Angel del deseo
última vez con Erika, quien con sus 18 años era una vorágine en la cama, que no me sentía tan maravillado con una mujer como aquel fin de semana en Londres. Esta historia comienza ese viernes luego del trabajo cuando esa joven, luego que su amigo tuvo que volver apresuradamente a su casa, fue dejada prácticamente tirada en medio de ese wine bar.
Toda su humanidad irradiaba inocencia, pero no era solo esa aura juvenil lo que atraía, sino que además poseía una belleza radiante y angelical, que era imposible no dejar de notarla. Su cuerpo poseía una arquitectura humana, estructura ósea como la llaman algunos, que podía ser el sueño erótico de muchos hombres y mujeres también. Su piel era blanca y más parecía una de esas finas lozas japonesas, que infunden cuidado y temor que se van a quebrar, con solo pensar que se les va a tomar. Sus ojos eran color violeta, sus labios gruesos rojos como una rosa recién abierta en una mañana de primavera.
El cabello negro era como el azabache que hacía resplandecer más sus facciones. Sus senos desafiaban la gravedad y se mantenían erectos sin necesidad de ningún soporte. Tenía una cintura estrecha que realzaba su culo que parecía de una avispa, con unas piernas que parecían haber sido moldeadas para sostener toda esa esplendorosa belleza. Llevaba un vestido de seda negro que se deslizaba como enredaderas por todo su cuerpo al tiempo que le daba un aire electrizante de libertad de movimiento. Con todo eso la convertían en un conjunto, que despertaba la necesidad y el deseo de que hay que tocar, palpar, sentir. ¡Hola! ¿Cómo te llamas? Me atreví a preguntarle sin saber porque lo hice, sobre todo cuando en ese lugar había otras doscientas personas con una decena de hombres que ya la devoraban con la mirada. ¡Ángel!, Me dijo con una voz que parecía que venía del cielo.
Un nombre exacto para alguien que debe venir desde alguna parte muy alta en el universo, allí donde se crea la belleza. Exactamente un nombre para llamar a una persona que nos puede enseñar cómo llegar al paraíso, pensé inmediatamente. Entonces me puedes enseñar el camino a ese lugar le contesté. ¿Que lugar? Me preguntó.
Estúpido yo me dije, se me han confundido los procesos cerebrales de las comunicaciones, porque creo que estoy hablando cuando realmente estoy pensando o estoy hablando sin pensar. ¡No, con ese nombre me tienes que llevar al paraíso!, me apresure a decirle. Pero porque lo hice, fue mi inmediata reacción. Creo que estaba hechizado. ¿Deseas ir a bailar? De nuevo mi arrebato. Era como si el instinto primitivo de cazador se sobreponía a mi normal comportamiento de profesional en el medio del barrio financiero de Londres. ¡Oh si me encanta bailar!
Y ahora que hago, me dije. No esperaba que las cosas se desarrollaran con esa velocidad. Hacia menos de treinta segundos que había cruzado las primeras palabras con ella y en los próximos treinta estábamos en la calle esperando un taxi para irnos a bailar a un club latino. Antes de llegar a ese lugar había ocurrido un cambio en ese Ángel, que era una verdadera rosa inglesa.
¡No te preocupes! me dijo, una vez que nos habíamos instalado en el interior de ese tradicional taxi negro londinense. ¡Me gustan todos los hombres! ¡Adoro cuando estos me desean y tú no lo podías evitar, se te notaba demasiado! ¡Tienes toda la razón, me tenías hipnotizado! ¡Si ya lo sé!, me respondió. ¡Eso me pasa siempre con los hombres y con algunas mujeres también! ¡Porque soy como una gata que percibe a los machos y una hembra que percibe el deseo! Además me encanta el sexo, porque me mantiene feliz. Pero a diferencia de los felinos yo estoy en celo todo el tiempo…
En ese momento me sentí como una presa a la cual tenían acorralada y mis ínfulas de cazador desaparecieron. Me tenía que rendir. A mí me parece un milagro lo que ha pasado. ¿Qué quieres decir, un milagro? Porque así como tú que dices ser periodista a mí también me gusta escribir. En ese momento desde su pequeño bolso saca un papel y me lo pasa.
“Esa noche estaba tan excitada que eso dos muchachos no eran suficiente para llenarme el cerebro de placer. A pesar que tenía sus vergas, de cerca de veinte centímetros, llenándome tanto mi vagina como el culo. Eso llevaba ya cerca de media hora. Mis orgasmos se habían repetido varias veces, pero aun deseaba más.” Ese era el texto del primer párrafo de una historia que Ángel me pasó para que le diera mi opinión.
Me costaba creerlo aunque un lado de mi cerebro elucubraba, que quizás este fuera uno de esos sueños eróticos de los cuales se despierta todo mojado. Pero la lectura, el perfume y ese Ángel sentada a mi lado habían confundido aun más mis sentidos. Una cosa si estaba clara. La erección que tenía no me la quitaba nadie, sobretodo después que esas manos de largos dedos hace algunos minutos la recorrían suavemente por sobre mi pantalón, mientras leía esa historia titulada: Esclava del deseo.
Me había casado tres veces, divorciado otras tantas. Tenía varias amantes y convivía con una hermosa y ardiente mujer francesa. Pero Ángel, con veinte años, a la cual le doblaba en edad, me tenía arrinconado en ese vehículo un viernes en la noche. Al chofer del taxi por el espejo retrovisor le pude captar una sonrisa que reflejaba que percibía cual era la situación entre sus pasajeros. Momento por favor, es aquí a la vuelta, le dije al chofer al darme cuenta que ya había cruzado el río Támesis y habíamos llegado al club elegido.
Al bajar no sé si el chofer me dijo Que suerte que tiene. Expresando admiración o quizás envidia por mi compañía O que tenga suerte, queriendo decir que necesitaría mucha energía para satisfacer a esa mujer. Porque además Ángel tenía uno de esos perfumes femeninos que no solamente alteran sino alborotan todas las hormonas masculinas y el chofer del taxi también había sido afectado, al punto que después de saltar la luz roja del semáforo más cercano casi atropella a un pobre peatón. Cuando continuaba mirando por el espejo retrovisor el sensual caminar de mi ángel guardián. Todo ello me hacía dudar si era realmente un ser humano o un enviado del cielo.
Lo que sí estaba claro que era una diosa del sexo. Tan pronto comenzó a bailar conmigo en esa pista llena de parejas, en medio de la penumbra, me di cuenta que su vestido poseía una apertura en su frente y ella descaradamente bajo la cremallera de mi pantalón y se colocó mi aparato entre el matorral de su coño. No tenía ropa interior, se había apretado a mí, con movimientos de pelvis se había introducido el pene en su vagina al tiempo que me miraba a los ojos y pasándose la lengua por sus labios. De reojo trate de percibir si las parejas a mí alrededor se habían percatado de esta situación. Todos ellos estaban en su propio mundo quizás deseándose follarse entre ellos mismos.
En ese momento sentí como Ángel comenzaba a estremecerse y cerraba sus ojos. Estaba teniendo un orgasmo, sus piernas se aflojaban y tuve que agarrarla con más firmeza desde la cintura porque se estaba colocando flácida. Pero luego una pequeña sonrisa dibujaba su hermoso rostro y muestras de sudor aparecían sobre su labio superior dándole una visión mucho más erótica. Enseguida abre los ojos y me dice, gracias, lo necesitaba y se pega aun más a mí. Aun conservaba mi erección, el baile estaba por terminar ante lo cual la conduzco lentamente hacia uno de los rincones de la pista. Allí rápidamente se dio vuelta y en un solo movimiento se puso el pene entre sus nalgas luego de haberse levantado su vestido. Que por ser de seda colgaba como una cortina a ambos lados del miembro.
En ese momento coloca una de sus manos por atrás y comenzó a acariciarme desde el capullo a los huevos al tiempo que lo pasaba por el ojetillo de su ano. Una vez que lo enfiló correctamente comenzó a empujar hasta que como un guante de seda su culo fue recibiendo mi verga que ya estaba a punto de explotar. Ángel giraba su cabeza y me miraba a los ojos como una hembra poseída por el deseo y la lujuria para besarme y decirme… Métemela toda por favor que no aguanto más.
Muy pronto mis huevos chocaban con su coño mojado de jugos de amor. Su perfume me volvía loco, mi mano recorría su terso estómago y con la palma de la otra mano le acariciaba por sobre la tela del vestido sus pezones. Su culo tenía propia vida porque se movía como un río desbordado arrasando todas las energías que yo podía tener toda vez que tenía que sostenerla para que no cayera al piso.
En ese momento sentí como si en mi bajo vientre estuviera produciéndose una erupción que se iba convirtiendo en incontrolable. Su culo apretaba y al mismo tiempo ordeñaba mi verga que comenzaba a lanzar ondas de semen al interior de su trasero. Ángel me dijo, mi amor me voy a morir de gusto, me estás quemando las extrañas. Me estás ahogando en tu semen. Y comenzó a temblar como muestra de un nuevo orgasmo. Me mantuve en su interior y mi ángel seguía teniendo orgasmos y deben haber pasado otros quince minutos y otras tres canciones que fueron bailadas por las parejas en nuestra cercanía.
Creo que me he enamorado de ti, me dijo. Por lo menos para mí tú eres mi amor de este momento y así te recordaré por siempre, le contesté.
Autor: Andrés C.
Sonia
November 12, 2009 by admin
Filed under Primera vez
Estaba yo estudiando en la facultad, cuando ingresé era algo mayor comparándome con los compañeros que me tocaron en suerte (tenía 29 años). La mayoría de ellos difícilmente superara los 21 años. La carrera era una de ingeniería, y la casi totalidad de mis compañeros no tenían una base sólida para encarar este tipo de carreras por no tener una base técnica, por lo tanto, yo me sentía como el tuerto en el país de los ciegos, no es que sea el único con base técnica para encarar esta carrera, sino que era el más abierto y el que trataba de solucionar todas las dudas que ellos no querían o no se atrevían a consultar con el profesor por diferentes motivos que sólo ellos sabrían.
Entre ellos había una chica que provenía del interior del país, había venido para estudiar a la capital y trabajaba en una empresa comercial para costearse los estudios, tenía 19 años y se llama Sonia. En todo el año no reparé mucho en ella, lo único que me interesaba era que ella pudiera ocupar un asiento lo más adelante posible porque tenía un problemita en la vista, aparte de ello, lo que más podía destacar es que era muy introvertida. Llegaron los exámenes a fin del ciclo lectivo, y ya casi todos estábamos preparados para pelear la batalla intelectual que esto representa, pero, un buen día se me acerca Sonia y me dice que está totalmente colgada con matemáticas.
- ¡Pero Sonia! ¿Ahora me lo dices? ¡Faltando muy poco para el día del examen!
Debo destacar que era jueves y el examen estaba programado para el próximo lunes, a mí no me vendría mal un repaso de todo lo visto hasta ese momento, quedamos en que nos encontraríamos en un bar cerca de su casa para que yo le explicara lo mínimo indispensable como para que tenga sus armas para ese examen.
Llegó el sábado y nos encontramos en el bar que ella me había señalado como posible lugar de estudios, no quiero recordar cómo era ese bar, cuando llegamos habría ya en el lugar unas veinte personas, pero lo destacable de todo es que Sonia era la única mujer en el lugar, yo no me sentía cómodo en ese ambiente, no me permitía concentrarme con facilidad. Sonia no era una chica de las que se puede llamar atractiva, es de estatura baja, su cara no era del tipo de esas de las que uno se enamora a primera vista, pero su cuerpo, en el cual yo no había reparado hasta ese día, era bastante deseable,me atrevería a calcular que sus medidas eran 95-65-95, estaba enfundada en un vestido liviano de color blanco, sin mangas pero con hombros, y amplio a los costados, por lo que pude apreciar unos brazos bastante velludos y por debajo de ellos se dejaba ver un corpiño de color rojo, creo que eso es lo que más me llamó la atención puesto que es mi color favorito para la ropa interior femenina, aunque también yo mismo tengo algunos slips de ese color para mi uso personal.
La cosa es que yo no me sentía bien en ese local y se lo comenté, a lo que ella respondió que no había otro lugar para poder estudiar, ella compartía el departamento con dos amigas y no quería que fuéramos para allá.
- Bueno – le dije – en este barrio tiene que haber un hotel de pasajeros, de esos en los que se puede alquilar una pieza por todo un día. – Sí, por acá hay algunos de esos, pero desconozco las calidades. – Busquemos uno donde podamos alquilar una habitación por toda la tarde y estudiaremos tranquilos, si no te parece mal.
La miro a los ojos y noto que baja la cabeza mirando al piso y con un acentuado color rojo en sus cachetes, quizás por vergüenza, por el calor reinante o por ambas. Estábamos al fin de la primavera, a escasos 20 días del inicio del verano.
- Perdón – dije con un tono entre apesadumbrado y excitado – te avergoncé. – No, está bien, lo que pasa es que no estoy acostumbrada a este tipo de propuestas y mucho menos a la idea de pasar todo un día encerrada con un muchacho entre cuatro paredes. – Estudiando, repliqué. -Estudiando o lo que sea, el tema es que no estoy acostumbrada. – Bueno, entonces si eso te pone mal tampoco es una solución viable, puesto que te va a costar mucho trabajo concentrarte en el estudio.
Se quedó pensativa un rato y terminó aceptando mi propuesta, no sin antes acotarme que iríamos a estudiar y nada más, a lo que respondí que por mi cabeza no había pasado otra idea, y era cierto, hasta ese momento mi único objetivo era hacer lo imposible para que Sonia no reprobara el examen. Le pregunté si conocía algún lugar acogedor donde poder estar cómodos, que por lo menos no nos caminaran las cucarachas por encima mientras estudiábamos, a lo que respondió afirmativamente, que ella había estado viviendo allí unos meses cuando llegó a la capital, pero que no quedaba cerca, salimos del bar y tomamos un taxi hasta el hotel. Luego de las registraciones de rigor nos dieron una habitación doble con una cama matrimonial que tenía, además, un placard y una mesa con dos sillas, esto último era lo que necesitábamos. Debo decir que el lugar era muy limpio y que daba gusto estar en esa habitación que poco o nada tenía que envidiarle a un hotel de tres estrellas, aunque el precio que debería pagar era irrisorio.
Entramos en la habitación y nos acomodamos, yo, como buen curioso, lo primero que revisé fue el baño y me agradó por parecerme cómodo. Miro hacia el lugar donde estaba Sonia y la veo de nuevo con la cabeza baja y colorada de vergüenza, me paro delante de ella, le acerco una mano a su mentón y, tratando de levantarle la cara para mirarla a los ojos le pregunto con tono de broma, tratando de cortar el hielo.
- Quizás tu incomodidad se deba a que todavía eres virgen.- No, virgen no soy, pero…- Pero ¿qué? Ahora no te quedes cortada, termina la frase. – Se quedó pensativa de nuevo y como tomando coraje me dijo. – Pero es como si lo fuera. – ¿Quieres hablar al respecto? Yo no te quiero obligar a nada, pero si necesitas desahogarte contando algo que te tenga mal, acá estoy yo, para escucharte.
Cuando dije esto me invadió un sentimiento de ternura tremendo, como creo que nunca había sentido por nadie que no fuera mi hermana o mis padres, pensé que si largaba su rollo nos íbamos a sentir más cercanos y que podría ser el comienzo de una hermosa amistad. Inmediatamente ella respondió
- No sé si debo comentártelo a vos, si bien nos conocemos hace varios meses, también es cierto que nunca hubo, entre nosotros, un acercamiento tal que me influya a contarte una parte tan importante de mi vida. – Está bien – repuse – comprendo y respeto tus sentimientos. – ¡Que dulce eres! Gracias por tu comprensión.
De nuevo se quedó como cortada y terminó diciendo que me iba a contar su historia.
