como loco con Tamara una noche en que las compañeras de cuarto de aquella, entre las que no estaba Lucía, por cierto, habían ido a una disco con el grueso del grupo, dejando libre la habitación hasta tarde (”y es un cañón, una tigresa, mi buen, coge como una diosa”, le dijo al Bobby, porque era obvio que no tenía que contármelo a mí).
Les dije que había otra condición: ellos debían conseguir a la tercera mina. “Una tía guapa, potable, asequible, pero no un pimpollo: guapa, para que despierte nuestros instintos, pero no tanto que opaque a las otras dos, que esté equilibrado el pedo ¿saben?” Y les dije que yo no quería saber nada del asunto hasta que lo consiguieran: “y tienen dos semanas”.
La tercera mina fue Alicia, una güerita de buen ver, exnovia de Felipe, que estaba en primer año en otra carrera de la Facultad. Alicia aceptó el juego, pero exigió que Lucy y Tamara la incluyeran en la definición de las reglas. Finalmente, convenimos en que ellas se irían por su lado, en el coche de Lucía, y nosotros habríamos de partir por nuestra cuenta, pasar a la playa y llegar al departamento hacia las seis de la tarde del primer día, un miércoles. Así sería.
Ahora hay que hablar de esas tres preciosas y magníficas chicas: Retomo otra descripción de Tamara: “Yo solía verla por los pasillos, chaparrita, delgada, con unos profundos ojazos negros que iluminaban sus rasgos indígenas y su larga cabellera de ala de cuervo. Tenía (tiene) unas caderas estrechas pero claramente femeninas, unos pechitos que apenas despuntan y unas piernas delgadas y bien torneadas, bajo un pubis pétreo y un duro y plano estómago”. Hay que agregar algunos datos, que ya sabía o que supe en esos días: 24 años, 1:53 de estatura. Nunca nos dejó tomarle las medidas, aunque hay que decir que era más esbelta que Alicia.
De Lucía: Muy morena, “[...] luce una espesa y ensortijada pelambrera, una naricita de botón, y unos labios gruesos, grandes y rojos, diseñados para mamar [...] es una chica generosamente dotada, quizá en exceso: 1.67 [de estatura] adornados con unos pechos grandes y redondos, con unos enormes pezones morados que, un día, por curiosidad medí, encontrándome con un metro y casi diez centímetros. No tenía, ni por asomo la cintura de sílfide de Tamara, pero el recubrimiento carnoso que la envolvía no demeritaba su figura, como tampoco lo hacía un culo desmedido, alegre de vivir, que con trabajo acomodaba en los mesabancos y que, enfundado normalmente en minifaldas negras o azules, solía atraer feroces miradas hacia sus gruesas pero firmes piernas. Un pimpollo estilo años cincuenta.” Tenía por entonces 22 años, y sus medidas eran 110-76-106.
Alicia acababa de cumplir los 19 (por poco se los festejamos en Acapulquito), de facciones muy finitas, ojos color castaño claro, lo mismo que el cabello, casi tan bajita de estatura como Tamara (1:55) y, aunque delgada, muy bien proporcionada: 82-58-80. En realidad, había sido una sabia elección, porque me encantaba. A pregunta nuestra, nos contó que había perdido la virginidad a los 17 años, con un primo suyo, de 18, y que Robert y yo seríamos sus varones número 8 y 9.
Le pedí que me contara de los otros, y sonriendo pícaramente dijo que sólo los enumeraría: su primo ya dicho; su profe de química en primero de prepa; un novio de 19 años; “dos españoles en Cancún”; Felipe, “aquí presente”; y… “el otro es un secreto”.
Y es que el primer día fue de pláticas en ese tenor. Tamara y Lucía contaron sus primeras experiencias, y Lucía dijo que había tenido once amantes de sexo masculino, y una, “la mejor”, mujer. Tamara sólo nos dijo “muchos”. Yo volví a contar la historia de Lupita, hablé de Ariadna, y dije que Alicia sería la sexta mujer con quien lo haría (luego de Ariadna estaba Mirna, y luego Tamara y Lucía). Felipe tenía una larga historia, desde que huyó de casa y se recluyó en una comuna punk. Roberto había tenido dos amantes y otras tantas aventuras ocasionales, y ninguna novia. Felipe tenía 24 años, yo 22 y Roberto 21.
Es que, como quedamos, habíamos llegado a las seis de la tarde al departamento, una cosa hermosa, no cercana a la playa, aunque desde el balcón se dominaba la bahía, pues el edificio estaba inverosímilmente construido en las pendientes del Veladero. Un departamento muy amplio, bien amueblado y con tres recámaras. Nos recibieron vestidas, y nos hicieron sentarnos a la mesa: “hoy es día de plática y confesiones -dijo Lucía-, de descanso y preparación. Cada quién dormirá con su pareja asignada, y está prohibido coger más de dos veces, y mañana, a las ocho en punto, empezamos. Mañana es mi día, yo mando”. Había que estar a las ocho en punto: todos bañados, bien aseaditos, y ligeros de ropa, pero no desnudos. Así que estuvimos confesándonos unos a otros, tal como he resumido. También se acordó que yo llevara la minuta de los acontecimientos, lo que me permite reconstruirlos detalladamente.
Antes de salir a cenar nos asignaron las parejas de esa noche, diciendo que habríamos de portarnos como noviecitos. Y he de decir que el criterio fue de lo más equitativo: Felipe con Lucía, Roberto con Tamara y su servilleta con Alicia. La chiquita estaba entusiasmándome: tenía el pelo recogido en una cola de caballo, y llevaba un traje de baño de una pieza y sobre él, una minifalda de mezclilla, completando su atuendo con unos huaraches. Nos amontonamos junto a Lucy, y desde ahí empecé a tocar su piel dura y suave, acariciándole los hombros descubiertos, las mejillas y la delicada curva de las pantorrillas.
Cenamos mariscos, bueno y ligero, y todos nos moderamos notablemente con la bebida, y apenas pasadas las diez estábamos Alicia y yo desnuditos, dándonos una ducha fría. Yo estaba admirando el sedoso vello rubio que cubría su espalda y sus brazos, y la abundante mata de pelo que sombreaba su pubis, mientras la enjabonaba dulcemente. Nos secamos el uno al otro, y nos fuimos a la cama, donde la acosté boca arriba y empecé a besarle los labios vaginales y succionarle el clítoris, hasta que me pidió que se la metiera, a lo que no me rehusé. Me mecí despacio dentro de ella, con toda la intención de prolongar el momento, retrasando mi orgasmo hasta que alcanzara el suyo. Nos acostamos, y sus delicadas caricias hicieron que se me parara otra vez, y al pedirle “el segundo de la noche, reglamentario”, fue al baño y luego de limpiarme el pito con una toalla húmeda, me lo mamó hasta hacerme ver estrellas. Finalmente, nos dormimos. Al día siguiente esperamos la hora prevista sentados en el balcón, viendo la límpida mañana acapulqueña.
Autor: sandokan973
Contando mi infidelidad
Llevo quince años de vida marital con Miguel Cruz. Él es un profesional universitario de mucho éxito y entre las mujeres es muy apetecido. Vivía y moría de celos por eso.
Soy de 32 años, bogotana de ascendencia santandereana, delgada, blanca, 160 de estatura, senos pequeños, piernas bonitas, ojos cafés, labios voluptuosos (descripción según él). Pues bien Siempre que hacíamos el amor Miguel me decía cosas que me excitaban mucho y me hacía ver fotos, videos, CD pornos que al principio me turbaban pero poco a poco me iban excitando.
Por ello me animó a que les contara mis experiencias. Un día, teniendo sexo me pidió que me imaginara que estaba con otro hombre y que me mordía y me penetraba, yo le dije que si, pero en verdad no pude hacerlo. Amo a Miguel, es mi todo. Otro dia, me interrogó acerca de mis encuentros anteriores y que se los contara con “pelos y detalles”. Tenía unas copas de vino, así que me salieron fáciles las palabras y me animé a contarle sobre Alberto y Abel de quienes les hablaré en otra oportunidad.
Esto lo hizo acelerarse a millón y pasamos una noche deliciosa en extremo. Me sorprendí luego de haberlo hecho y disfrutado. Miguel me propuso que me buscara un amigo y tuviera sexo con él, contándole todo detalladamente después.
Desconfié. Estaba segura de que era una trampa. Le dije que no me hacía falta otro hombre, que él era fantástico, que me llenaba totalmente y que mi cuquita y mi culito eran para él solamente. Insistió una y otra vez haciéndome ver que eso no significaba amor, ni infidelidad, sino un rato diferente. Me despejó un poco pero seguía temerosa. Un día viajé a Bogotá. En el aeropuerto de Caracas, conocí a Charles que iba a Cali. Muy chusco, muy querido.
Muy galante, me hizo sentir como una dama. Me decía requiebros que me hacían ruborizar y hacía que mi corazón latiera más que de costumbre. En la cabina se las ingenió para quedar a mi lado. Siempre me enredo con el cinturón de seguridad y él muy caballerosamente, se prestó a cerrármelo y para ello colocó su mano por debajo de la hebilla justo sobre mi cuquita. La dejó allí un instante y sentí como electricidad en todo mi cuerpo y tragué seco, enmudecí, y me susurró “la tienes bien caliente”. Me sonrojé no supe a dónde mirar. Él me tomó la mano y me acarició. Guardamos silencio e imperceptiblemente se acercaba hasta mí y me decía frases halagadoras sin soltar mi mano. Yo lo dejaba hacer y hablar, estaba encantada. Recordaba el pedido de Miguel y sonreía, pero no sabía si dejarlo seguir o detener su marcha. Ya estabilizado el vuelo se prestó para aflojar el cinturón y toda excitada le respondí “Si, por favor”.
Viéndome a los ojos y sonriendo, llevó sus manos allí y esta vez presionó y movió su mano contra mi cuca, lo que me hizo emitir un quejido de placer. Casi me hace acabar allí mismo. Seguimos charlando, intercambiamos nuestros teléfonos y quedamos en que no sería éste el único encuentro. Mi corazón galopaba y mi cuca estaba totalmente húmeda y palpitaba. El vuelo continuó y al aproximarse al aeropuerto “El Dorado” me colocó el cinturón y exageró su frotación dándome a la vez un beso suave y tierno. Si hubiera podido le hubiera guiado su mano por debajo de mi falda hasta eses centro de calor y palpitación que era mi cuca para que me hiciera acabar de una buena vez. Aterrizamos. Nos despedimos. El siguió para Cali. Llegué a mi casa y todo para mí fu como un sueño raro, como un instante imaginado y no vivido. Le conté todo a Miguel y me hizo subir al cielo.
Me hizo de todo, Pasamos toda una noche y el día siguiente haciendo el amor. Pero yo dudaba que viniera a Bogotá y mucho menos que me llamara. El teléfono sonó y me emocioné como una chiquilla. Sentí que mi cabeza iba a estallar, que mi cuca saltaba y se incendiaba y mis pezones se erguían, mi corazón dolía por sus fuertes palpitaciones. Quedamos en encontrarnos en la Plaza Lourdes de Chapinero en horas de la tarde. Veía el reloj a cada momento, parecía detenido. Arreglé mi ropa. Me puse los cucos más excitantes, me perfumé y salí casi corriendo y pensaba “Ya verás que historia voy a contarte, Miguel”. Cuando vi a Charles en Plaza Lourdes sonreí y casi me le voy encima. Caminamos viendo las tiendas y divagábamos más que hablar. Entramos a una whiskería y me sugirió un licor suave y hablábamos muy quedos mientras me acariciaba mis manos. En un momento me besó y le respondí. Esta vez no hubo el pretexto del cinturón de seguridad: me acarició mis piernas bajo mis faldas y sobre mis pantys, con su otra mano atrajo mi rostro hacia el suyo y nos besamos suave y temblorosamente.