- Resulta ser que del lugar de donde provengo las chicas difícilmente lleguen vírgenes a los 15 años, en ese lugar la mujer no tiene derechos, no es que sea algo explícito, pero hasta las mujeres agachan la cabeza delante de un hombre, es parte de la cultura, yo no fui la excepción, pero mi historia, y creo que la de muchas chicas, no es del todo agradable. Volvía de la escuela una tarde de verano, con mi pollera tableada color verde y una camisa blanca con corbata verde, mis tetas eran chiquitas y ni cola tenía, cuando al llegar a una esquina se para un muchacho delante de mí, era muy alto y tenía un cuerpo muy grande y forzudo, calculo que tendría alrededor de 18 años, quizás más, me miró de tal manera que me asusté, tuve ganas de salir corriendo pero la piernas me temblaban de miedo, quise gritar y sentí mi garganta cerrada por el mismo motivo, en ese momento, me puso una de sus manotas sobre mi boca y con la otra en la cintura me levantó y me llevó dentro de un terreno vacío.
Mientras Sonia contaba esto yo me imaginaba el final y agradecí no ser ella para no tener que pasar por una situación similar, y poniéndome en su lugar imaginé su sufrimiento, tanto el del momento, como el de ahora que lo estaba contando, la interrumpí diciéndole que si le hacía mal recordar que no siguiera, me contestó que le hace mal recordar pero que le hace muy bien comentármelo a mí, porque estaba entrando en confianza. Me acerqué un paso más, de manera que estuve muy cerca de ella, acerqué mis brazos a sus hombros, la acerqué hacia mí, la abracé y le di las gracias en su oído, a lo que ella respondió dándome un beso muy tierno en mi mejilla. Yo alejé mi cabeza ligeramente y la miré a los ojos, noté el brillo típico de las lágrimas cuando se asoman a la luz, estaba notablemente emocionada.
Terminó contando que la tiró al suelo, entremedio de algo de basura que estaba desparramada por el terreno, le arrancó su bombacha y la ensartó (nunca mejor utilizado este término para describir una violación) sin más preámbulos. Contó también que, luego de moverse cinco o seis veces (que le parecieron miles) dio por terminada su labor enchastrando el interior de su vagina y se retiró con una sonrisa de oreja a oreja. Ese fue su debut en las lides del sexo, su primera vez no creo que sea la envidia de ninguna mujer, sino todo lo contrario, tenía frente a mí a la protagonista del relato y no lo podía creer, yo no sé (porque no soy psicólogo) si su gran introversión se debe a una cuestión de cultura o si es una postura que adoptó desde esa experiencia, el hecho es que su forma de vestir nunca fue muy atrevida, sino todo lo contrario, lo más atrevido que le vi lucir en todo el año lectivo, es el vestido que llevaba puesto ese día y no era para arrancar suspiros, precisamente.
Al escuchar el fin de su relato, me invadió un sentimiento de ternura con Sonia como única destinataria, en ese momento fui yo el que la besó en la mejilla, a lo que ella respondió poniéndome una de sus manitas sobre una de mis mejillas, luego hizo algo parecido con la otra mano, al tener mi cara entre sus manos, acercó su cara y besó mis labios con una suavidad y cariño como nunca recuerdo que me haya ocurrido. Quise cambiar de tema diciendo que estábamos allí para estudiar matemáticas, a lo que ella respondió sin soltar mi cara de entre sus manos.
- Ahora no estoy tan segura de querer aprobar este examen, si no lo apruebo ahora, lo podré aprobar en marzo del año que viene, es más, no sé si estoy tan segura de presentarme el lunes.
Esta respuesta me dejó helado, y hasta me hizo sentir un hormigueo en mi pene, no sabía que hacer, si seguir besando sus labios buscando alguna reacción muy erótica en sus ánimos o enojarme por estar en esa situación a la que no había ido preparado, en último de los casos podríamos estar ahí hasta la mañana del día siguiente sin que nadie nos dijera nada al respecto.
Retomando el tema del examen, yo le contesté que era mejor terminar aprobando ahora, dentro de lo posible, para así poder disfrutar plenamente de las vacaciones sin la preocupación de tener que prepararse para, a fines de febrero o principios de marzo, rendir un examen de matemáticas. Sinceramente, esto último que dije no me lo creería nadie, ni yo mismo, pero lo dije como para poder darle un giro alternativo a la situación que ya se estaba poniendo demasiado romántica y posiblemente termine en una encamada de la que, por lo menos, Sonia no se iba a olvidar por mucho tiempo y no es que yo sea el supermacho ni que sea el superdotado, sino que trato de ponerme en el lugar de Sonia e imaginarme lo que ella pudiera pensar o sentir y eso me asustaba, hasta este momento yo no me había enganchado con ninguna chica con las que he salido, pero tampoco rompí ningún corazón y engancharme con Sonia podía significar que ella se haga ilusiones de algo a lo que yo no quería enfrentar a pesar de que todos mis amigos de la misma edad ya estaban casados. El asunto es que Sonia respondió a mis palabras y me contestó:
- Justamente eso es lo que estaba especulando, yo no tengo problemas en ninguna otra asignatura, la única que me quedaría pendiente sería esta y tendría todo el verano para prepararla. – Ah, entonces ya nos podemos ir – repliqué con un gesto irónico y pícaro al mismo tiempo, como para poder darme cuenta de lo que podría llegar a estar pensando Sonia, en realidad lo que quería hacer era confirmar mis sospechas.- No te hagas el malo conmigo, yo sé que no sos así, vos sos muy dulce y sé que no te querés ir. – Eso era justamente lo que yo me estaba temiendo y no quería escuchar, me hubiera sentido mucho mejor si me contestaba que bueno, que nos vayamos, pero ella, a pesar de que no le interesaba presentarse a rendir este examen, todavía se quería quedar. – Escúchame Sonia, y préstame atención. – Soy todo oídos. – Hay algo que quiero dejar claro entre nosotros. – Y cuando dije esto ella no quiso escuchar nada más, ya sabría que iba a terminar diciendo y no lo quería escuchar, interrumpió mis palabras con un beso, un beso de verdad, largo, húmedo y apasionado.
Yo la tomé de la cintura y arrimándola más hacia mí, la estrujé en un fuerte abrazo mientras le acariciaba la espalda por sobre su vestido. De repente, mientras la acariciaba sin dejar de besarnos, algo arañó mi mano, me di cuenta de que había pasado mi mano sobre la cremallera de su vestido y ahí mismo pensé en bajársela, dudé, estuve acariciándola por unos minutos más mientras en mi cabeza me debatía entre la posibilidad de bajarla y no bajarla, pero me decidí y comencé a descender mi mano por su espalda con el cierre de su vestido entre mis dedos, cuando hube llegado a la mitad de su espalda, percibo que ella comienza a besarme con más audacia, con más sensualidad, como diciendo, en un lenguaje sin palabras, “Por fin te decidiste”. Al notar este cambio yo continué bajando el cierre hasta el final de su recorrido.
Pasé mi mano por dentro del vestido y comencé a acariciar, suavemente ese hermoso cuerpo que ya me estaba pareciendo el de Miss Mundo con la calentura que estaba sintiendo en mis genitales, la respuesta de Sonia no se hizo esperar, ella había pasado sus manos alrededor de mi cuello y al sentir las mías tocando la piel de su cintura, llegando al comienzo de sus glúteos, comenzó a apretarme contra ella, como queriendo que su cara y la mía sean una sola, nuestros dientes chocaron, imagino que nuestros rasgos faciales ya habrían desaparecido por la presión de nuestros rostros, ya me estaba doliendo ese gesto de cariño (¿o de amor?).
Como para tratar de zafar de esa presión puse mis manos en los hombros de su vestido y comencé a desplazarlos hacia adelante, en un claro ademán de intentar sacárselo, eso hizo que aminorara su presión puesto que, como aprobando mis intenciones, desplazó su cuerpo ligeramente hacia atrás para dejarme hacer, al pasar la parte superior de su vestido por encima de su corpiño pude escuchar un suspiro pronunciado que se escapaba de ella sin dejar de besarme. Alejé sensiblemente mi cara de la suya porque quería hablar y ella lo entendió, mientras, muy a su pesar, dejó de besarme por un momento.
- Déjame ver tu cuerpo – le dije mientras acariciaba sus brazos hasta llegar a sus muñecas y sacar sus manos de mi cuello y nuca para alejarla un poco de mí y poder contemplar su cuerpo casi desnudo. – Me da vergüenza – exclamó.- No tengas vergüenza, mirá, yo me voy a sacar la camisa como para que no te sientas en inferioridad de condiciones.
¿Inferioridad de condiciones? Ella no sabía lo que podía llegar a conseguir de mí a esta altura de las circunstancias, ya me tenía en su poder y ella no lo sabía o al menos no sabría el poder que podía ejercer sobre mí en ese mismo instante. Comencé a desabrocharme la camisa pero, contrariamente a mi costumbre, lo hice muy lentamente como para que se vaya haciendo a la idea de a poco, de que iba a verme con el torso desnudo, estaba muy lejos de mi inspirar una reacción erótica con mis movimientos y mucho menos intentar parecerme a un striper.
Pero Sonia me miraba expectante, como si quisiera ver enseguida qué es lo que había bajo mi camisa, mientras tanto, yo podía apreciar su cuerpo, ya que estaba algo alejado de mí, a pesar de estar a menos de un metro de distancia, pero podía observar que toda su ropa interior era de color rojo, con encaje, y que los vellos que había podido ver en sus brazos se repartían, casi, por todo su cuerpo, lo que me puso más excitado aún fue pensar que en su entrepierna podía llegar a tener una mata de pelos muy espesa, y eso contradiciéndome yo mismo, puesto que toda mi vida me gustaron los pubis con muy poco o sin nada de vello, pero este cuerpo era distinto, acá no quedaría bien ver una vulva afeitada y todo el resto del cuerpo con vello por donde mires, era un vello liviano apenas algo más oscuro que una pelusa, lo que más me ratoneaba era ver que desde su ombligo salía una línea de pelusita, ligeramente más espesa que el resto, que presumo terminaría en su zona pubiana.
Pero volviendo a mí, Sonia obtuvo lo que esperaba, a pesar de mi parsimonia simulada, pudo ver mi torso desnudo, acto seguido extendió una mano y la acercó a mis pectorales que si bien no son nada del otro mundo, son el producto de haber practicado natación durante 15 años de mi vida, estaba como en otro planeta, creo que yo, en ese momento, no existía para ella, sino que tenía frente a si un cuerpo masculino a punto de explorarlo y nada más, esto no me molestó, puesto que sus exploraciones me gustaban.
Le puse las manos en la cintura como para acariciarla, pero apretándosela la acerqué hacia mí, ella no salía de su asombro por lo que se estaba dejando hacer, pasé mis manos hacia atrás, en su espalda y busqué el broche de su corpiño, cuando lo encontré, con una rápida exploración digital pude detectar de que tipo era y se los desabroché sacándoselo para adelante.
- Espera… despacio. – me dijo
Yo no podía creer lo que escuchaba, todavía estaba sintiendo vergüenza, ya me puse a pensar que no llegaríamos muy lejos en ese día. Le dije que me sacaría también los pantalones así quedábamos ambos en igualdad de condiciones (con respecto a la vestimenta, porque en lo que respecta a los cuerpos, Sonia lleva las de ganar) y mientras tanto, haríamos cosas que nada tuvieran que ver con nuestra desnudez y así ella podía ir acostumbrándose. Aceptó con un tono rojizo en su cara, yo creo que nunca se le fue, pero su condición vergonzosa aún no la había perdido.
En ese momento quise aprovechar para poder observarla bien, Sonia tiene un lindo cuerpo, su piel es de color cobriza sus pezones son oscuros de un marrón muy intenso y su cintura se diferencia perfectamente de su busto y de sus caderas, su vientre existe, pero es apenas perceptible, es lo que se puede decir un bomboncito, aunque con vellos, en este punto yo quería que llegase el momento de sacarle su bombachita que por su color y por su tela se veía bastante sexy, aún no la había visto de atrás, en ese instante, como leyendo mi pensamiento, me dijo que tenía ganas de orinar, le pregunté si podía acompañarla y por respuesta tuve una cara colorada y un “No, todavía no”, ese “todavía” me terminó de destrozar los sesos. Cuando hubo dicho esto último, se dio vuelta para dirigirse hacia el baño, ocasión en la que pude contemplar su cola, la bombacha que tenía puesta no era de esas diminutas pero era un triángulo que no llegaba a tapar, en su totalidad, las nalgas de Sonia, realmente me gustó lo que vi, en las nalgas también tenía vellos apenas perceptibles pero mucho algo más notorios que el común de las mujeres que yo había conocido hasta ese momento.
Mientras Sonia estaba en el baño, me puse a reflexionar acerca de cómo habíamos llegado a esta situación, y no pude más que reconocerme a mí mismo que Sonia me excitaba por lo distinta, su cuerpo tiene ese toque de distinción que tanto me atraía, su excesiva cantidad de vello en todo su cuerpo generaba en mi una sensación distinta pero un deseo irrefrenable de experimentar un cuerpo totalmente distinto a lo que había conocido hasta ahora, si a eso le sumaba su inocencia llegaba a un resultado muy atractivo y que poco a poco iba dejando una marca en mis pensamientos.
Cuando Sonia salió del baño no pude dejar de contemplarla, yo sentía que estaba teniendo una erección de las buenas y no pude, aunque tampoco quise, disimularla. Ella lo notó y se avergonzó aún más todavía, aunque todavía tenía la cara colorada como un tomate, en sus ojos se notaba una mirada de curiosidad, yo ya no encontraba palabras para expresar nada, estábamos los dos solos en la habitación de un hotel, casi totalmente desnudos, sólo teníamos nuestra ropa interior que tapa nuestras zonas a la altura de la cadera, me limité a acercarme a ella para fundirnos en un abrazo, nada ocurrió, Sonia también me abrazó y sentía como trataba de alejar su zona pubiana de la mía, yo bajé mis manos, las puse sobre sus nalgas y la atraje hacia mí para que sintiera el efecto de mi excitación, como Sonia es un poco más baja que yo, mi pene erecto se le apoyaba en la zona entre el ombligo y su pubis.
Ese abrazo se prolongó en un beso muy apasionado por parte de ambos, mientras nos besábamos, yo trataba de friccionar mi pene contra su cuerpo ya que sentía que necesitaba ese tipo de caricias y aún no me atrevía a pedírselo, para no echar por tierra todo lo que hasta el momento estábamos logrando, yo estaba en lo mejor de la fricción cuando siento que la respiración de Sonia suena algo más agitada y entrecortada, lo que me indicó que se estaría excitando también ella, ese indicio me incitó a dar un paso más y subí una mano hasta uno de sus senos, acariciando suavemente, durante el recorrido, su costado y algo de su abdomen, en el trayecto su respiración se sintió más profunda, hasta que llegué a apoyar una de mis manos en su seno derecho en ese momento su respiración se transformó en un largo gemido, solamente ahogado por mi boca debido al beso del que ambos estábamos disfrutando.
Comencé acariciando su seno lentamente, sin presionar demasiado, trataba de no tocar su pezón, lo esquivaba a propósito, pero los pocos roces que le hacía, los hacía parecer casuales, eso la excitaba mucho, mientras tanto, ella me acariciaba la espalda llegando hasta el borde de mi slip y volviendo a subir sus manos, intuí que no se atrevía a seguir bajando, yo ya tenía mi mano derecha sobre sus nalgas y las estaba acariciando, alejando un poco mi boca de la suya le dije que a mi también me gusta que me acaricien las nalgas, poco a poco se fue atreviendo más hasta que luego de un rato ya su terreno acariciado se extendió desde mi nuca hasta mis nalgas, en ese mismo instante, a modo de premio por su audacia, yo comencé a acariciarle el pezón derecho que estaba demasiado duro y puntiagudo debido a mis caricias casuales.