Su atrevida mano bajó mi falta subió más y se revolcó allí en ese nido húmedo, palpitante, caliente; en tanto, me hablaba para tranquilizarme. Sentí que mis oídos zumbaban, casi no podía respirar, mis cucos estaban completamente húmedos por mis fluidos. A pesar de que estaba en Bogotá, sentía un calor de mil demonios. Sin decir palabra me tomó mi mano y la colocó encima de su pierna, muy arriba. Pude palpar algo grueso y largo, caliente y palpitante, que luchaba por salir de su encierro. Parecía tener vida propia y era duro como cemento. Me aceleré y me dijo “Tranquila. Relajémonos un poco para poder irnos”. Eso hice y me retiré un poco de él para aliviar mis calenturas. Canceló y salimos caminando relajadamente, pausadamente. Yo no veía ni oía nada. Sólo lo seguía cuando de pronto sentí que me haló para un edificio cuya entrada estaba bordeada de altos arbustos. Se abrió una puerta él se acercó hasta una ventanilla y yo bajé mi cabeza y no sabía que era más: el temor, la excitación o no se qué.
Me tomó de la mano y me guió escaleras arriba hasta una habitación. Apenas se cerró la puerta se abalanzó sobre mí, apretándome hasta casi asfixiarme, besándome, moviendo su pelvis contra la mía. Aproveché de quitarme los zapatos y me revolvía de placer. Me acariciaba la espalda, las nalgas y metió una de sus manos por debajo de mi falda y me frotaba la cuca como un loco. Le dije “Espera” y me quité la blusa. El rápidamente se desprendía de su saco, su corbata, la camisa, los zapatos…no se con que rapidez. Me ayudó a quitarme los sostenedores y me chupaba mis senos con fuerza. Me tumbó sobre la cama y se echó sobre mí, presionando su pene contra mi cuquita y yo lo sentía delicioso. Bajó su mano, levantó mi falda, subió hasta mis pantys y los deslizó hasta mis tobillos, sacándomelos y echándolos a un lado. Después volvió a mis cucos y metió su mano por los pliegues hasta acariciar mi raja de arriba abajo. Con la otra mano, acariciaba uno de mis senos y me lo chupaba fuertemente.
Yo enloquecía de placer. No se en que momento lo hizo, pero de pronto sentí su grueso pene, caliente, palpitante, duro, entre mis piernas. Al sentirlo, gemí de placer y cerré mis piernas apretándoselo para sentirlo más rico. El se lo agarró y metiéndolo por encima de mis cucos me lo colocó en el clítoris y lo restregaba deliciosamente. Yo ya no resistía más, casi pedía a gritos que me lo metiera. Le pedí que me diera una tregua para terminar de quitarme lo que restaba de ropa.
El no me lo permitió, se ocupó de esa tarea. Me terminó de quitar los sostenedores, me deslizó los cucos despacio. Piernas abajo y después los olía con placer. Me recostó suavemente en la cama y se inclinó ante mí y pasó su lengua por todo mi cuerpo, volviéndome loca del éxtasis. Y entonces llegó hasta mi entrepierna, hasta mi hirviente y mojada cuca. Me pasó la lengua de arriba abajo, me la metió en la vagina, se detuvo vibrándola en mi clítoris y entonces se fue por toda la raja hasta mi culo y jugó con el hueco por un largo rato. Volvió a mi cuca mientras me metía un dedo en el culo. ¡Que placer! Acabé gritando desaforadamente. Se subió sobre mí y paseó su pene por todo mi rostro. Confieso que no tuve el valor de mamárselo, pero les prometo que lo intentaré, solo se lo he hecho a Miguel.
Paseó su pene por mi pecho, lo puso entre mis senos, me dio vuelta y lo restregó contra mi espalda, mis nalgas. Me hizo voltear nuevamente y me lo restregó contra mis pies y comenzó a subir, no pide resistir y se lo agarré y después de humedecerlo con mis fluidos lo puse en la entrada de mi vagina y lo fue metiendo y sacando, primero poco a poco y después de un solo golpe lo llevó hasta mis entrañas. Sudábamos a pesar del frío.
Se movía de un lado a otro, de arriba abajo, le respondía en igual forma. Dábamos vueltas. Me coloqué sobre él, jineteando, y me moví hasta que oí como se quejaba. Su pene me llegaba hasta muy adentro. Me atrajo sobre su rostro y me metió su lengua para jugar con la mía y mientras tanto subía y bajaba su pelvis. Se incorporó quedándonos sentados frente a frente, siempre con su pene dentro de mí y chupándome los senos ferozmente. Nuestros movimientos se aceleraron al máximo y entonces se apartó de mí para colocarme una almohada bajo mi cintura, alzó mis piernas y me metió su sabroso pene de un solo golpe. Decía cosas y yo también. Sus metidas y sacadas se hicieron tan veloces que parecía un terremoto, no aguanté y grité y sentí que me salían todos los fluidos.