Yo no podía respirar, mi excitación era tal que me dificultaba la respiración, pero reparando en ese mismo detalle, en ella, comprobé que pasaba por un trance similar y me decidí a continuar avanzando, a sabiendas de que este momento iba a ser inolvidable para ambos, comencé bajando mi mano hasta llegar a su ombligo y me quedé un rato acariciándolo mientras con mi pulgar tocaba el borde de su bombacha y trataba de ingresarlo por dentro de ella, acaricié todos sus vellos, como si estuviera viendo lo que hacía mi mano, no dejaba de acariciar su ombligo con mis dedos anular y meñique, mientras con el pulgar ya estaba acariciando su vello púbico, lo encontré tal como lo había imaginado, abundante y espeso, ella no modificaba mucho sus caricias, eran como al principio, pero ahora ya se atrevía a presionar más mis nalgas.
Dejé de acariciarla como lo venía haciendo hasta ese momento para poner mis manos en sus caderas, justo en el elástico de su trusa e ir tomándolo con suavidad mientras lo deslizaba hacia abajo con mayor suavidad todavía, una vez que tuve la parte superior de su bombacha de manera que ya se encontraba debajo de la línea de sus glúteos por detrás y de su zona pubiana, por delante, siento que Sonia hace lo mismo con mi slip, la dejo hacer, no emito sonido alguno, ella deja de besarme para poder seguir bajándolo con comodidad, ahora es ella la que quiere mirar y poniéndose en cuclillas de manera que su cara se encuentra frente a mi pene, que aún está dentro de mi slip, pero con mi vello ya al aire, continúa con sus intenciones de despojarme de mi ropa interior, yo no sé si se imagina lo que va a pasar cuando siga bajando y deje mi pene entero al aire, pero ella sigue inspeccionando, de repente repara en una mancha húmeda, bastante grande, que se presenta ante sus ojos, y como tomando coraje me pregunta:
- ¿Ya acabaste? – No – le respondo – ese es el líquido preseminal, pero no me falta mucho.- ¿Me vas a dejar que yo te lave tu ropa interior? – No importa, de acá hasta que nos vayamos ya se va a secar.
Le contesté como queriendo zafar de una situación que estaba llegando hasta donde yo no quería que llegase porque solamente una mujer enamorada te lavaría la ropa interior.
- Por favor, me encantaría hacerlo, yo no voy a permitir que mi hombre ande por la calle con un calzoncillo manchado, aunque no se le vea.
En ese momento pensé: “cagamos… dijo la expresión que yo no quería escuchar, mi hombre”, pero ahora sé el motivo por el cual no quería escucharla, porque lejos de molestarme su comentario, me agradó y vaya si me agradó, yo no lo quería reconocer, pero no se puede evitar lo inevitable, yo también me estaba enamorando, y no sabiendo que responderle le dije:
- Bueno, si es tu deseo, lo haremos juntos, pero después.- Sí. Sí, después.
Su mirada, que yo veía desde arriba, ya no era la de la nena tímida que había entrado avergonzada a esa habitación, ahora su mirada tenía un brillo especial, era la mirada de una niña animada, como la de aquella que está esperando el regalo prometido. Continuó bajando mi slip y sucedió lo que tenía que suceder, al liberar mi pene, este salió disparado hacia delante, apuntando directo a su cara como un resorte, Sonia se sorprendió y tiró su cara para atrás, quizás pensando que este le iba a pegar en la cara lo que me causó gracia y riendo le dije:
- No es tan largo como para que llegue a pegarte en la cara.- Pero es duro – contestó
Terminó de bajarme los slips los que, al llegar a mis tobillos, le ayudé a sacar, la tomé suavemente de los hombros y le hice una ligera presión hacia arriba, indicándole que quería que se pusiera de pié de nuevo, así lo hizo, comprendiendo perfectamente mi deseo, yo quería continuar sacándole su ropa interior, ahora era yo el que se agachaba, no sin antes premiarla con un hermoso beso, tan dulce como apasionado. Al tener su pubis frente a mis ojos no pude evitar mi deseo de besárselo y así lo hice, le di un par de besitos cariñosos en esa zona y terminé quitándole la bombacha, la que quedó en el piso junto a mi slip. Poniendo mis manos en sus rodillas, como abrazando una con cada mano, comencé un lento ascenso hacia su entrepierna a lo largo de sus muslos, al llegar mis manos a su destino, pude comprobar que ella tenía también su vagina muy mojada, ya que la humedad se notaba en sus muslos unos cinco o seis centímetros antes de llegar, pasé mis manos por detrás de ella, llegando a tocar de nuevo sus glúteos que ahora estaban desnudos y subiendo mis manos dejé un brazo abrazando su cintura y con el otro abrazaba su espalda a la altura de sus pechos, esta posición me ayudó a que, con un leve empujoncito haga arquear su cuerpo hacia atrás a lo que ella respondió con un abrazo a mi cuello pero más por temor a caerse que por cualquier otro sentimiento.
En esa posición la besé con frenesí y ya casi con lujuria, mientras retiraba mi mano de su cintura para pasar a su entrepierna, en esta posición no tenía más remedio que tener las piernas abiertas, fui directamente a la entrada de su vagina, yo quería acariciarle esos labios y sí, estaba realmente mojada, a tal punto que yo pensé que ella ya había tenido un orgasmo, presumo que mientras le acariciaba un pezón. Pero ahora era distinto, yo ya había ingresado un dedo entre sus labios y estaba buscando su clítoris, quería provocarle un orgasmo sin penetrarla, mi pene estaba tocando el costado de uno de sus glúteos, como tomando coraje bajó una mano acariciándose su costado hasta llegar a él y comenzó a acariciar mi pene, con mucho temor, no sé a qué, pero esto hizo que sus caricias sean tan suaves que me volvieron loco por demás, en ese mismo instante yo encontré su botoncito del placer, no necesité acariciarlo por mucho tiempo que ya me hizo sentir que ella estaba llegando al orgasmo.
Fue en ese momento que pude comprobar que antes no había tenido un orgasmo, puesto que ahora separó su boca de la mía para poder gemir con mucha pasión, casi al borde de la locura y llegando a dejar escapar algunos gritos, mientras que su vagina se mojaba como nunca había visto mojarse vagina alguna, la cantidad de líquido segregado se puede comparar perfectamente a un orgasmo masculino por su cantidad y consistencia, mientras tanto, sus caricias en mi pene fueron aumentando en velocidad y presión ejercida llegando a un punto tal que ya tenía mi orgasmo en la punta de mi pene lo que me costó mucho retener, decidí no continuar con las caricias por un momento y en medio de un abrazo que, retribuyó con más fuerza aún, y un beso ya demasiado amoroso, la fui invitando a ir a la cama, con ligeros empujoncitos que entendió a la perfección.
Una vez acostados, ella comenzó a acariciar mi pene de nuevo y decidí dejarla hacer lo que quisiera conmigo, quería ver hasta dónde podía llegar sólo con su instinto de mujer, pero no pude disfrutar mucho tiempo más de sus caricias, no pasó mucho tiempo que mi pene se endureció más todavía y comenzaba a latir, cada vez con mayor velocidad hasta que iba a explotar eyaculando, suspiré, gemí, y le dije, ya me vengo amor, estoy terminando y acto seguido comencé a eyacular con tanta violencia y cantidad como nunca antes lo había logrado mujer alguna, Sonia, lejos de asustarse, parece que eso la excitó aún más y no paraba de acariciar en un acto de masturbación perfecto, lo que si pude notar fue que la presión de sus manos era muchísimo más liviana, llegando a ser una caricia, como agradecida del regalo que le había dado o como si se sintiera muy feliz de haberme hecho gozar de semejante manera.
Levanté mi mirada buscando la suya, cuando la encontré la miré con mi mejor mirada de agradecimiento y le dije:
- ¿Te sientes bien? – Sí, yo no creí nunca que una situación así me podría llegar a gustar, la primera vez que sentí el líquido masculino en mi cuerpo me dio mucho asco, pero ahora me doy cuenta de que una se puede sentir muy bien con este acto, hasta satisfecha, porque le provoca mucho gozo a la persona que quiere. – Sí mi amor, esto es muy placentero para mí, pero hay sentimientos superiores todavía que podemos disfrutar juntos, pero ahora me toca a mí hacerte feliz. – ¡Yo soy feliz si tú eres feliz!
Eso fue lo último que le escuché decir, porque ya estaba besando su ombligo y bajando por el caminito natural que lo une con su pubis. Su jadeo no sólo no cesaba, sino que se hacía cada vez más notorio para transformarse, cuando llegué a besar su zona pubiana, en auténticos gemidos, no quería imaginarme lo que haría o diría cuando se encontrara su clítoris con mi lengua; pero el momento llegó y al fin se encontraron, mi lengua y su clítoris en una lucha sin cuartel, mi lengua lo presionaba, lo rodeaba, ahora que lo tenía más cerca pude apreciar su real tamaño, tendría alrededor de dos centímetros de largo y como un centímetro de diámetro, sin exagerar, esas eran sus dimensiones y entonces me decidí, tome ese apéndice entre mis labios y comencé a succionarlo tranquilamente, mientras que de su boca se escapaba un leve quejido:
- Ay… ay… ay… – ¿Te estoy haciendo daño? – le pregunté.- No. No me duele, pero es una sensación extraña.- ¿Pero te molesta o te agrada?- No se, no lo puedo definir, pero sigue, sigue, a ver qué pasa.
Ni lerdo ni perezoso continué con lo que estaba haciendo para terminar dando pequeños mordiscos en su clítoris, en ese momento tuvo el orgasmo más intenso que había tenido en toda la tarde y al estar tan cerca de la entrada de su vagina pude corroborar que su orgasmo concluía en una eyaculación, en cantidad y color similar al semen pero de una consistencia algo más liviana, más líquida. Decidí parar, no quería agotarla físicamente tan pronto, apenas hacía una hora u hora y media que habíamos ingresado a esa habitación y todavía teníamos toda la tarde por delante. Me recosté a su lado y ella me abrazó, nos quedamos así un largo rato, sin decirnos nada, yo sólo escuchaba su respiración entrecortada y ella no hacía más que abrazarme y besar mi cara, por todos sus rincones, hasta los ojos me besó.
Sonia se decidió a continuar bajando con sus besos me di cuenta de que ya estaba más repuesta, besó mi cuello, mi pecho, se detuvo un poco en mis tetillas, cada una a su turno para luego seguir bajando, yo estaba extasiado, no quería que pare porque quería ver hasta dónde podía llegar sin decirle nada, hasta donde se permitía llegar, siguió bajando, se detuvo en mi ombligo pero me hacía muchas cosquillas, hasta el punto de que era una molestia, a pesar de que no le dije nada ella lo percibió y no siguió haciéndolo, siguió bajando y, para mi sorpresa, llegó con su cara a mi pene, lo tomó con una mano y se lo pasó por los cachetes de su cara, luego de unos segundos lo arrimó a sus labios y le propinó unos besitos muy suaves en la punta, no se atrevía a más, por lo que decidí no decirle nada, me hubiera gustado que siguiera y que abrazara la cabeza ardiente de mi pene con sus labios, pero callé. Ella se incorporó volviéndose a recostar a mi lado y le pregunté:
- ¿Quieres sentirme dentro de ti?- Sí, ahora siento que lo necesito, quiero sentir una penetración placentera por primera vez en mi vida.
Atrás quedaron los días de autorrepresión de Sonia y lo estaba haciendo conmigo, me puse encima de ella a lo que respondió abriendo las piernas para dejarme a mi acomodarme entre ellas, inmediatamente estuve sobre ella, sintiendo el calor de la entrada de su vagina en la punta de mi glande, a lo que mi pene respondió con un endurecimiento superior al que ya tenía, estaba tan cerca que podía sentir un pequeño y suave latir de sus labios, no me apuré, empujando suavemente penetré apenas un centímetro más sin dejar de mirar la expresión de su rostro, ella había cerrado los ojos y el resto de su cara tenía una expresión relajada, aflojando mi presión volví atrás el corto camino recorrido para volver a entrar, esta vez un poco más…
Había colocado la mitad de la cabeza de mi miembro en su interior, sus suspiros eran muy fuertes, estaba esperando la plena penetración, pero yo, sin intenciones de torturarla, me había propuesto que esta penetración la iba a disfrutar con todo su cuerpo y de nuevo retrocedí el camino andado, aguardé unos segundos para volver a entrar, esta vez, hice que toda la cabeza de mi pene estuviera en su interior, y comencé a mover mi cintura de manera tal de salir y entrar pero nunca llegué más allá de donde había llegado hasta ahora, yo me contuve, sentía que mi orgasmo estaba pronto a llegar pero quería que este acto fuese más placentero para Sonia que para mí, quería lograr que llegara a su orgasmo sin mayor penetración que la que estaba aplicando.
No tardó mucho, en menos de un minuto Sonia se retorcía en un orgasmo terrible, tan así que yo temí por su agotamiento antes de que concluyera con mis intenciones, en medio de su fuerte orgasmo, era el punto que yo esperaba, hice que mi penetración fuese completa, llegando a sentir que tocaba la pared superior de su útero y de esta manera comenzar un coito completo, salía hasta dejar solamente un par de centímetros dentro de ella, entraba mi pene en su totalidad y así sucesivamente, de nuevo sentí los espasmos de mi orgasmo, contuve la eyaculación otra vez, trataba de contenerlo hasta el próximo de ella.
No tardó mucho en tener otro orgasmo tan fuerte como el anterior a lo que aproveché para sacar mi pene de su interior justo en el momento que soltaba mi eyaculación, cayendo esta en todo su vientre y algunas gotas llegaron a chocar contra sus senos, su ombligo contenía un charquito blanco provocado por mí, me retiré de encima de ella y me recosté de nuevo a su lado, para mi sorpresa, ella se pasó un dedo por su ombligo y lo llevó a sus labios como quien prueba un dulce, creía que Sonia era incapaz de un acto así, pero creo que estaba presenciando el nacimiento de una nueva Sonia. Me miró con un gesto pícaro y se incorporó para poner su cuerpo sobre el mío, se apretó a mí y hasta hizo un movimiento de manera tal que nuestros cuerpos quedaron impregnados de mi semen. En ese mismo instante, ella me dijo:
- Uy, mira cómo nos ensuciamos. – Sí, lo veo, contesté con un gesto más pícaro que el de ella, vamos a tener que bañarnos.- Bueno, pero primero déjame descansar un poco, quedé agotada. – Por supuesto, mientras tu descansas yo me ducho.
Dije esto sin sentirlo así, yo también me sentía agotado.
- No. ¿Eres loco? ¿Cómo te vas a duchar solo? Te puedes resbalar y caer, no señor, nos bañamos juntos.
A lo que respondí con una corta carcajada y una mirada de complicidad. Descansamos un rato, abrazados, besándonos suavemente los labios, a veces no tan suavemente y nuestros besos eran muy apasionados. Estuvimos así hasta que Sonia fue la que rompió el silencio:
- Estoy muy agradecida mi amor. Quiero que sepas que soy toda tuya, que nunca te voy a decir que no a nada, quiero experimentar todo lo que se nos ocurra, pero lo quiero hacer contigo y con nadie más. – No Sonia, tú no eres mía ni de nadie, nadie pertenece a nadie y yo también estoy muy agradecido contigo, me entregaste tu virginidad y eso no tiene precio.- ¿Mi virginidad? Pero si…
Antes de que continuara hablando sellé sus labios con un beso, lo que ella entendió perfectamente, si bien yo no fui el que atravesó su himen, fui el primero que le proporcionó placer. Nos levantamos y nos dirigimos hacia el cuarto de baño, lo hicimos abrazados y besándonos, creo que debimos de haber tardado unos cinco minutos para caminar dos metros, mi pene ya estaba erecto de nuevo y Sonia lo miró con su mejor cara de pícara. Una vez en el cuarto de baño, me dijo que tenía ganas de orinar y se dirigió hacia el inodoro con intenciones de sentarse en el, a lo que le dije:
- No, por favor, ahí no, hazlo acá, bajo la ducha y sobre mi pene.