El emitió un gruñido y en medio de convulsiones sentí su leche hirviendo, espesa y abundante; yo seguí moviéndome y gritándole que me la diera toda, hasta la última gota. No sé que tiempo pasó con su pene adentro, no quería que me lo sacara. Se hizo a un lado y se lo agarré para verlo bañado en su propia leche y en mi fluido, todavía se movía solo. Mi cuca estaba literalmente inundada. Tanto, que cuando me paré para lavarme, su leche corrió deliciosamente por mis piernas hasta las rodillas. Entonces vino la segunda parte que se las contaré luego por que voy a buscar a mi hombre para que me quite esta excitación que tengo: voy a buscar a Cruz Miguel.
Autora: Infiel
Infidelidades de una cuarentona
Os voy a explicar una historia real que me sucedió hace 4 meses.
Soy una mujer de 40 años. Cuando era joven estaba para mojar pan, aunque bajita, tenía un cuerpo bien torneado con unas tetas generosas. Pero desde que me casé y dirigí mi propio negocio, de eso hace ya 15 años, las tensiones me hicieron engordar bastante. En agosto me sobraban 20 kilos, ahora, 4 meses después, sólo me sobran 10, os diré que dieta seguí.
El mes de julio estuvo lleno de problemas laborales y personales. Trabajo con mi pareja y eso aumenta la tensión diaria. Llegas a casa y siguen las cuestiones laborales. Nunca dejas el trabajo aparte. Eso hace que nuestra relación se vea mermada. En julio hacía 4 meses que no hacíamos el amor. No sé para que seguía tomando anticonceptivos. A pesar de eso somos los mejores amigos del mundo y nos queremos mucho.
Él ha tenido oportunidades para ponerme los cuernos con compañeras de trabajo y además le han hecho proposiciones muy descaradas. Pero es un tío legal y no lo ha hecho y además me lo ha contado. Él se masturba fantaseando con esas relaciones extraconyugales. Y yo me masturbo pensando en un negro de metro ochenta, con cuerpo de atleta y un pene enorme que pueda mantenerlo dentro de mi un día entero. Y sueño que me adelgazo, adelgazo, adelgazo…
El mes de agosto, ya no podía más. Mi marido estaba de viaje y yo cada día que pasaba estaba más caliente: me eran igual hombres que mujeres, hubiera practicado sexo con cualquiera. Me animé, aunque con cierto temor, a consultar las páginas de contactos sexuales de esta página, y vi un anuncio que decía: “…pene negro de 25 cm., 32 años, cuerpo de atleta, puedo estar dentro de ti una hora sin parar…” Me dije: Aquí está la solución a todas mis neuras. Y le llamé. Tenía una voz agradable y sensual, era de Guinea. Se ganaba la vida haciendo de modelo y aprovechaba sus cualidades físicas para hacer felices a las mujeres. Sus honorarios me parecieron bien, 150 € por noche. Quería quedar en su piso pero a mi no me hacía gracia y le dije que mejor en la casa que unos amigos me habían dejado en vacaciones. Mentira, era mi casa. Quedamos a las 22 hs.
Fui a la farmacia y compré dos cajas de preservativos, ¡dos!, Estaba voraz. Fui al Corte Inglés y me compré el conjunto de sujetador y braga más sexi que encontré. Tuve problemas de talla, pues gasto una 115 de sujetador y por lo que se ve las que tenemos las tetas grandes no tenemos derecho a ponernos ropas sexis (tengo unas tetas enormes, un poco caídas pero aún están duras, con una areola rosada y grande, y un pezón que se sale, parece la tetilla de un chupete). El conjunto de lencería era la leche, color rosa palo con encajes, sólo me tapaba el pubis y los pezones. Después llegué a casa, me duché, me depilé todo lo depilable y me embadurné con crema hidratante de jazmín. Estaba nerviosa, caliente y ansiosa por comprobar cómo sería esa primera experiencia sexual fuera de mi matrimonio. Fue explosiva. Os lo explico.
Llegó puntual. Era la hostia, alto, negro, cuerpo imponente, facciones bien perfiladas y unos labios para hacer sufrir de placer. Iba vestido de sport, muy elegante y moderno. La impresión que me dio fue magnífica. Yo estaba muy nerviosa pero el tío sabía como cortar el hielo.
Me preguntó si me gustaría darme un baño en la piscina, la temperatura era excelente. Le acompañé a la caseta de la piscina y delante de mí se desnudó. Imponente. Un cuerpo magnífico. Se quedó con el slip. ¡Vaya paquete!. Era enorme y no estaba excitado. Como yo estoy bastante acomplejada por mi físico, me sentía muy insegura y quería desaparecer. ¡Allí con la luz de la tarde enseñando mis carnes! Había imaginado desnudarme en la habitación a oscuras para que no se vieran mis redondeces. Él lo notó, se acercó por detrás y me acarició el pecho a la vez que me soltaba el sujetador y los besaba. Después, salió al jardín. Me cambié, me puse un bañador oscuro; estaba tan excitada que las tetas no me cabían dentro. Salí y ya estaba estirado en la tumbona. De perfil, debajo del slip se le veía tal promontorio que me estaba empezando a causar un cierto miedo y a la vez me ponía loca de excitación. Me hubiera tirado encima de su verga a devorársela. Me imaginaba como serían sus embestidas para meterme todo aquello adentro. Pero no, me calmé, saqué unos refrescos y empezamos a hablar. Era un tío interesante, culto y agradable.
Después de hablar largo rato me sugirió comer algo. Pedí por teléfono la cena a un buen restaurante de la zona. Cenamos y nos bebimos una botella de cava. Ya estaba totalmente desinhibida, gracias al alcohol. Recogimos los restos de la cena y fuimos a la cocina. Íbamos vestidos todavía, él con el slip, yo con el bañador, y al entrar en la cocina que es un poco estrecha me rozó en la espalda con su paquete, notó como me pasó una corriente por todo el cuerpo y volvió a rozarme otra vez, no pude más me giré y le metí la mano por debajo del slip, aquello estaba duro como una roca, le dijé que quería que me follara por todos los orificios de mi cuerpo y que la quería sentir toda dentro de mí. Me cogió por la cintura y me puso encima de la mesa de la cocina. Era la medida perfecta, mi cara quedaba a la altura de la suya.