A ella se le notó un brillo distinto en su ojos y un gesto de asombro, caminó dos cortos pasos hacia mí, me abrazó por la cintura y, levantando una pierna hacia mi comenzó a orinar relajada, yo me agaché un poco para que su hilito dorado pudiera mojar mi pene como yo quería, al sentir su calorcito abrazando todo el cuerpo de mi pene, este se me puso más duro todavía, cuando hubo acabado, le pedí que no bajara su pierna que descansaba sobre un costado de mi cadera, yo también tenía ganas de orinar y me dispuse a hacerlo apuntando a su clítoris, lo que le provocó una sensación de placer a juzgar por sus gestos y su mirada, no toda mi orina fue a dar contra su clítoris, yo me iba moviendo hasta llegar a la entrada de su vagina, y enviar el resto allí adentro.
- Si hace unas horas alguien me hubiera dicho que yo iba a mear a alguien o que alguien me iba a mear a mí, podría haber vomitado de asco, pero esto fue hermoso mi amor. Estoy muy feliz de haberlo hecho. Ahora se, más que antes, que todo lo que me pidas va a ser para provocarnos placer.
Al oír estas palabras lo único que se me ocurrió hacer fue darle un beso. Luego abrí la ducha y nos metimos debajo, ella me enjabonó a mi primero, cuando le tocó enjabonar a mi amigo lo hizo con tal suavidad y dulzura que este se endureció más todavía, cosa que me sorprendió sobremanera, luego yo hice lo mismo con ella, le enjaboné todo el cuerpo, me detuve en sus pechos, enjaboné su entrepierna quedándome algo más sobre su clítoris para luego enjabonar su espalda y su trasero, llegado a este punto, Sonia se puso de espaldas a mí y con un movimiento de cintura envió su cola exageradamente hacia atrás, me entretuve demasiado con su ano y el jabón, al punto de que un dedo entró sin querer y sin problemas dentro de su agujero, de su boca se escapó un gemido de placer, no lo había pensado pero en ese momento se me ocurrió que podíamos gozar ambos de ese lado, seguí enjabonando y probé introducir dos dedos dentro de su ano, sus gemidos fueron aún más intensos, comencé a entrar y sacar mis dedos sin problemas y de repente Sonia me dice entre suspiros:
- ¡Qué lindo mi amor! ¡Cómo me gusta!
Al escuchar esto dejé un rato su ano para enjabonarme yo mismo el pene, me agaché un poco para ponerme a su altura y apoyé a mi amigo en esa entrada tan estrecha pero relajada, intuí que si lo hacía bien y sin desesperarme no habría dolor, sólo placer y comencé a empujar suavemente dentro de su ano, este no ofreció mayor resistencia, pero no había puesto ni la cabeza dentro de el, sólo estaba en el trámite de provocar la dilatación, aflojaba la presión y volvía a empujar, quería que se dilatara solo, sin provocarlo con mis embates, retiré mi pene para pasar más jabón por ese agujero que se me hacía cada vez más dulce, al enjabonar presionaba más con el jabón de lo que había hecho con mi pene, pude hacer que se lubricara el interior con la misma espuma ayudado con mi dedo índice, cuando conseguí esto y Sonia no hacía más que gozar, me decidí a ir más adentro, apoyé mi pene en esa entrada divina y empujé suavemente hasta que luego de unos cuantos segundos entró toda la cabeza de mi amigo en ese túnel oscuro, no sin inconvenientes pero sin dolor, cosa que le pregunté:
- ¿Te duele? – No, siento un escalofrío que me recorre todo el cuerpo, pero no me duele.
Entonces comencé un movimiento de salir y volver a entrar pero sin pasar el límite al que ya había llegado, ella se retorcía de gozo y en una de mis entradas fue Sonia la que empujó hacia atrás provocando que mi pene penetrara completamente en su canal anal.
El grito que escapó de su boca no fue de dolor, según dijo en ese mismo instante, cuando me dijo que estaba gozando mucho, mis movimientos comenzaron de nuevo, en este momento el recorrido era más extenso, mi amigo salía y volvía a entrar, pero esta vez en toda su plenitud, de repente Sonia se convulsiona en lo que a mí me pareció el mejor orgasmo que tenía ese día, y yo seguía con mi movimiento, sin exagerar, calculo que ese orgasmo (o esos orgasmos) debió durar como medio minuto, el mismo tiempo que me llevó a mí llegar al mío para eyacular dentro de su culito precioso, no me moví más y ella se incorporó, pero ninguno de los dos hizo movimiento alguno para intentar sacar mi pene de su ano. Girando su cabeza buscó, con su boca la mía y nos besamos así hasta que mi pene perdió totalmente su erección y salió solito del lugar que lo cobijaba; hecho que aprovechó Sonia para voltearse totalmente hacia mí y continuar besándonos.
Terminamos de bañarnos y nos fuimos a la cama, con todas las intenciones de acostarnos a descansar, de repente ella me dice:
- Tengo ganas de hacer popó. ¿Quieres venir?
A lo que respondí:
- No. Ahora no, en otra oportunidad.
Me recosté y me quedé dormido antes de que Sonia volviera del baño, no me había dado cuenta pero estaba destruido, mientras dormía, en sueños recordaba la sensación que me había provocado la defloración del ano de Sonia, sentía cómo me apretaba todo el pene, cómo (gracias al jabón) entraba y salía como si fuera una vagina muy estrecha y cómo Sonia llegó a un orgasmo terrible que no me explicaba cómo tuvo fuerzas para llegar hasta la cama.
No sé cuánto tiempo estuvimos dormidos pero ya eran las diez de la noche cuando Sonia se despertó antes que yo y se propuso despertarme de la forma más agradable posible, besándome en los labios y acariciando mi pene, cuando logró despertarme yo le sonreí y me dijo que tenía hambre, fue ahí cuando miré el reloj y me percaté de la hora, según mis cálculos debemos de haber dormido alrededor de cuatro horas.
- Bueno – contesté – tú has vivido en este barrio. ¿Hay algún buen restaurante por acá? – Sí. Acá a la vuelta hay un restaurante chino.- Entonces vamos a comer.
Nos levantamos y Sonia se puso su vestido encima de su cuerpo desnudo, como no era un vestido muy sexy no se notaba que no tenía ropa interior, yo la imité y me puse los pantalones sin mis calzoncillos, y mi camisa, salimos y llegamos al restaurante, nos sentamos y un chino de alrededor de los treinta años se apresuró a recibirnos y acompañarnos a una mesa apartada, creo que algo se nos notaba en las caras. Nos indicó que la comida era autoservicio y que él nos traería las bebidas que elijamos, nos recomendó una marca de vino que yo no conocía y que quise probar, Sonia aceptó cuando le pregunté y nos alcanzó una botella de vino rosado y algo dulce, cosa que pude comprobar cuando me sirvió un poco para degustarlo y cuando le di mi aprobación nos sirvió a ambos, antes de que se retirara le pedí que me recomendara algún plato, lo que me respondió con un nombre en chino que no entendí y se debió de notar en mi rostro, porque inmediatamente el chino me dijo que era lo que estaba en la tercera bandeja de la derecha, y que a la señorita le recomendaba la de al lado.
Me levanté con los dos platos y serví exclusivamente lo que nos recomendó el chino, no mucho (por si no nos gustaba cuando lo hubiéramos probado) fui con los dos platos hacia la mesa y nos dispusimos a probarlos no sin antes proponer un brindis.
- Por la nueva Sonia – dije
A lo que Sonia respondió levantando su copa y sonrojándose de nuevo. Cuando observé lo que contenía mi plato, antes de probarlo, pude observar que era una especie de guisado con brotes de soja, algunas legumbres y carne que tenía sabor a fruto de mar, no era pescado, al menos alguno que yo conociera porque su color era amarronado similar al del pollo, pensé que sería algún marisco. Era un plato exquisito.
Nos servimos otro plato de eso mismo que nos habían recomendado y cada uno probó el del otro, el de Sonia también era riquísimo, luego nos servimos otro plato pero ya buscamos otras cosas, no comimos lo mismo, yo me serví un par de mejillones a la provenzal, un poco de calamares de similar preparación y lo acompañé con una ensalada de brote de soja, a lo que le agregué un poco de tomate y de lechuga; Sonia se sirvió una ensalada similar a la mía pero para acompañar a una porción de carne vacuna.
Realmente teníamos mucho apetito, porque ya íbamos por el tercer plato, en realidad sería el segundo porque del primero serví muy poco. Cuando pasé por al lado del mismo señor que nos atendió le pedí que nos acercara otra botella de vino, cosa que hizo al instante. Llegamos al postre y nos sirvieron, a pedido nuestro, una crema helada de chocolate para mi y otra de frutillas para Sonia.
Nos quedamos haciendo sobremesa bastante tiempo, casi una hora más luego de haber terminado nuestros platos, esto lo hicimos, más por mí que por Sonia, porque ella me había excitado con su piecito sobre mi entrepierna y yo ya no me podía parar sin que se me notara la erección, que no bajaba, puesto que yo, ahora, estaba con un pié entre sus piernas y con el dedo gordo dentro de su vagina, acariciándola a modo de masturbación.
Volvimos al hotel, cuando el conserje nos dio nuestra llave le dije que quizás nos quedaríamos un día más, agradeció mi aviso y nos fuimos a la habitación. Nos desvestimos, nos besamos, Sonia me acarició el pene y se agachó con intenciones de llevárselo a la boca, esta vez lo tomó con una mano y acarició toda la cabeza con sus labios, me miró desde abajo y me dijo que quería hacerlo, que tenía muchas ganas de hacerlo pero que no sabía cómo y no quería que no me gustara ni hacerme daño, yo le dije que comenzara que le iba a ir indicando.
Aprendió rápido, aprendió incluso, a dejar descansar a mi amigo en su garganta sin que le dieran arcadas, tanto hizo que yo ya estaba al borde del orgasmo, le avisé lo que pasaba pidiéndole que se retire, a lo que respondió con una negativa porque quería saber qué se siente y siguió con su felación hasta que acabé eyaculando en el interior de su boca, fue una eyaculación terrible, estuve más de veinte segundos mandando mi semen al interior de esa boquita que tantas veces había besado ese día, no sé dónde iba a parar, porque por los costados de sus labios no se escapaba nada, cuando terminó se levantó y me besó apasionadamente, permitiéndome sentir el sabor de mi propio semen en su boca, diciendo:
- ¡Qué feliz que soy haciéndote gozar! ¡Gracias por darme la oportunidad de sentirme tan mujer por primera vez en mi vida! – A lo que respondí con otro beso apasionado, yo no sabía qué decir, me había quedado sin palabras.
Nos acostamos y yo le pedí que nos durmiéramos, que no era bueno hacer el amor después de comer porque se corta la digestión, me miró con cara de nena caprichosa a la que la mandan a estudiar cuando quiere mirar televisión y asintió no de buena gana, ella se dio vuelta dándome la espalda, yo pensé que se habría enojado, que no había entendido mi razonamiento pero me equivoqué, Sonia pasó una mano por detrás de ella buscando mis testículos, los que acarició muy suavemente provocando una erección superior a la anterior, yo no lo podía creer, no podía creer que tuviera una erección así luego de todo lo que había pasado ese día, pero en ese momento se me cruzó por mi mente la imagen del chino que nos atendió en el restaurante, el vino, y el plato que nos había recomendado, estaba seguro de que se trataría de alguna combinación de comida y bebida con atributos afrodisíacos.
Cuando Sonia se percató de mi erección me dijo que no me preocupara, que ella iba a hacer todo para que yo no tuviera una indigestión y tomando mi pene con su mano derecha se lo fue arrimando a la entrada de su ano, se movió muy lentamente, trataba de no moverme a mí por nada del mundo, hizo un rápido movimiento de cintura hacia atrás que provocó que la cabeza de mi amigo entrara en su ano, pero a ambos nos dolió, estaba todo muy seco, se lo sacó, se puso la mano en la boca y procedió a mojar tanto su agujero como mi pene con reiteradas idas y venidas de su mano hacia su boca y vuelta a su ano o a mi pene.
Lo volvió a intentar y esta vez la penetración no tuvo ningún inconveniente, ella se movía con mi pene dentro de su rabito y yo acompañaba los movimientos, como a modo de broma me dijo con aire irónico:
- No, déjame a mí, no vaya a ser cosa que se te corte la digestión. – Yo me sentí mal por esa expresión pero ya sabía lo que era despertarse en medio de la noche con ganas de vomitar debido a hacer el amor después de cenar y no sabía cómo decírselo, estaba gozando tanto con la sodomización que ella misma había provocado que no encontraba palabras para decir nada que no fuera como “me gusta” o “cómo te quiero”.
Estuvimos así algo más de cinco minutos (creo que los siete del promedio del que hablan las estadísticas) cuando llegamos a un espectacular orgasmo los dos juntos, ya no me cabía ninguna duda, lo que el chino nos había recomendado tenía capacidades afrodisíacas, no podía ser que yo todavía estuviera eyaculando como si fuera el primer orgasmo del día. Nos quedamos dormidos en esa misma posición, yo todavía con mi pene dentro del ano de Sonia y ella abrazándome tomada de una de mis nalgas como queriendo que yo no saliera de dentro de ella.
Nos despertamos pasado el mediodía del domingo y fuimos a almorzar al mismo restaurante, no estaba el chino que nos había atendido la noche anterior, pero pedimos el mismo vino y comimos lo mismo que nos había recomendado, volvimos al hotel y tuvimos un día de sexo y lujuria como si nada hubiera ocurrido anteriormente, ya pasaron quince años de esto, tanto Sonia como yo nos recibimos de ingenieros y estamos casados, tenemos nuestra propia empresa y, de tanto en tanto, volvemos al mismo hotel y comemos en el mismo restaurante. No tuvimos hijos, pero porque la vida no nos los dio, creo que por un poco de egoísmo tampoco consultamos a un profesional para saber el motivo y hacer algún tratamiento, de ser necesario. Estamos muy bien juntos, tanto como ese primer día, ella me tiene a mí y yo la tengo a ella.
Nos amamos.
Autor: Toty
La profesora en Casablanca
Hola a todos, me llamo Luisa, soy profesora y actualmente tengo 34 años. Mi pelo es negro, largo y liso; mis ojos son verdes y mis medidas son 1’70 de altura y 94-62-95. No os voy a contar que soy una mujer espectacular tipo Pamela Anderson o Shalma Hayek, pero tengo un buen cuerpo y mis grandes ojos verdes me hacen atractiva.
Mi vida sexual entra dentro de los cauces normales, tanto ahora como en el pasado con los novios ocasionales que tuve. Pero “normalidad” no creo que se deba considerar suficiente en algo como el sexo, que debe ser extraordinario. La falta de lo “extraordinario”, de lo que te puede hacer vibrar, sentir emociones especiales, convierte la normalidad en algo monótono y aburrido, y lo peor de todo es que, como no tengo pareja estable, no llego a alcanzar el nivel de confianza suficiente con mis ocasionales parejas como para intentar algo diferente. Esto hace que tenga que suplir mis carencias en este campo con la fantasía y también en internet.
Tal vez por este mismo motivo a veces siento ese tipo de excitación que hace que deje la cortina un poco descorrida en unos probadores cuando sé que me pueden ver; o al regresar después de una noche de juerga separo las piernas en el taxi, haciéndome la borracha para que el taxista me vea las bragas. Pero no creo que sea sólo exhibicionismo, creo que es más como dejar salir al animal que llevamos dentro, que por breves momentos actuamos de una forma completamente irracional y puramente instintiva. Son breves momentos en que dejamos a un lado nuestra forma de ser habitual y dejamos aflorar nuestros instintos primarios como hembras (o machos), buscando, en definitiva, lo que nos falta: morbo.
La experiencia más fuerte que viví en ese sentido me sucedió hace tres veranos, cuando me fui de vacaciones dos semanas a Casablanca, con unos tíos míos. Ella tiene 54 años y es la típica señora entrada en kilos, muy habladora y mi tío tiene 57 años, es calvo y con una buena barriga. Son la típica pareja que había dedicado toda su vida a la educación de sus hijos y ahora que estos ya eran mayores, comenzaban a hacer turismo. Yo en ese verano acababa de romper con un novio que tenía y mi madre, como me veía sola y desanimada, y lo que es peor, sin ningún plan en perspectiva me sugirió hacer ese viaje a Marruecos con mis tíos, ya que sabía que sola no iba a ir a ningún lado. Yo, como tampoco tenía nada mejor que hacer, acepté.
Ya no iba con muy buen ánimo y las primeras impresiones tampoco contribuyeron a mejorarlo. No es que sea racista, pero la gente de allí me resultaba desagradable, más que nada supongo que por la falta de higiene y el excesivo calor, que hacía que me resultara incómodo que estuvieran cerca, por el olor que desprendían. Esta es una de las manías que tengo: estoy incómoda con la proximidad de gente que no huele bien. Así, cuando dábamos un paseo por el zoco o por cualquier otra calle concurrida, al poco tiempo ya deseaba volver al hotel. Más o menos así fueron transcurriendo todos los días hasta que surgió uno de esos momentos irracionales de los que os hablaba: un día hicimos una excursión a un pueblo cercano a Casablanca, ya que nos habían dicho en el hotel que era un pueblo muy típico marroquí (resultó ser una completa decepción).
Mientras mi tío se acercaba a un bar a buscar agua fresca, mi tía y yo curioseamos en un pequeño mercadillo que había en el pueblo (no era ni mucho menos un zoco, estaban los que atendían en los puestos y cuatro o cinco personas más, dos de nuestro mismo hotel y los puestos eran sólo cinco). En el único que vendían telas y prendas de vestir había una prenda que me llamó la atención ya que era muy bonita, pero no le vi ninguna forma conocida. Se lo comenté a mi tía y esta se acercó al vendedor para preguntarle qué clase de prenda era y como se utilizaba. Estuvieron discutiendo un rato, básicamente por señas y sin entenderse mucho por lo que podía ver.
El vendedor, que era un señor que tendría entre 55 y 65 años, sucio y con mal olor, delgado, de mi estatura y con una barba pequeña y mal cuidada, después de discutir un rato con mi tía y cuando ella me señaló un par de veces indicando que era para mí, se acercó y trató de indicarme cómo se ponía, con gestos y señas, pero yo no acababa de entenderlo y además me estaba empezando resultar repulsivo tenerlo tan cerca. Como no me veía precisamente decidida a comprarle la prenda, me indicó que lo siguiera a lo que debía de ser su casa y que estaba situada justo detrás del puesto, haciéndome señas de que lo podría probar. Yo me mostraba indecisa, pero mi tía lo solucionó con un ¡anda vete, no seas tonta!
Descorrió la cortina que hacía de puerta, me puso la prenda en las manos, me invitó a pasar y cerró mientras mi tía y él esperaban fuera, hablando de nuevo sin entenderse. La prenda por lo poco que pude entender de sus explicaciones, se enrollaba en el cuerpo, y los dos extremos se sacaban hacia delante por encima de los hombros, así que me saqué la blusa y lo enrollé como pude. Era bastante largo y, como tenía una blusa sin mangas, estaba más tapada que con la blusa, así que descorrí la cortina para mostrar el resultado. El resultado no debió ser muy bueno porque el vendedor puso un gesto de desaprobación y decía que no con la cabeza. Mi tía lo volvió a solucionar: ¡deja que te lo ponga él! Dijo mientras le hacía gestos al vendedor para que pasara. Ella debía pensar que se ponía como un chal, por los hombros y que yo tenía la blusa puesta, además en ese momento apareció mi tío y empezó a discutir con él, como solían hacer muy a menudo por cualquier tontería, dejándonos al vendedor y a mí un poco de lado.
El vendedor pasó y, rápidamente, comenzó a retirarme la prenda, diciendo que no con la cabeza y sin mudar su gesto de desaprobación. Sucedió tan rápido que no me dio tiempo a reaccionar. Su gesto y su actitud cambió completamente cuando descubrió que estaba en sujetador: se calló automáticamente, se quedó quieto y su rostro pasó de la sorpresa inicial al deseo (si hubiera sabido que no tenía la blusa puesta creo que no se hubiera atrevido a quitarme la prenda), mientras clavaba su mirada en mis pechos. Yo, por mi educación y mi timidez, suelo ser bastante recatada, hasta tal punto que me puede resultar incómodo estar en sujetador, incluso delante de mi madre. Así que en aquellos momentos sentí una enorme vergüenza, y cuando ya iba a echar la mano a mi blusa para ponérmela y salir de allí, algo me detuvo, sucedió uno de esos momentos irracionales de los que os hablaba al principio. No sé, no puedo explicarlo, supongo que estar semidesnuda delante de aquel marroquí, activó la parte instintiva de hembra que hay en mí, como si lo morboso de la situación me hiciera aflorar ciertos sentimientos, por lo general ocultos. Lo único que sé a ciencia cierta es que alcé los brazos en cruz, y me quedé quieta.
Se acercó por detrás de mí y sin decir nada me desabrochó el sujetador (era de estos sin tirantes, muy fino, para que no me diera calor, pero que sujetan poco: yo de hecho me lo ponía para que no se me transparentaran mucho los pezones en la blusa, ya que los tengo bastante grandes), y lo colgó junto a la blusa, cogió la prenda y vino por delante, se paró unos instantes, como pensando cómo colocármela, pero mirándome descaradamente los pechos. Yo en esos momentos me empecé a sentir muy excitada, hasta tal punto que me pareció que todo daba vueltas y la discusión de mis tíos fuera me sonaba como muy lejana. Lo cruzó y lo colocó sobre mis pechos, rozándomelos lateralmente, después le dio un par de vueltas sobre mi barriga, de forma bastante ajustada, se situó detrás de mí y pasó cada punta por debajo de la tela en la espalda, de abajo hacia arriba, de tal forma que al hacerlo apoyó las manos en la parte alta de las nalgas, después lo sacó por encima de los hombros (algo de su explicación había entendido), volvió a colocarse delante, cogió una de las puntas y empezó a introducirla sobre la tela que estaba sobre los pechos. Al meterla por arriba rozó mi pezón con la punta de sus dedos y debió de notar su dureza.
En vista de mi pasividad, volvió a meter la mano por debajo de la tela, pero en vez de agarrar el extremo, agarró el pezón y le dio un pequeño pellizco con dos dedos, mientras me soltaba una sonrisa lasciva. Cuando le tocaba al otro pecho, ya al introducir la tela por arriba me agarró el pezón entre los dedos y empezó a pellizcarlo con suavidad. La humedad ya había empezado a aflorar en mi braguita cuando empecé a sentir vergüenza, desembocó en esos momentos en un orgasmo. Tras este primer orgasmo, y aunque todavía me sentía muy excitada, reaccioné por unos instantes, empecé a decir que no y a intentar retirar su mano, empujándolo. A pesar de lo excitado que estaba la retiró y se alejó un metro de mí, supongo que por miedo a que pudiera gritar. Acabé de pasar yo el extremo de la tela por el pecho y él acabó de colocármelo introduciendo los extremos por debajo de la parte que tenía enroscada en el estómago. Mientras me miraba al espejo lo vi detrás de mí, con cara suplicante.
No sé si suplicaba que no dijera nada o que le dejara seguir, lo cierto es que, en parte me dio pena y en parte todavía me sentía excitada, por lo que cogí sus manos y volví a colocarlas en mis pechos, dándole a entender claramente que no iba a dejar pasarle de ahí, estuvo amasándolos y pellizcándome los pezones un buen rato sobre la prenda que me había colocado, hasta que me pareció que la discusión de mis tíos amainaba. En esos momentos le dije que basta y comenzó a retirarme la tela. Cuando ya me iba a poner el sujetador se acercó de nuevo suplicante, acercándome la boca a los pechos. Asentí con la cabeza y le dio un suave beso con los labios a cada pezón, succionando levemente (me pareció hasta tierno y sensual). Ya había terminado de vestirme y caminaba hacia la puerta cuando sentí sus manos masajeando mis nalgas hasta introducirlas en mi entrepierna, por encima de la falda, dejé incluso que apretara brevemente mi coño antes de terminar de salir por la puerta. Esa fue su última caricia.
Ya fuera le pagué la prenda y mi tía pareció sorprenderse incluso de que hubiera acabado tan pronto de probármela. Esa noche, en cama, no podía quitarme de la cabeza la cara de excitación del marroquí mientras me miraba fijamente los pechos y, a pesar de que ya me había masturbado al ducharme, volvía a sentirme tremendamente excitada. No tuve que estimular mucho mi sensible clítoris: me bastó con recordar el escalofrío que sentí cuando me agarró el pezón con sus dedos para volver a tener un tremendo orgasmo. Mis tíos al día siguiente se sorprendieron mucho cuando les dije que después de desayunar me iba a dar un baño con ellos en la piscina del hotel, ya que los días anteriores siempre les había puesto excusas (la verdad es que me daba reparo ponerme en bañador en la piscina delante de los empleados marroquíes del hotel que atendían las mesas de la terraza). Les dije que ese día sentía mucho calor.
En la piscina eché de menos no haber traído alguno de mis bikinis y sí un bañador que utilizaba para hacer natación los inviernos (es el ejercicio que hago para mantener el tipo, lo recomiendo, es muy bueno), y que había metido en la maleta sin mucho convencimiento de utilizarlo. Le pedí a mi tía que me pusiera protector solar en la espalda y, mientras lo hacía, me sorprendí a mí misma mirando de forma insinuante al camarero de la barra y comencé a imaginarme que no era mi tía sino él quien me estaba masajeando la espalda, y además, estaba desnuda. ¡Dios! ¡No podía ser! ¡Lo que eran instantes instintivos se habían convertido en algo recurrente que no me podía quitar de la cabeza! ¡Yo, la reflexiva y conservadora, me sentía como una perra en celo! Tuve que levantarme precipitadamente y darme un baño para que mi tía no notara que iba a tener un nuevo orgasmo. Si mi comportamiento por la mañana les había parecido sorprendente, después de comer debieron pensar que me habían abducido, ya que fui yo misma la que les propuse ir al zoco, algo a lo que me había negado desde el segundo día, cuando nos acercamos, vi la gente que había y el mal olor que se notaba. Menos mal que la buena de mi tía exclamó:
- ¡Ay hija, por fin te empiezas a animar un poco! – justo cuando mi tío parecía que iba a pedir alguna explicación.
El zoco estaba lleno de gente, pero mis sensaciones habían cambiado completamente: ya no me molestaba el fuerte olor a humanidad que se respiraba y tampoco rehuía el contacto con la gente. Caminaba detrás de mis tíos sintiéndome cada vez más excitada con los roces inocentes y no tan inocentes que empezaba a sentir por todo mi cuerpo. En un momento que me paré en un puesto de recuerdos para turistas, pude notar claramente, a través de la tela de mi fino vestido de verano, una mano posada sobre una de mis nalgas. En vista de que ni siquiera me giraba y permanecía estática, comenzó a juguetear con el elástico de mi braguita. Introdujo dos dedos entre la nalga y el elástico, sobre el vestido y comenzó a descender lentamente.
Cuando estaba muy cerca de su objetivo, que no era otro que mi ya empapada almejita, mi tía me llamó, así que reaccioné y la mano se retiró. Volvía a sentirme muy excitada y volvieron a mi mente todas las sensaciones del día anterior, cuando aquel maloliente marroquí jugueteaba con mis sensibles pezones. Así, cuando mis tíos dijeron que iban a entrar en una cafetería para refrescarse, les dije que había visto algo en un escaparate que me gustaba, que fueran entrando. No sé si se creyeron o no mi excusa, ya que no les di opción a réplica y volví a sumergirme en el zoco, que para mí era en esos momentos como un lugar mágico en el que podía disfrutar de miles de sensaciones diferentes, todas ellas muy placenteras.
Empezaba a sentirme flotando, como mareada (supongo que, en parte, también sería por el calor y el fuerte olor existente), me daba la impresión de que era yo misma la que buscaba ahora los roces, para producirme placer. Vagué un rato sin rumbo hasta que acabé en una callejuela estrecha, sin salida, que estaba desierta. No sé cómo había ido a parar a aquel callejón, pero era evidente que estaba ya fuera del zoco y perdida.
Cuando iba a dar la vuelta para intentar regresar al zoco y localizar a mis tíos, me di cuenta de que al fondo del callejón había un marroquí sentado en los peldaños de entrada de una casa. Vestía una túnica que le llegaba hasta los tobillos y era casi un anciano. Pero lo que me llamó la atención de él fue su cara: se parecía mucho al vendedor del día anterior: tenía la misma barba descuidada y sobre todo los mismos ojos oscuros, mirándome de forma lujuriosa. Lo que estaba provocando su mirada era que, en mi “paseo” por el zoco, uno de los tirantes de mi vestido estaba descolgado hasta el codo y se me notaba claramente el pezón hinchado por la excitación a través de la fina tela del sujetador de verano que llevaba puesto, pero yo estaba tan absorta que, en esos momentos, no me di cuenta, simplemente me aproximé a él sin decir nada, sólo pensando en algo que preguntarle y que no pareciera demasiado estúpido.
El, naturalmente, notó mi grado de excitación y, sin decir nada, se levantó y comenzó a acariciarme con una mano la teta descubierta, mientras que con la otra bajaba el otro tirante. Sus caricias y los pellizcos que me daba en mis sensibles pezones provocaron mi primer orgasmo. Ya se había deshecho del sujetador y ahora se dedicaba a chuparme los pechos con glotonería, pasando rápidamente de uno a otro y regalándome de vez en cuando suaves mordisquitos en los pezones, para, seguidamente, lamer con avidez la aureola. Sus manos mientras tanto, habían levantado el vestido y estrujaban con rudeza mis nalgas por dentro de mis braguitas, mientras un dedo pugnaba por entrar en mi estrecha cavidad posterior.
En esos momentos abandoné mi pasividad y mis manos se dirigieron como autómatas a su abultada entrepierna para seguidamente, comenzar levantar su túnica. El se percató de mis intenciones: se la acabó de remangar y volvió a sentarse en los peldaños, separando las piernas. Yo me agaché y empecé a pasar mi lengua por aquél mástil, que se erguía insolente delante mí, dentro de un sucio taparrabos y cuya punta comenzaba a asomar, por arriba, de su prisión. El olor que desprendía era insoportable y, en cualquier otra circunstancia, me hubiera provocado arcadas, pero yo me encontraba demasiado excitada como para no encontrarlo apetitoso. Liberé tan preciado tesoro de las ataduras que lo aprisionaban y comencé a saborearlo con deleite: mi lengua parecía haber cobrado vida propia y comenzó a recorrerlo lentamente desde la base hasta el glande, como deleitándose en el sabor del más exquisito helado que había probado.
En esos momentos noté como otras manos comenzaban a bajar mis braguitas para, seguidamente, comenzar a introducir los dedos en mis dos agujeritos, centrándose especialmente en pellizcar mi sensible clítoris. Se cansó muy pronto de jugar con los dedos porque de pronto noté que otro pene comenzaba a penetrarme lentamente por mi almejita, como recreándose en el proceso de entrada. Pero a mí no me importaba, en esos momentos mi mundo era aquél duro y caliente helado que estaba saboreando con deleite y que vibraba ante las caricias de mi lengua. Cuando me cansé de recorrerlo todo entero de arriba abajo con mi lengua, introduje el glande en mi boca y le pegué un pequeño mordisco.