Me besó con esos labios enormes y bien formados, con su lengua recorrió todo mi paladar, sentía que me ahogaba con las embestidas de su boca. Sus manos estaban en mi cabeza, empujándola para poder llegar más adentro con su lengua. Me excitó como nunca en la vida lo había hecho nadie. Yo le tocaba su verga, me pareció que debía medir medio metro. Enorme… Nunca había notado la vagina tan lubricada, estaba echando flujo como si fuera un surtidor. Mis tetas ya no cabían dentro del bañador. Me lo bajó y con esos labios maravillosos me las succionó, besó, amasó y pellizcó. Volvió otra vez a la boca, yo le respondía con el mismo entusiasmo, su saliva sabía buena, hacíamos un ruido enorme con nuestras lenguas, nuestra saliva y nuestros jadeos. Con la fuerza bestial que tenía me levantó un poco y me quitó el bañador de cuajo. Y allí quedaba mi sexo al aire, recién depilado y con un magnifico olor a jazmín, chorreando el flujo que la vagina no dejaba de sacar.
Me lo besó, tuve que agarrarme al armario de la cocina, porque estaba convulsiva y me salía, me abrió las piernas, se inclinó y empezó a lamérmelo de arriba abajo, cogió entre sus diente mi clítoris y me dio un pequeño tirón, fue maravilloso (yo nunca he sentido un orgasmo tocándome el clítoris ni con la penetración, sólo los he sentido masturbándome y apretando las piernas con fuerza), nunca había sentido nada parecido. Siguió recorriendo con su lengua todo mi coño, primero los labios mayores, los menores, el clítoris y por fin me metió la lengua, con sus manos me acariciaba el culo y me empujaba más y más hacia su boca. Entró como la fuerza de un rayo, noté toda su lengua en mi vagina, toqueteándola, empujando más y más. Yo, sentía mucho placer y desazón pero seguía sin tener un orgasmo. Él estaba muy excitado y me decía cosas como: vas a pedirme que salga de ti, te la voy a meter por todos sitios, eres una puta maravillosa, nena vas a ser mi zorra…
Me cogió con los brazos, como si fuera un niña pequeña, me sacó de la mesa se bajó un poco y colocó su polla en la boca de mi vagina, cuando sentí su capullo en la vagina me dio miedo, aquello era demasiado grande para mí. Empujó suavemente y noté como me metía la cabeza de esa verga maravillosa que tanto placer me iba a dar, empujó más y yo empecé a sentir un dolor que subía por la columna hasta la cabeza, empujó con suavidad y me la insertó hasta la mitad. Nos besamos como locos, me tiré para detrás con el cuerpo arqueado, su polla embistiendo, sus manos empujaban mi culo hacia delante y me besaba las tetas y me mordía los pezones y empujaba su pene para dentro, más y más adentro, yo daba alaridos del dolor que me producía, ya no cabía nada más, tenía mi vagina llena, ya no cabía nada más y sólo había metido la mitad. Me dijo al oído, que en el agua sería todo más fácil y siguiendo con las caricias, fuimos a la piscina. Cogí la caja de preservativos del recibidor y se los di, me dijo que prefería hacerlo a pelo, que no tenía ninguna enfermedad y que me podía fiar de él. Lo hice.
En las escaleras de la piscina volvió ha hacerme tocar el cielo, su lengua no paraba, la pasaba por todo el cuerpo, me mordía las tetas, el clítoris, penetraba mi vagina y después con su verga mirando la luna, me penetró de una postura extraña, yo apoyada en las escaleras y él tocando el suelo de la piscina, yo bajando y subiendo y aquello parecía que cada vez entraba más adentro y ya no sentía tanto dolor, debía ser por el masaje del agua en la entrada de la vagina. Él subió un peldaño de la escalera y yo bajé uno, casi la tenía adentro, en una de las últimas embestidas sentí sus huevos tocando mis labios mayores y dije: ya es toda mía. Se había cumplido mi fantasía sexual. Una polla enorme dentro de mí. Arriba y abajo, las embestidas cada vez eran más fuertes y empecé a sentir algo diferente, tenía convulsiones y mi piel se veía enrojecida con los focos de la piscina. Estaba sintiendo un orgasmo y él lo notaba y empujaba para dentro y en círculos, mis tetas estaban más grandes que nunca, duras como piedras y el pezón pidiendo guerra, quería que lo mordieran y estrujaran esos labios grandes y maravillosos. Y llegué al orgasmo, casi perdiendo el sentido, por primera vez en mi vida, a los 40 años, con un pene inmenso dentro de mí. Ya no sentía dolor ni complejos.
Él fue maravilloso siguió acariciando mis pechos y mi boca. Salió de mí con la verga todavía recta y pidiendo más guerra. No se había corrido todavía, llevábamos casi una hora y todavía estaba empalmado y sin correrse. Llevó mis manos a ese miembro maravilloso para que le diera placer. Pensé que después del momento que me había hecho pasar se merecía algo más que unas manos. Le dije que mejor fuera de la piscina, en la yerba. Me acompañó y se estiró al lado. Seguí acariciándole el pene con las manos, subía y bajaba y aquel glande me parecía cada vez más apetitoso. Me puse encima de él y coloqué su polla en el surco que dejaban mis tetas. Le hice un masaje arriba y abajo, él estaba que se salía, yo cada vez se la apretaba más, y él gemía y a mi me volvía loca. Incliné la cabeza y le chupé el capullo, chupé sus fluidos y seguí recorriendo su polla con la lengua, todos los surcos, sus testículos, después me la metí en la boca (que es muy pequeña). No me cabía, me ayudé con las manos, y durante unos minutos le hice una mamada celestial, hasta que él ya no pudo más y se corrió por encima de todo mi cuerpo, su semen salía como de una fuente. Me pareció un manjar. Lo seguí lamiendo hasta dejarlo seco. Quedamos exhaustos. Descansamos un rato y nos dimos un baño en la piscina. Era la 1 de la madrugada.