El pobre marroquí ya no pudo aguantar más y comenzó a descargar semen en mi boca, que yo tragaba con avidez, como hace un sediento en el desierto cuando encuentra una cantimplora llena de agua fresca. Solo fue un momento más tarde cuando aquel otro pene que había comenzado a penetrarme empezó a eyacular dentro de mí, coincidiendo con el orgasmo más brutal que he tenido en mi vida, que era como la culminación de los que tuve desde las caricias iniciales en mis pezones de este anciano marroquí, que me recordaba al vendedor del día anterior. Al pasar un rato tumbada en el suelo, recobrándome, empecé a tomar conciencia de la realidad y me fijé por primera vez en el individúo que, aprovechando mi calentura, me había penetrado: ¡Era mi tío!
Cuando le pareció que tardaba, salió a buscarme, pensando que me había perdido y, cuando me encontró, decidió aprovechar la situación. Ni él ni yo dijimos nada, yo recompuse como pude mis vestimentas y regresamos los dos a buscar a mi tía, en silencio y sin mirarnos. Después de esto, yo recuperé mi normalidad, regresamos y ni él ni yo comentamos nunca nada de lo que había sucedido en aquella callejuela de Casablanca, ni tampoco volvimos a tener contacto sexual de ningún tipo. Esta es la experiencia más fuerte de este tipo que he tenido. Supongo que verme en sujetador delante del vendedor hizo que se sintiera tan caliente que provocó todo lo demás.
Este es mi primer relato, basado en una experiencia personal. Me encantaría que me escribierais comentéis que os ha parecido o cualquier otra cosa que os apetezca. Lo que cuento de mí, mi descripción, ocupación y forma ser también se corresponde con la realidad, para que os hagáis una idea de cómo soy.
Empezo como un juego
Sentía que tenía el control, sentía un poder, que nunca antes había sentido, una de sus manos fue directo a su vagina, y comenzó a masturbarse con frenética intensidad, sentía sus fluidos deslizarse por los dedos, mientras, con la otra mano ella tomó sus testículos y los masajeó con ternura con la palma de su mano, mientras con el dedo medio le rozó con áspera ternura el culo a Adrián.
Restregaba sus tetas ya sin pudor alguno por sobre la blusa azul, su verga como una estaca se erguía hacia un costado prisionera del pantalón, la rozaba una y otra vez en un vaivén que cada vez se aceleraba más, como si la penetrara con la ropa puesta. Ella sentía ese trozo de carne caliente recorrerle el culo y acompañaba cada uno de los movimientos.
- Largá, que nos va a ver mi marido decía entre sollozos con la voz entrecortada casi inaudible, sin estar realmente convencida de querer detenerlo. – Mirá, mirá como me dejaste la verga – le susurró en la nuca, hundiendo su nariz en su espesa cabellera, que tanto lo calentaba. – puta… mira como me tenés…- susurro nuevamente, con un siseo pervertido que se transformó en un escalofrío que recorrió toda su espalda…
Sin tapujos tomó su mano por la muñeca y la condujo a su entrepierna, sin darse la vuelta, Marta se llenó la palma con el trozo de Adrián, y ahora lo masturbaba por sobre el pantalón de un costado a otro, percibiendo palmo a palmo la textura del jeans. Presionaba la mano con toda su fuerza, como queriéndole infligir algún daño por el estado en el que ella se encontraba. Lo que había empezado como un juego hacía un par de horas, se le estaba yendo de las manos. El sentirlo en esa actitud arrogante y descarada le provocaba una mezcla de temor y excitación, que sumado al morbo de estar separada de su marido por tan sólo un pasillo de escasos 6 metros la hacían calentarse a temperaturas nunca antes sentidas, si hasta había olvidado que Cecilia la esposa de Adrián también estaba en el comedor.
-¡Apúrense… que se están perdiendo la mejor parte! Gritó Gabriel desde el comedor, ignorando que la mejor escena la estaban montando su hermano Adrián y su mujer en la cocina de su propia casa.
Ella se dio vuelta, su cara estaba desencajada, su cabello algo revuelto, ya no recordaba que le había llevado casi una hora peinarlo, agitada, y sin palabras tomó a Adrián de la camisa, con ambas manos, arrugándola, apretando fuerte los dedos, trayéndolo hacia ella, sus ojos se habían clavado como puñales en los de él, lentamente acercó sus labios a los de Adrián, que se dejaba hacer, sus labios quedaron a escasos milímetros, y ella rozaba suavemente los de él, respiraba de su aliento de macho en celo, una y otra vez llenaba sus agitados pulmones con el aire espeso y caliente que emanaba de esa boquita que la traía alzada desde hacía ya dos años.
Una voz, muy pequeña, casi ahogada, en algún recóndito rincón de su mente le decía que no, que había tiempo para detener esa locura… que aún no estaba todo perdido… pensá en Gabriel… decía… ellos son hermanos… no le podes hacer esto… sus manos ya habían liberado la ahora, arrugada camisa, y se deslizaban como serpientes hacia el rostro de Adrián, quien la abrazaba fuerte por la cintura, que rico era respirar su aliento… y de improviso, como una lanza certera y venenosa lanzó su lengua como una adolescente excitada en la boca de un Adrián que supo responder, tap, toc, tac… el ruido los paralizó a los dos, tap, tap, toc… ambos a la vez giraron sus cabezas hacia la cacerola, y se dieron cuenta que las palomitas empezaban a cocinarse toc, tac, por un segundo sus corazones se detuvieron, por un segundo se detuvo el tiempo, pero sólo un segundo, ahora volvían a su ajetreo, ya sin restricciones, poco parecía importar todo, muac, suac, los chasquidos de sus lenguas ahora desmesurados los llevaban lentamente hacia un descontrol sexual insoportable, sus genitales les quemaban, y las palomitas de maíz eran el cómplice perfecto para esconder en su alboroto los inevitables sonidos de la cópula…
Adrián no aguantó más, el pene le iba a estallar, y mientras refregaba su boca en la de ella, desabrochó su cremallera y liberó al ávido hombrecillo escondido en su bóxer. Ella lo notó, todo iba muy rápido, y ese fuego entre sus piernas había hecho desvanecer a aquella esposa sumisa que había sido durante todos estos años, su vagina ardía deseosa de una buena verga, y sus bragas vergonzosamente empapadas ya no contenían sus fluidos y un par de hilitos de néctar recorrían ahora sus piernas hacia el piso, lo que la hacía flotar de gozo. Sus manos soltaron la despeinada cabellera de Adrián y se dirigieron descaradamente a su miembro, se detuvieron por un instante, ella tomó algo de distancia para ver aquel miembro carnoso y no daba crédito a semejante monumento, no era de gran porte, pero por alguna extraña razón le parecía un pene maravilloso, la textura, la consistencia, chorreaba un líquido caliente y transparente, y aunque en más de una ocasión su esposo le pidió que se lo mamara, esta fue la primera vez que sintió el irresistible impulso de abalanzarse sobre él, tenía que comerlo…
Era necesario sentir su sabor, su olor de cerca… y era delicioso, lo introdujo de un sólo movimiento en su boca y ahora lo recorría suavemente con su lengua, delicioso… de haberlo sabido antes… pensaba Adrián ya no aguantaba más, jadeaba como un animal… apenas tenía fuerzas para mantenerse de pie, tuvo que apoyar una de sus manos en la pared para no caer, la otra ahora acariciaba tiernamente la nuca de su cuñadita quien le proporcionaba la mejor mamada de toda su vida… el verla arrodillada frente a él le provocaba un morbo insoportable, la verga le iba a estallar, en cualquier momento…
Ella seguía saboreando esa verga que parecía haber sido hecha para ella, era deliciosa, y ahora había empezado el meneo característico hacia adelante y hacia atrás, masturbándolo suavemente con sus labios, rozando su sensible piel con los dientes, muy suavemente, las contracciones de su amante le indicaban que hacía lo correcto, deseaba con todas sus fuerzas que él se corriera en su boca, era algo que le había causado asco toda su vida, pero ahora sentía la imperiosa necesidad de sentir ese líquido espeso y caliente en su boca, quería tragar su semen ya… No aguantaba más, estaba a punto de estallar, una parte de él quería advertirle que iba a correrse, muchas mujeres odian que se corran en su boca, pero por otro lado sentía un odio sexual hacia ella tal, que quería correrse en su boca y vaciar hasta la última gota de semen en su dulce boquita…
Ella parecía advertirlo y mientras se engullía su verga hasta el fondo otra vez, levantó un poco su cabeza para verlo directo a los ojos, sentía que tenía el control, sentía un poder, que nunca antes había sentido, una de sus manos fue directo a su vagina, y comenzó a masturbarse con frenética intensidad, sentía sus fluidos deslizarse por los dedos, mientras, con la otra mano ella tomó sus testículos y los masajeó con ternura con la palma de su mano, mientras con el dedo medio le rozó con áspera ternura el culo a Adrián. Este último movimiento no estaba en los planes de Adrián quien estaba convencido de aguantar unos segundos más, y explotó en un orgasmo descomunal, hizo un gesto de dolor, y mostró sus dientes con ira, pero sin dejar de mirarla a los ojos, su semen fluía con violencia, sentía como sus testículos se exprimían con dolor, como el semen corría en torrentes espesos y dolorosos atravesándole la verga.
Ella sintió el primer chorro de semen chocar y desparramarse con furia contra el fondo de su paladar, instintivamente enterró ahora su dedo medio por el ano de su amante, quien ahogó un grito de placer incontenible, ploc, ploc, el semen seguía fluyendo, y fue allí, con el tercer chorro donde ella explotó en un orgasmo satánico, que estalló en su vagina y como un rayo se trasladó por su espalda hacia todo el cuerpo, perdió el conocimiento por unos instantes mientras como una canilla inagotable, fluía de aquel pene maravilloso ahora por fuera de su boca, incontenible, los chorros algo más debilitados que embadurnaban su rostro, su cabello, el semen se le escapaba ahora por ambas comisuras de los labios, y recorrían lentamente su cuello, manchando su blusa nueva, su falda, el suelo, el semen se escapaba, y lo disfrutaba con golfa pasión, ese sabor nuevo, caliente, espeso, hediondo, salado, delicioso.
Los últimos chorros de semen seguían escapando de aquel pene ya rendido, que empezaba a perder consistencia. Ella se incorporó, y sin darle tiempo a Adrián le partió la boca con un beso francés digno de la mejor película porno, al principio sintió rechazo, pero terminó gustándole, sentir el sabor de su propio semen, en la boca de la perra que le había hecho tocar el cielo. Qué bien besa esta puta, pensaba mientras le masajeaba el culo con ambas manos sin pudor, el olor de las palomitas quemadas, se expandía por toda la casa.
Que pasa que no vien… Gabriel quedó paralizado al ver semejante escena, su hermano y su esposa chuponeando frente a él… Puedo explicarlo dijo Marta mientras unos hilos de semen se separaban lentamente de su boca y la de Adrián, puedo explicarlo gritó. Marta, Marta… Marta… Marta… despertate… es una pesadilla, dijo Gabriel algo dormido todavía, el techo de la habitación giraba y Marta no había terminado de entender que era todo un sueño, mientras repetía puedo explicarlo, puedo explicarlo…
Era un sueño, un “hermoso” sueño, pensaba Marta, empapada hasta las rodillas, hay amor que sueño horrible tuve, no sabes…
Autor: Emetescucha
La tia Betty
-”Ay, Beto ya besa como hombre!”, dijo la mujer luego de que el sobrino la saludara de beso, “cállate mujer no digas tonterías”, le contestó la madre de Alberto mientras el joven se alejaba hasta perderse entre la gente que asistía a la fiesta. Tal vez aquella fue la primera señal de que por fin le llegaría la hora a la solterona de la familia.
Más tarde sentada junto al sobrino, Betty sintió que bajo la mesa una pierna se juntaba a la suya, era Beto, ella no hizo caso, pero el contacto se hizo más insistente hasta el punto de que a la tía se le atragantara el mole con pollo, pero la mujer aguantó vara pese al nerviosismo que le invadía, de reojo miró a Beto que fingiendo demencia daba cuenta de su plato, pero la pierna seguía ahí, pegada a la de la mujer. Temblorosa siguió el juego tratando de olvidar de que quien la tocaba era nada más ni nada menos que su sobrino.
Cuando llegaron los postres a la tía se le atragantó un pedazo de queso con higo en almíbar, en ese momento ya no era la rodilla de Beto la que se restregaba contra su gorda pierna, ahora era la mano del chico la que la agarraba, sin soltarla. Bien pudo la tía voltear y darle un bofetón, pero entre nerviosa y excitada la mujer siguió en su tolerante papel. Trató de seguir la plática de los demás pero disimuladamente bajó la mano hasta agarrar con fuerza la del sobrino, todo ello sin voltear a verlo.
Lo que no calculó Betty fue que su mano fue llevada, contra su voluntad, hacia la entrepierna y entonces tocó la mujer lo que nunca antes había llegado a conocer a sus 43 años, el brinco que le provocó aquello fue percibido por toda la mesa, “¿qué tienes, qué te pasa?”, “oye Betty ya no comas tanto pastel”, fueron algunas frases que escuchó a lo lejos la mujer.
Tratando a toda costa de mantener la cordura como pudo contestó a las interrogantes mientras a su lado Beto, luego de hacer que le agarrara la erecta verga, había deslizado su mano bajo su vestido, “esto ya es intolerable!” pensó la vieja a la vez que cerraba con fuerza sus piernas como para evitar que Beto llevara más lejos sus manoseos, eso sí no soltó el duro pedazo que escondía el pantalón del sobrino, de esa forma pudo constatar que aquello que apretaba su mano derecha efectivamente era ya el erecto miembro de un hombre. Todo iba bien hasta que alguien la sacó a bailar y tuvo que abandonar aquello que le estaba despertando sensaciones ya olvidadas.
Cuando terminó la pieza y regresó a sentarse a la mesa encontró a Beto sentado en una silla frente a ella y la sorprendió la extraña miraba, era como si le reprochara haberlo dejado solo, como un reclamo y a la vez como una petición, Betty no hizo caso y volteó sus ojos a otro lado, pero cuando volvió a mirar ya no lo encontró, “¿dónde se habrá metido?”, pensó de pronto, “¿estará bajo la mesa?”, se dijo y tratando de pasar desapercibida miró bajo el mantel y lo encontró ahí escondido, al momento todo su ser fue presa de sentimientos encontrados, era como excitación y temor a la vez, era como pena y nerviosismo, “¿quieres ver?, muchacho fisgón!”, pensó y antes de que se diera cuenta ya había abierto sus piernas a la vez que arrimaba su cuerpo al filo de la silla.
Miró a los lados como para percatarse de que nadie la veía y se despatarró por completo, “ahorita vas a ver, el susto que te vas a llevar!”, pensó Betty cuando con una mano separó el elástico de su pantaleta, y se mantuvo así expuesta, imaginando la cara de sorpresa de su sobrino al descubrir la tremenda vagina, gorda, de crecidos labios rodeados de negros vellos largos, momentos después cerró las piernas y levantándose rápidamente se refugió en la cocina, donde providencialmente encontró su hermana.
En ese lugar, todavía nerviosa escuchó a su hermana: “oye Bety, ¿por qué no te quedas a dormir aquí?, ya es un poco tarde, mejor quédate, además mañana es domingo y no vas al trabajo”, “ay no sé, ¿además dónde me duermo?”, dijo Bety, “puedes quedarte en el cuarto de Beto, que él se duerma en un sillón de la sala, o en la misma cama, anda mujer, tenía mucho tiempo que no nos visitabas y tengo ganas de platicar contigo mañana cuando vayamos a desayunar por ahí”, ella no supo que contestar pues miles de pensamientos se posesionaron de su mente: “y si…, Beto intenta algo más…, y si…”, pero no pudo completar los pensamientos que temía y deseaba.
Tratando de alejar sus malos pensamientos se integró al barullo de la fiesta, pero se sintió aturdida y confusa, se acercó a su hermana y le dijo aceptar su proposición de quedarse en su casa, buscó con ansia el cuarto asignado, cerró la puerta y rauda se despojó de su ropa antes de meterse bajo las sábanas acostándose de lado en el lecho. El pensamiento no la deja dormir, teme y desea que el sobrino se meta en la cama con ella. No sabe cuánto tiempo ha pasado, pero con la cara escondida en la almohada escuchó la puerta abrirse, alguien ha entrado, pero no se atreve a mirar. Escucha que ese alguien se quita la ropa y se sienta en la orilla de la cama y con suavidad se mete bajo las sábanas, si, es él, lo presiente, contiene el aliento cuando siente la nerviosa mano de él recorrer la carne de sus nalgas por encima de su pantaleta, por momentos que le parecieron eternos de deja manosear, siente que aquella ansiosa mano palpa a plenitud los mofletes de sus nalgas, quiere hablar, decirle que la deje en paz, que es su tía y esa es una falta de respeto, pero las palabras no salen de sus labios. Sintió que con premura el chico le ha bajado el calzón, ella lo deja hacer y hasta alza un poco el cuerpo para que la prenda se deslice un poco más abajo, hasta sus tobillos.
Con el aliento contenido siente pegado al suyo otro cuerpo, también desnudo, y algo duro, como un palo le pica entre las nalgas, mientras unos brazos amorosos rodean su pecho hasta posesionarse de sus tetas gordas. Sin quererlo dobla un poco la cintura parando así su culo, es el momento en que aquella dura carne se desliza entre los cachetes de sus nalgas hasta llegar a la raja, que mojada y caliente se abre para dejar que el palo quede atrapado entre los labios carnosos.
Se quedaron quietos unos momentos, eternos para Bety, que temblorosa no hace otra cosa que quedarse quieta y morderse los labios, deja que las ansiosas manos estrujen sus senos, que los palpen y aprieten los duros pezones y cuando siente que su sobrino se mueve tras ella, se atreve a pensar “no por favor, no lo hagas, no lo metas, no quiero, no me cojas, no, quítate por favor”, pero el pensamiento no se transforma en palabras, por el contrario el ir y venir de la verga erecta le arranca un apagado murmullo, varias veces el miembro se desliza entre los carnosos labios de la pucha, despertando en la mujer sensaciones desconocidas pero exquisitas, lo deja seguir con la inútil esperanza de que hasta ahí queden los atrevidos avances del joven.
Pero se equivoca, el sobrino se ha quedado quieto, con la verga en la entrada de la gruta, siente que la dura punta busca y se afianza en la abertura apenas abierta de la vagina, Betty aprieta más los labios y una de sus manos trata de separar los cuerpos, pero no puede, él la tiene a su merced, “no, no la metas por lo que más quieras”, le dice, y en ese momento siente que esa cosa dura la penetra, entra apenas en la ciudadela de la pucha, el hoyo se abre y lo deja pasar, la excitación y los abundantes jugos han facilitado la penetración, apenas sintió Betty un pequeño dolor, imperceptible, que se troca en placer, el glande avanza lentamente hasta entrar en el canal vaginal, él se detiene y una de sus manos se agarra de su cadera, inicia el trajinar, lentamente la mujer siente como el miembro va y viene, metiéndose y saliendo, hasta la mitad, hasta ahí donde una pared de carne le impide seguir, es el viejo himen de Bety, su última barrera, pero ella está ya en otro mundo, pues en ese momento todo su cuerpo es presa de oleadas de placer, de un placer intenso, salvaje y desconocido, que la hace ir al encuentro de su sobrino que sigue penetrándola, ahora con mayor vigor, con fuerza hasta que en la cresta del placer siente Betty que los cuerpos entrechocan, Beto la ha penetrado totalmente!, Betty ha perdido su virginidad, pero para la mujer ya nada importa se abandona al placer que de nueva cuenta se posesiona de todo su ser.
El entrechocar de los cuerpos sigue, se prolonga, dos o tres veces la mujer es presa de violentos orgasmos hasta que de pronto él se queda quieto, dentro de su sexo siente el miembro que palpita, “se va a venir!”, se dice la tía y justo cuando el primer chorro escapa del tronco, ella recula para sacarse la verga que ahora escupe su ofrenda entre los abiertos labios de la pucha, ahí lo deja, sintiendo riquísimo con las pulsaciones y chorros de semen, un inesperado acto de ternura le llega y entrelaza sus piernas con las de su sobrino, quien ahora amoroso la estrecha más a su cuerpo, ella suspira y se queda dormida.
No sabe Betty cuanto ha dormido, un pesado sopor la despierta y con terror se percata que él continúa junto a ella, a sus espaldas, pegado a su cuerpo, con la polla dura de nuevo, intenta levantarse, pero los brazos de Beto se lo impiden, “no, ya no por favor”, se dice. Pero de nuevo siente la verga deslizarse sobre la pucha, que de nuevo se moja y se calienta, el tronco va y viene, pero no penetra, sólo se impregna de los jugos de penetrante olor. La tía siente que el chico se detiene y saca con la mano el miembro atrapado en la gruta, se dirige a otro sitio, busca, encuentra otra entrada, “será capaz?” se dice Bety, pero se mantiene quieta, más aún coopera, para la grupa y siente el duro glande presionando el apretado ano, la presión del palo se incrementa, ella se pone flojita, él insiste, ella siente dolor y un momento después arranca en Betty un doloroso “ay!”, pero ya está, la verga ha entrado en el culo, cuyos pliegues renuentes se aferran al tronco, lo rodean dolorosamente. Ambos se quedan quietos, ella sintiendo que su culo arde de dolor, él disfrutando la intensa presión del culo sobre la cabeza de la verga, luego Betty siente como aquel fierro la penetra con tal lentitud que percibe cómo milímetro a milímetro todo el tronco queda sepultado en su intestino.
La tía ya está empalada, los cuerpos pegados y ella con esa dura carne dentro de ella, no hace nada, sólo dejarse hacer, el dolor ha amainado, pero está ahí, punzante a pesar de que su culo ha dado de sí. El sobrino se mueve, lentamente y ella siente como al salirse parece llevarse su carne, parece que sus tripas se van junto con el miembro que la abandona, pero no sale, apenas la cabeza llega a la entrada cuando vuelve a arremeter, así una y otra vez, hasta que Betty siente como el placer, un placer diferente la llena toda, suspira, gime, “hummjjjumm, ohhhh, huuumm”.
El trajín se torna violento y rápido, el culo de la tía es ahora un agujero sumamente abierto, pues la verga del sobrino entra y sale con facilidad, no sabe porque, pero la mujer siente que se viene, parece que con cada arremetida le arranca un orgasmo, siente en sus nalgas el vientre de Beto chocar y su intestino llenarse de nuevo de dura carne, la mujer desfallece una y otra vez, y cuando su cuerpo todavía siente placer dentro de su culo la polla se estremece y estalla, chorros y chorros de leche inundan su intestino, Betty es presa de un nuevo orgasmo y como la vez anterior pega su cuerpo al de su sobrino atenazando sus piernas a las de él. Vuelve a quedarse dormida.
Amaneció hacía horas, Betty ni siquiera sintió cuando entró su hermana para despertarla, el pesado sueño se negaba a abandonarla, “ya mujer, despierta, es casi medio día, Bety!, despierta”, soñolienta abre los ojos.
-”Oye Betty has dormido mucho, ¿te sientes mal?” -”No, no es nada”. -”Pues ya levántate, ¡ya estamos listos para ir a almorzar a un restaurante, apúrate mujer!”.
Ya sola Betty deja la cama y de repente siente que las piernas se le doblan, todo le duele, las tetas, las nalgas, la concha y sobre todo la cola, ardientes punzadas la atacan con cada movimiento. Bajo la regadera rememora lo ocurrido. ¡Beto me cogió!, se dice, ¡estuvo cogiendo con su sobrino!, se asusta, ¿cómo había sido posible?, ¿cómo fue capaz de dejarlo? Y mientras el agua baña su cuerpo una sonrisa lujuriosa se pinta en sus labios, “pero…, fue exquisito”, suspira.
Durante el almuerzo, buscó varias veces sin querer la vista del sobrino, cuando la encontró sintió que toda ella se ponía roja, avergonzada. Pero él como si nada, fingiendo.
Ya a la hora de despedirse dejó para el último a Beto, “adiós Beto…” musitó, “adiós no tía, sólo hasta luego”, ella se estremece, “nos vemos luego tía Betty, ¿quieres que vaya a visitarte?”, y con los ojos anhelantes apenas le dice “Siiiiiiiii Beto, cuando quieras!”.
Autor: Puroloco
Fabiana
November 6, 2009 by admin
Filed under Primera vez
Fabiana era una joven de 18 años, estudiante. En el colegio al cual asistía hubo un concurso para escritores. La propuesta la sedujo, ya que como a muchos jóvenes, le gustaba escribir. Para Fabiana era más fácil expresar sus sentimientos por escrito, en la tranquilidad de su habitación frente a unas hojas papel, lápiz en mano podía gritar, enojarse, declarar su amor, besar, y acariciar con total libertad. En sus páginas era libre, no había censuras, ni reprimendas. Fabi estaba en esa etapa difícil, dejando de ser niña y convirtiéndose en mujer y en estas épocas son muchas y muy diversas las influencias del medio.
Sus escritos eran muy variados, según como fueran transcurriendo sus días, a veces eran poemas, otras veces eran relatos cómicos, románticos y hasta eróticos. Le gustaba un compañero de clase, pero él era novio de otra compañera. Un día llegó un nuevo profesor y todas las chicas se enamoraron irremediablemente de él. El profesor era una persona muy seria y trató por todos los medios de mantener la distancia. Esta actitud decepcionó mucho a Fabiana, quien escribió muchas líneas acerca de la tristeza que le produjo la indiferencia del docente.
Lo que la chica no había notado era que otra persona fuera del colegio, la miraba con los ojos de un hombre apasionado. Un vecino del edificio, amigo de sus padres, un hombre casado y cuyos hijos eran amigos de los hermanos de Fabiana. Gustavo tenía 45 años, era amable y compinche con los jóvenes, con él, los chicos hablaban de mujeres, con él tuvieron sus primeras conversaciones de sexo. A Gustavo le gustaba Fabiana, y durante muchos meses trató de reprimir sus deseos; pero el cuerpito de Fabiana era una invitación al gozo.
La muchacha era alta, delgada, de cabello negro y largo. Fabiana era virgen, una hermosa virgen. Gustavo comenzó a acercarse a la chica, buscaba conversar sobre el colegio, los amigos, las fiestas. Le prestaba atención, escuchaba sus problemas. Al igual que frente a sus escritos, Fabiana se sentía cómoda y libre hablando con este hombre. Un día le confesó que escribía historias y poemas, Gustavo quiso leerlos y cuando ella se los entregó sintió que le estaba ofreciendo su vida, sus más íntimos secretos.
Ella estaba cada vez más unida a Gustavo y él ya no resistía la tentación de tomar esa vida en sus manos. Entre los relatos había algunos que revelaban la inocencia de Fabiana y sus deseos de sentirse amada. Él aprovechó esto para hablar de sexo con la muchacha:
-Me gustaron tus relatos, particularmente el de tu romance con Andrés. ¿Es tu novio?-No, pero me gustaba mucho. Nunca tuvimos nada.- Quisiera hacerte una pregunta íntima, ¿puedo?-Si. -¿Alguna vez tuviste sexo con un chico? – (Totalmente colorada de vergüenza). No, soy virgen -Está bien, no tienes que sentir vergüenza, es bueno que podamos hablar de esto. Es sólo que tus relatos me hicieron pensar que ya tenías experiencia. Entonces, ¿lo que sucede es que tienes deseos de tener sexo? -(Casi no podía hablar, pero quería demostrar que era una persona madura de manera que se sobre puso y continuó la conversación). En realidad siento mucha curiosidad. Tengo sensaciones extrañas al imaginarme esas situaciones, mi cuerpo se excita, me duelen los pechos.
Gustavo intentó convencerla de que descubrir su sexualidad, la ayudaría a escribir mejor y desde luego cambiaría su vida para siempre. Después de varias conversaciones de este tipo, y de conseguir que la muchacha se dejara besar, ella accedió a tener intimidad con el padre de sus amigos. Él la citó un día en una plaza y la llevó a un hotel. Cuando entraron a la habitación Fabiana sintió deseo de salir corriendo, pero no pudo, estaba asustada y excitada a la vez.
Aunque ni siquiera se había puesto a pensar si aquel hombre le gustaba o no, tenía mucha curiosidad, tenía mucho por aprender y le tenía confianza, él iba a ser el hombre que la iniciara en el arte de amar. Gustavo se acercó, la besó intensamente, introdujo su lengua en la boca de Fabi, de inmediato una corriente eléctrica corrió por la espalda de la chica. Se desnudó primero y giró frente a la chica para que ella lo observara con detenimiento. Ella se acercó lo acarició y llevó sus manos a los genitales, los sostuvo por un momento y la erección no se hizo esperar. El pene duro de Gustavo rozaba su vientre.
Él comenzó a respirar agitadamente y le dijo:
-Mi pene te va a desvirgar rico, mi amor. Me vas a sentir en tu interior y vas a pedirme que derrame mi leche en ti. -Enséñame más fue todo lo que pudo decir.
De inmediato Gustavo comenzó a desnudarla. Le quitó toda la ropa y la acostó como a una muñeca sobre la cama. Ella no se movía, él acarició sus pechos pequeños de pezones erguidos, se inclinó sobre ellos para mamarlos. Le pidió que aflojara las piernas para poder tocar su sexo. Las piernas de la muchacha cedieron y los dedos del hombre sintieron la humedad del flujo vaginal. Comenzó a masturbarla y Fabiana comenzó a gemir. Tuvo su primer orgasmo y cuando pudo aflojar el cuerpo se levantó de la cama de un salto. Gustavo tuvo que detenerla para evitar que saliera de la habitación desnuda. La abrazó fuerte contra su cuerpo.
-No te asustes, tienes que dejarte llevar. Tuviste tu primer orgasmo y eso me hace feliz. Tú eres una hembra y yo seré tu primer macho.-¡Quiero irme, déjame salir!
Era claro que no iba a perder su oportunidad, de manera que la llevó al baño, la ayudó a ponerse una bata, refrescó su rostro y volvieron a sentarse a los pies de la cama. Sin soltarla, le habló del amor, el deseo, de lo hermosa que era y cuánto la deseaba mientras que acariciaba su pelo y besaba su mejilla. Fabiana cedió y se recostó nuevamente, él abrió su bata posó su mano sobre el monte de Venus y le dijo que quería depilarla. Ella ya no podía pensar con claridad y lo dejó trabajar. Atrajo su cuerpo hasta el filo de la cama, separó sus piernas, enjabonó el vello púbico y comenzó a afeitarla. Cuando terminó su trabajo, apenas había un hilo de vello. Fueron al baño nuevamente para terminar de higienizarla y al sentir los dedos de su compañero y el agua tibia jugando con su sexo tuvo otro orgasmo.
Fabiana no podía decir una palabra, sólo gemía de placer ante los estímulos recibidos. Salieron del baño, Gustavo la hizo sentarse en el piso frente a un espejo, las piernas abiertas y flexionadas, la muchacha podía ver como su sexo estaba enrojecido y húmedo, el flujo vaginal brotaba generosamente. El estaba sentado a sus espaldas y sobaba sus tetas favoreciendo así el fluir de sus licores. Lentamente la acostó en el piso sobre unas toallas, puso una almohada bajo sus caderas, de manera que el sexo de Fabiana quedó levemente levantado, su respiración comenzó a agitarse nuevamente, ¡el momento había llegado!
El hombre hundió su cabeza entre las piernas de la joven, comenzó a lamer y chupar su clítoris, sus labios y la entrada de su vagina. Ella no dejaba de gemir y de moverse. Él se levantó y comenzó a presionar la entrada a su vagina con su dedo mayor.
-¡Tranquila nena, tranquila! Respira profundo, quédate flojita. Esto no te desvirgará, pero facilitará las cosas. ¡Ay mi nena linda, estás tan estrecha, como te voy a gozar! -¡Ya por favor! Me duele, me duele. -¡Tranquila nena, tranquila! Déjate hacer y te prometo que después de hoy, querrás coger todos los días.