Subimos a la habitación de invitados, nos metimos en la cama totalmente desnudos y abrazados nos quedamos durmiendo. Me desperté al poco rato sintiendo una presión fuerte en mi trasero. Era su polla y sus manos. Estaba empalmado de nuevo y hurgaba el único orificio de mi cuerpo que le quedaba por probar. Eso sí que me daba miedo. Notó que ya estaba despierta y me beso en la nuca, en el cuello y se inclinó sobre mis tetas. Las mordió y otra vez empezó el juego. Me puso cachonda de nuevo, le hice una buena mamada mientras me masturbaba apretando el clítoris con las piernas cruzadas, fue estupendo. Su polla parecía crecer sin parar, la dejé bien llena de saliva para no sentir tanto dolor.
Era la primera vez que me iban a encular. Me puse como una perra en celo, dándole la espalda, con el culo en alto, la cabeza en el cojín y las piernas bien abiertas. No desperdició un minuto, puso su cabeza debajo de mi coño y me lo comió con pasión haciendo mucho ruido, sus manazas masajeaban mis tetas y me las maltrataban, me encantó ese ataque inesperado de violencia. Primero me metió la verga en la vagina, casi de una sólo embestida y empezó a empujar, me levantó la cabeza y de perfil me besó el cuello, la boca, su lengua me dejó empapada, tenía el sabor de mi coño. Tuve otro orgasmo infinito. Me metió un dedo por el ano, sentí dolor, y después llegó su verga como una roca, me embistió, sentí como si mi cuerpo se abriera en canal. Grité. La sacó, la mojó con su saliva y me la volvió a meter. Se agarró a mis tetas y pezones y me llevaba de delante a atrás, parecíamos los vagones de un tren.
Yo estaba enloquecida, él me decía: te la voy a meter hasta la boca, y a mí me gustaba más y más. Pero quería más placer, le hice cambiar de postura pero sin que me la sacara (ya debía estar por la garganta) éramos sólo uno, él me estaba partiendo el culo en dos y yo me masturbaba con las piernas apretadas y me corrí de nuevo. Sacó su polla y dijo que se la mamará, se la limpié con las sábanas y que apropié de élla. Le hice otra mamada sensacional (siempre se me han dado bien), se corrió con tanto ímpetu, que temí que la cama se viniera abajo. Mientras se corría, me dijo: esta sesión de hoy es gratis, la puta has sido tú. Me encantó.
Dormimos hasta las 12 de la mañana. Me propuso que nos viéramos una vez a la semana pero que iba a ser gratis. Le había parecido una excelente compañera de cama (estaba harto de tías frígidas) y habíamos demostrado que podíamos darnos placer mutuo. A estas alturas de noviembre, en 4 meses, hemos debido follar unas 100 veces. Nos damos placer, sin más. Yo soy feliz, no tengo complejos, he adelgazado 10 kilos, y lo más importante no siento remordimientos, sólo busco placer en el sexo. Entendería que mi pareja hiciera lo mismo. Ahora con mi marido follo los sábados o domingos, él dice que estoy cambiada, que se me ve más feliz, pero yo con 2 minutos de sexo ya no tengo bastante. Cada semana espero ver a mi negro y a su polla toda un tarde.
En un próximo relato os explicaré cuál fue su regalo de cumpleaños.
Autora: Cuarentona
Amor de madre
Tengo veintitrés años, me considero un tío que está bastante bien. Tengo bastante éxito entre las mujeres, pero la verdad es que no me hace falta salir a ligar, estoy bastante bien servido pues mi madre se ocupa de que ande bien follado. Estoy tan satisfecho que en muy pocas ocasiones he ido a buscar sexo por ahí, y cuando lo he tenido que hacer siempre he ido a buscar mujeres que me recordaran a mi madre. Me gusta follar con mujeres gordas, y en ese aspecto mi mamá cumple todas mis expectativas. Si no habéis follado nunca con una gorda os habéis perdido uno de los mayores placeres de la vida y cuando probéis una no volveréis a cambiar os lo aseguro.
Esta historia empezó hace unos meses, cuando me mudé de casa de mis padres a mi propio apartamento. Mi madre estaba triste porque su pollito abandonaba el nido y se resistía a ello. La tenía metida todo el día en casa. Me traía comida, venía a lavarme la ropa, a ayudarme a limpiar y lo que hiciera falta. Yo me había marchado de casa para tener independencia e intimidad y no lo estaba consiguiendo así que un domingo por la mañana en que mi madre se presentó con una fuente de comida, decidí que ya era hora de hablar con ella y dejar las cosas claras.
-Mira mamá, esto no puede seguir así, yo necesito intimidad, no digo que vengas a visitarme de vez en cuando, pero es que creo que te estás pasando.-Ya lo sé hijo mío, tu padre también me lo dice, pero es que te echo de menos. Tú sabes lo mucho que te quiero y se me hace muy duro no tenerte en casa.-Yo también te quiero mamá, pero debes dejar que viva mi vida. Imagínate que quiero traer una chica a casa y tú te presentas aquí en mitad de la faena, no sería muy agradable.-Así que lo que te molesta es que pueda pillarte tirándote a algún zorrón.
Su tono se había puesto demasiado áspero. No lo entendía mi madre y yo siempre habíamos tenido mucha confianza para tratar los temas de sexo. Le había contado mis primeras experiencias y ella había resuelto todas mis dudas.
-¿Qué te ocurre mamá? Parece que te has enfadado. -Perdona pero creo que estoy un poco celosa, hasta ahora yo era la mujer más importante de tu vida y ahora seguro que conocerás a otras que te darán lo que te ha faltado conmigo. -No sé de que me hablas, tú me has dado siempre todo lo que he necesitado. Eres una madre totalmente cariñosa y te quiero mucho. -Sí cariño, pero ahora has crecido, te has hecho un hombre y tienes otras necesidades, necesitas sexo de verdad y de forma regular.
Aquella conversación estaba tomando un camino muy extraño y yo no me imaginaba como iba a terminar. Quizás si hubiera continuado por otro lado no hubiera pasado lo que sucedió, y la verdad es que me alegro de que pasara.
-Por supuesto que necesito sexo, pero no se que tienes que ver tú en eso, ¿acaso quieres dármelo tú también?-Dije aquello sin ninguna mala intención, de verdad que hasta entonces no había pensado en mi madre como hembra. Supongo que inconscientemente si me atraían las mujeres gordas era porqué siempre buscaba a alguien como ella pero no lo había pensado. Su respuesta me dejó alucinado:
-Si me lo pidieras, sabes que nunca he podido negarte nada mi amor.-Mamá, que dices. ¿Serías capaz de tener sexo conmigo, con tu propio hijo? me parece sucio. -No te consiento que digas que sería sucio, sería el acto de amor más sublime. Que cosa hay más preciosa que el amor entre un hijo y su madre y la demostración más grande de amor sería entregarme a ti por completo. Ahora puedo entender que no seas capaz, que no me ames lo suficiente o que yo te repugne sexualmente.
No sabía que decirle. Mi cerebro intentaba aceptar toda aquella información y ordenarla, estaba paralizado. Entonces empecé a recapacitar. Intenté ver a mi madre solo como una mujer. Más bien bajita, aproximadamente 1,65m., cara redonda con ojos grandes y brillantes de color miel, la nariz un poco abultada daba personalidad a sus rasgos y un lunar entre ella y la apetecible boca de labios carnosos rojos como la sangre la hacían una mujer muy bonita. Su pelo rubio y ondulado caía sobre sus hombros. Tenía un escote precioso. Sus pechos de bastante buen tamaño aunque no demasiado grandes, se juntaban formando un canalillo extremadamente sensual y aunque nunca los había visto desnudos, dejaban intuir unos pezones grandes, muy de mujer.
La cintura estaba dominada por la carne, se le formaban unos pliegues en la ropa que solían atrapar sus carnes y resaltaban aún más sus anchas caderas de movimientos incendiarios. Sus muslos eran anchos y duros, sin asomo de celulitis a pesar de su gordura y formaban unas nalgas grandes y espectaculares, un culazo maravilloso. Sus piernas acababan en unas fuertes y anchas pantorrillas y en unos pies pequeños de dedos perfectos. El conjunto me pareció de una mujer absolutamente deseable, realmente mi madre era una mujer capaz de ponerme a cien y además la quería con locura. Pero seguía sin atrever a lanzarme. De repente su voz me sacó del hechizo:
-Lo siento, creo que no debería haberte dicho eso, lo mejor será que me vaya.
Mis neuronas se activaron de repente, no podía dejar que se marchara, tenía que decirle lo que sentía, necesitaba imperiosamente abrazarla y besarla.
-Espera mamá, no te marches. Es solo que no me esperaba que me dijeras eso y me has desconcertado. Me pareces una mujer increíblemente guapa y deseable y además tú sabes que te quiero con locura y voy a demostrártelo.
Avancé hacia ella y tiernamente cogí su regordeta cara entre mis manos. La acaricié y pasando mi mano entre su pelo la agarré de la nuca y la atraje hacia mi boca. Besé sus labios y empujé mi lengua dentro de su boca. Puedo recordar la sensación de su cálida saliva en mi boca, su áspera lengua recorriendo la mía, mientras sus manos recorrían mi pecho de arriba abajo. Separamos nuestras bocas y nos quedamos mirando a los ojos, con nuestras caras prácticamente pegadas.
-Te amo mamá. Deseo entregarme a ti. -Yo también te amo hijo mío. Desde el momento en que te tuve en mi pecho nada más nacer creo que me enamoré de ti. Siempre has tenido mi corazón, ahora quiero entregarte también mi cuerpo. Por favor hijo mío, poséeme, hazme tuya. Hazme sentir como una hembra entre tus brazos. -Madre, quiero hacer el amor contigo ahora mismo, te deseo con todas mis fuerzas.
Mi miembro estaba ya tieso como un palo. Me puse tras ella y mientras le acariciaba los pechos, le besaba el cuello y la iba empujando poco a poco hacia mi habitación. Oía sus gemidos mientras ella iba desabotonándose el vestido y lo dejaba caer al suelo.
Llegamos a mi cuarto y encendí la luz, quería disfrutar de aquel momento con total claridad, no quería perderme ni un detalle de aquel magnífico cuerpo. Realmente su cuerpo era grande. Su piel estaba absolutamente blanca y podía admirarla totalmente solo llevaba encima unas enormes bragas blancas y un sujetador a juego. Tiró su cabeza hacia atrás, y llevando sus manos a la espalda soltó el sujetador. Sus pechos cayeron vencidos por el peso, eran más pequeños de lo que me había imaginado pero eran absolutamente preciosos. Dos masas de carne dura y como siempre había pensado dos grandes areolas oscuras como el café y con unos pezones redondos como bolas.
Inclinándose hacia delante comenzó a bajarse las bragas. Los pliegues de su cintura se hicieron más visibles y su barriga colgaba. Lo que vi a continuación me dejó estupefacto. Mi madre tenía su coño totalmente afeitado y la grasa formaba un cojín a su alrededor que lo resaltaba aún más. El espectáculo era sobrecogedor. Notaba como mi polla empezaba a soltar las primeras gotitas.
-¿Te gusta lo que ves cariño? -Mamá estás buenísima, me pones terriblemente caliente, no me hagas sufrir más, ven a la cama.
Avanzó hacia mí, yo estaba sentado en la cama con la espalda recostada en el cabezal. Subió a la cama y se sentó sobre mí. Su gran peso me hizo un poco de daño, hasta que encontramos la posición en que los dos estábamos cómodos. Estábamos el uno frente al otro desnudos. Nuestras manos recorrían frenéticamente nuestros cuerpos y nuestras lenguas se unían en un interminable beso.
-¿Te hace daño tu gordita mamá encima hijo? -No, me da mucho gusto tenerte así mi gorda mi polla, totalmente erecta daba golpes contra su barriga. Me escurrí un poco hacia abajo hasta que apunté mi capullo contra la entrada de su húmedo coño, y mirándola a los ojos, la embestí con fuerza. Mi polla entró con fuerza hasta el fondo.
Mamá cerró los ojos y mordiéndose los labios dejó escapar un gritito mezcla de dolor y placer. Mi pelvis se movía suavemente mientras mi madre se balanceaba clavada en mi verga. Sus jadeos se hicieron más profundos, el sudor afloraba por sus poros. Mamá cruzó sus manos por detrás de la nuca, sus pechos subieron húmedos por el sudor, volví a chuparlos con frenesí. Su cuerpo olía a sudor y jugos vaginales. Nos estábamos volviendo locos de placer y mamá cambió sus jadeos por palabras:
-Así, así mi amor, con dulzura, me gusta que me hagas el amor, así hijo mío, me haces sentir tan mujer. Ahhh, me quemas el coño, que gusto me das hijo mío.
Poco a poco la calentura fue pudiendo con ella y la lujuria fue superando al amor, mamá se convirtió en una guarrilla.
-Ahhh, no puedo más, me vas a romper el coño, me siento como una perra caliente. Vamos nene, dale leche a tu mamá. Anda mi macho, córrete dentro de tu puta, de tu esclava, haz temblar las carnes de esta gorda mujer.
Todavía me excitó más que mi madre me dijera todas esas guarradas y huevos totalmente llenos necesitaban desahogarse.
-Mamá, me pones muy cachondo cuando dices esas cosas. Me encanta que quieras ser mi puta, tienes un coño tan caliente…Eres un pedazo de hembra. Voy a correrme para mi perra, mi gorda .Voy a llenar el coño de mi madre. -Sí hijo, soy tu perra, córrete en mis entrañas, lléname con tu semen.
La corrida fue tan intensa que lancé un grito de placer, notaba como no paraba de salir leche de mi polla…el coño de mamá estaba rebosando. Realmente la había llenado.
Cuando mi madre notó mi primera convulsión también gritó, sus uñas se clavaron en mi espalda y mordió con fuerza mi hombro para intentar sofocar su chillido de placer. Me dolía, pero el gusto era tan intenso, notando el enorme cuerpo de mi madre abrazado al mío, sintiendo como ella se convulsionaba por su orgasmo, como yo su hijo la estaba haciendo correrse de gusto, que el dolor se convirtió en una sensación alucinante.
Quedamos extenuados, abrazados en la cama mientras nuestros corazones recuperaban su ritmo normal, nos acareábamos con ternura sin decir nada, tan solo besándonos intermitentemente y acariciando nuestros cuerpos desnudos, gozando del momento y reflexionando.
No tenía ni por asomo el menor rastro de culpabilidad, es más en ese momento me di cuenta de que me había enamorado de mi madre. Antes la quería pero ahora sentía amor por ella, la deseaba, la necesitaba. La quería solo para mí.
-Mamá, ha sido maravilloso, hasta este momento no era consciente de cuanto te quiero realmente. Te necesito, quiero que solo seas mía, gozarte de mil maneras distintas. -Soy tuya mi niño. Este cuerpo solo te pertenece a ti. Después de gozar como hoy no voy a dejar que nadie disfrute de él, ni siquiera tu padre volverá a tocarme, si tú me lo pides. Solo quiero hacer el amor contigo, follar contigo, que me poseas solo tú, quiero ser tu madre y tu mujer a la vez. Complacer todos tus deseos. Seré la más recatada de las mujeres y la más guarra de las putas para ti.
-No quiero que papá vuelva a tocarte, a partir de ahora sólo yo seré tu amante, sólo yo disfrutaré de tu cuerpo. Te daré todo lo que me pidas y te daré todo el placer que ese enorme y caliente cuerpazo necesita. A partir de ahora eres mi mujer y yo soy tu hombre, mamá.
Aquella tarde gozamos de nuestros cuerpos varias veces. Por la noche mi madre le dijo a mi padre que no quería volver a hacer el amor con él, que había perdido interés por el sexo que entendía, que él se buscara otras mujeres y que a partir de entonces dormirían en habitaciones separadas. Mi padre tuvo que aceptarlo, pues me pidió consejo y yo le dije que debía respetar los deseos de mamá.
Mi madre siguió viniendo regularmente a mi casa, y algunos fines de semana se quedaba a dormir.
Seguimos gozando de nuestros contactos de esta manera durante un tiempo.
Autor: Adiel