Fabiana aflojó sus músculos y el dedo del hombre venció la resistencia. Entró, salió, hurgó y presionó sin romper el himen. Luego de esto, su pene erguido fue enfundado en un condón y comenzó una danza con el clítoris: lo rozaba, lo presionaba hasta que se colocó a las puertas del placer tan ansiado. Gustavo sujetó las caderas de la chica y la atrajo hacia sí. Sus cuerpos quedaron pegados, sus ojos se enfrentaron, la muchacha casi no sintió dolor y cuando Gustavo la besó comenzó a sentir el movimiento del pene, que permaneció un largo rato dentro de su cuerpo.
En las toallas quedó un pequeño rastro de lo sucedido, pero en el delgado cuerpo de la muchacha las huellas serían imborrables. Permanecieron en el suelo un rato más, Fabi no reaccionaba, estaba boca arriba con las piernas abiertas y los brazos a los costados, Gustavo estaba a su lado con una mano sobre su seno. Después de una hora, él la ayudó a recomponerse, se ducharon juntos, se vistieron y cada uno volvió a su casa. Esa noche hablaron por teléfono en secreto y al otro día él fue a buscarla al colegio. En el auto él le pidió que lo dejara tocarla, ella se recostó en el asiento, separó sus piernas y la mano de él se perdió bajo su uniforme.
Volvieron al hotel, esta vez casi no se hablaron, Gustavo la desnudó y sin más la penetró con fuerza, mamó sus pechos. Cuando terminó, ella comenzó a acariciar sus genitales, los testículos se hincharon de placer, y él llevó la cabeza de la muchacha hasta su pene. Ella entendió el pedido y torpemente comenzó a mamarlo. Gustavo la hizo retirarse antes de eyacular. Esa tarde Gustavo hizo que Fabiana perdiera todas sus inhibiciones, la vergüenza, la timidez ya no tenían cabida en esa relación. A partir de ese día cada vez que tenían una oportunidad, se encontraban, se tocaban, besaban.
Autora: Amandaz
Meli, el primer orgasmo
November 4, 2009 by admin
Filed under Primera vez
Hola, me llamo Melisa, soy nueva en esto de escribir relatos, pero llevo mucho tiempo leyéndolos, y quiero contarles mis historia, empezaré por describirme, Tengo 22 años, mido 1.66, soy morenita, cabello oscuro al hombro, no soy gordita ni muy delgada, algo normal diría yo, mis medidas son 87-65- 88, dicen mis amigos que soy wapa, les creeré…
Mi historia comienza, hace cuatro años, yo estaba de novia con un chavo que se llama Omar, estábamos enamorados, teníamos 10 meses de novios y de un tiempo antes ya no aguantábamos las ganas de tener relaciones pero era mi primera vez y tenía un poco de miedo, nosotros éramos compañeros de clase y estudiábamos en la tarde así que cuando nos íbamos de pinta nos íbamos a casa de un amigo que tenía un sonido y organizaba reuniones para hacer pruebas con el sonido, en una ocasión nos invitaron pero en esa ocasión no quisimos ir, no teníamos ganas, así que estábamos pensando que hacer.
El me dijo que tenía ganas de estar en un lugar tranquilo donde solo pudiéramos estar él y yo y que nadie nos molestara, le dije que yo también, pero que no había donde ya que ese día estaban ocupadas nuestras casas, él me dijo que podíamos ir a un hotel que estaba ahí cerca y que ahí no nos molestarían, le dije que si, sabiendo que ese sería el día.
El fue a su casa por dinero para el hotel y pasamos a un centro comercial por un vodka y cigarros y finalmente entramos al hotel, yo estaba muy nerviosa pero cuando llegamos a la habitación se me quitaron los nervios, nos acostamos y sirvió unos tragos y encendimos un cigarro, estábamos platicando de lo a gusto que estábamos y él me empezó a decir lo linda que me veía, yo traía puesta una falda arriba de la rodilla, holgada de color gris, una blusa blanca al igual que mis calcetas largas, él iba con su saco, un pantalón gris y una playera blanca.
Después de los halagos yo le agradecí con un beso, nos empezamos a besar y a acariciar por encima de la ropa como hace mucho lo hacíamos, me levanté a apagar mi cigarro y él se sentó en la orilla de la cama, yo me acerqué, él me abrazó quedando mi pecho a la altura de su cara, abrió sus piernas para que yo me acomodara ahí, me vio a la cara, me abrazo de la cintura, yo lo besé, él empezó a acariciar mis nalgas por encima de la falda y a besarme el cuello, yo acariciaba su cabello, subió sus manos y desabrochó mi blusa y me la quitó por completo, me besó los senos por encima de mi bra rosa que llevaba, le ayudé a desabrocharlo y quedaron al aire mis senos, empezó a chuparlos y darme mordiscos en los pezones, mientras sus manos se encargaban de mis nalgas por debajo de mi falda, yo le quité la playera, me giró y me tiró boca arriba en la cama, se puso sobre mi y empezó a besarme toda, empezó por mis labios bajando por mi pecho haciendo una pausa en los senos, luego bajó más hasta mi ombligo metiendo su lengua en el.
Él sabía que eso me gustaba mucho, luego bajo más, me levantó la cadera para poder bajar el cierre de mi falda, me la quitó y siguió bajando hasta donde le estorbó mi tanguita rosa que hacia juego con el bra, me besó por encima de la tanga que ya estaba muy húmeda, me la quitó y me empezó a dar una mamada excelente, me metía la lengua, mientras con una mano se encargaba de mis pechos y con la otra la me metía un dedo por mi ano.
Loca de placer quería devolverle el favor, me levanté, le hice un pequeño baile y me acomodé a modo de quitarle el pantalón, y después de quitarle su calzón quedó frente a mí un pene maravilloso, en ese momento el más grande que había visto (luego vería varios más grandes) lo empecé a chupar como paleta, de arriba abajo, le besaba y le succionaba los huevos, así estuve un buen rato hasta que él me dijo que esperara.
Se levantó y me recostó en la cama totalmente, se puso sobre mi pero se acomodó para que le chupara el pene mientras él me chupaba la pepa, estuvimos en un rico 69 durante un rato, él abría mi pepa con sus manos y metía su lengua jugando con mi clítoris mientras yo besaba y chupaba su verga desde los huevos hasta la punta, el liquido preyaculatorio era delicioso, lo saboreaba y lo distribuía por todo ese rico palo que estaba tan deseosa dese meterme, creía estar en la cima del éxtasis cuando se levantó y me preguntó ¿estás lista?
Asentí con la cara, se acomodó y me penetró poco a poco, yo grité un poco pero él me besó para que callara, se quedó un rato dentro de mi solo besándome y dando masaje a mis senos, poco a poco yo me empecé a mover y él me siguió encontrando un ritmo, yo estaba muriendo de placer, era mi primera vez y lo estaba disfrutando mucho, estuvimos así hasta que él tuvo su primer orgasmo, pero yo aun necesitaba más, así que lo giré y ahora él quedó boca arriba, me subí sobre su pene, lo besé profundamente y fui yo quien besó su cuello y el pecho, sentía como empezaba a crecer una vez más, él me acariciaba las caderas y me levantaba para besarme los senos, estuvo un rato entretenido besando y acariciando mis senos y mis pezones que estaban más duros que un coco.
Cuando estuvo listo, lo tomé y me lo metí yo solita, lo empecé a cabalgar, era delicioso, sentía más placer que antes, estuve así unos 10 minutos, sintiendo como palpitaba dentro de mi, lo podía sentir muy caliente, luego sin sacármelo me giro y quedé espaldas a él, me tomó por la cintura y me levantó, me llevó contra un mueble donde había un espejo, me inclinó la cabeza y me lo empezó a meter y sacar otra vez, sentía como chocaban sus huevos con mis nalgas.
Él me tomaba de las caderas y de repente se inclinaba para besarme la espalda y jugar con mis senos, hasta que al fin llegué a ese maravilloso momento, el orgasmo, él siguió un minuto más bombeando y tuvo otro orgasmo, me llevó de la mano a la cama y caí sobre él, estuvimos así acostados un rato, encendimos un cigarro, nos metimos a bañar y lo volvimos a hacer en el jacuzzi.
Esa fue la primera vez que tuve un orgasmo, después de un tiempo terminamos, y nos dejamos de ver, hace un mes lo volví a ver y fue un reencuentro especial, pero ya les contaré en otra historia.
Espero les haya gustado, según si sus votos son buenos les contaré después mi primera vez con una chica, mi primera vez en un trío, mi primera vez por el ano y mi reencuentro con Omar entre otras historias, saludos y no se olviden de votar.
Autora: Melissa
La sonrisa catalizadora de mi fantasia
Hay hermosos momentos en la vida. Uno de los más recientes son los microsegundos de parálisis general, por culpa de una sonrisa. El dueño de esa sonrisa se llama Víctor, tiene 50 años, divorciado, dos hijos. Yo me llamo Liz, tengo 27, soltera, sin hijos.
Esa sonrisa preciosa, abierta, amable, sencilla, pícara, sobre todo limpia, me ha sacudido de manera tal que ahora pienso en él con todos los sentidos y con la imaginación que me dicta deliciosos encuentros románticos, pasionales, pasio-románticos… Y todo este rollo me ha puesto en contacto con las fantasías inconclusas que tengo, deseos que se han quedado pendientes en los revolcones con mis amantes inconclusos. Y para evitar ponerle cuernos a mi novio, por las ganas que le tengo a Víctor, el dueño de la sonrisa preciosa, para desviar la cabeza hacia otra cosa, me he dedicado a mirar hacia atrás, a mi corta, pero intensa historia sexual. Y me parece sumamente morboso y excitante publicar mis historias más privadas aquí. Con la cara de inocente que tengo, ¿quién que me conozca y lea esto me podría identificar? Esto va a ser divertido.
Historias verídicas. Empecemos por el capítulo cero. Despidiendo la inocencia. Yo 19 años, él, 24. Estudiantes de teatro. Él estaba casado, un hijo pequeñito. Con el matrimonio según él, marchando forzadamente (aún no sabía yo que los hombres casados siempre dicen que van mal en su matrimonio cuando quieren ensartarla a una). Todavía tenía yo la inocencia de la que no sabe cómo es la vida, no conoce un pene, ni siquiera cómo es un beso apasionado, ni la mordida de las ganas entre las piernas y hasta cree en que el pecado aguarda en el sexo. Sin embargo, ya sabía yo todo en teoría, pero nada de práctica.
Robin me gustaba muchísimo y aunque yo sabía que estaba casado, empecé a coquetearle. Yo tenía un cuerpo joven, virgen y bonito, bajita 1.57 cm. y de rostro simple, sabía que mi cinturita y mi buen trasero hacía que las miradas masculinas siempre resbalaran por mis curvas. Además usaba vestiditos cortos y zapatos altos, cabello largo y poco maquillaje. El era flaco, alto, carita de niño y labios provocativos. Vamos al grano. Había una fogata de una ceremonia de esos teatreros locos en una noche de luna llena. Al final de la madrugada se sentó junto a mí, un poco por el trago, un poco por tanta libido reprimida nos besamos. Nunca había dado yo un beso tan húmedo. (Después me di cuenta de que el tipo era un “baboso” y que había otros que usaban menos saliva para los besos).
Todo era nuevo, los besitos resbalando por el cuello, descubrí que cuando uno está excitado, cada caricia en cualquier parte del cuerpo produce un estremecimiento en el clítoris, me abrazaba fuerte sin dejar de besarme y nos pusimos de pie y me fue llevando hacia uno de los salones de práctica, dejé de besarlo y le sonreí: “no me voy a acostar contigo” le dije. Me dijo que no estaba pensando en eso y siguió besándome aún más apasionadamente. Me fue recostando encima de una de las espumas que se usan para hacer ejercicios en el suelo y se acostó encima de mí. Yo nunca había sentido el peso de alguien encima de mí, pero lo sentía muy agradable, y esa presión de su pene excitado sobre mi vientre se sentía increíble.
Como les dije, yo sabía teoría y sabía que estaba en tiempos de ovulación y ya tenía demasiadas amigas y familiares como madres solteras, así que aunque estaba en la luna con aquellas caricias y besos tuve el valor de decirle que no otra vez, entonces él me dijo: “tranquila, no te voy a hacer el amor, pero déjame conocerte”. Tan poético como siempre, me convenció. Yo tenía un vestido blanco, largo, sin mangas y con agujeritos en la parte superior, que fue subiendo mientras me acariciaba y me besaba donde nadie lo había hecho, piernas, rodillas, detrás de las rodillas, otra vez el cuello y la barbilla para volver a los brazos, los hombros… yo apenas podía suspirar y saborear todas aquellas sensaciones nuevas y juntas.
No supe a qué horas desprendió mi bra, pero me sobresalté cuando cogió mis senos, uno en cada mano y empezó a acariciarlos con dulzura, después para mi gran sorpresa los empezó a besar y chupar. A pesar de ser una sensación tan maravillosa, no pude evitar mirarlo y recuerdo bien esa sensación de maternidad, él me miró y me preguntó: “no te gusta” yo titubeé, “sí, me gusta, es que nunca me lo habían hecho, pareces un bebé”. Ahí estaba yo, desnuda y él completamente vestido, despeinado y con la camisa apenas abierta de dos botones. Se sonrió y continuó torturándome con su lengua.
Ahora siguió recorriendo mi ombligo, mi vientre, el interior de los muslos y aaahhhh casi me ahogo en un suspiro profundo cuando su lengua tocó directamente mi rajita… jamás me hubiera imaginado que alguien podía meterse mi cosita en su boca. Me avergoncé tanto que empecé a halarlo del pelo para que saliera de ahí, pero él aumentaba la intensidad de sus lengüetazos porque creyó que era de frenesí que yo le halaba. Entre la disputa me llegó el orgasmo, después de unas sacudidas y la sensación de hundirse sin remedio en la nada, me quedé paralizada, con su cabeza entre las manos y la respiración agitada.
Yo conocía esa sensación porque me masturbaba desde jovencita, pero no sabía que eso era el famoso orgasmo. Yo estaba avergonzada y Robin se dio cuenta. Me abrazó y no sé cómo se aguantó la calentura tan tenaz que tenía, me arrulló y mimó hasta que me dormí ahí, en el suelo de un salón de teatro, en la madrugada en que dejé la inocencia, aunque no la virginidad.
Seguimos con los mismos juegos durante varios meses y él se aguantaba el calentón porque yo tenía muchísimo miedo del embarazo y nunca hablamos de condones. Tampoco me enseñó sobre los hombres, ni me mostró su miembro, que se advertía grande a través de los pantalones que nunca me dejó quitarle. La historia quedó inconclusa, supuestamente se separó, estaba sin dinero, pidió prestado a todo el mundo, incluyéndome, se robó una plata en su trabajo y luego desapareció. A las tres semanas me llamó y me dijo que iba a cambiar de vida, que iba a cambiar todo, yo le pregunté si a mí también me iba a cambiar y me repitió: “voy a cambiar todo”. Lo que yo nunca le dije a él era que estaba un poco decepcionada no con sus artes sensuales sino con el orgasmo, porque yo creía que el orgasmo era algo más descomunal, increíble, inimaginable, pero no, era lo que conseguía con mis frotadas de siempre y la diferencia era que duraba un poco más.
Ahora vuelvo al presente y me pregunto si teniendo a Víctor lograría un orgasmo sin precedentes, una sensación que me hiciera gritar como las mujeres de los relatos eróticos y las películas, esa ahora es una de mis fantasías. Pero no debo pensar en Víctor, ni en su sonrisa ni en su cuerpo bien cuidado a pesar de los años, ni en su amabilidad ni en lo musical que suena mi nombre cuando él lo pronuncia. Mejor sigo pensando en el pasado. Mi próxima narración será sobre el primer tipo que me penetró. Ya verán que uno fue el que me dejó sin inocencia, otro sin virginidad y después de mucho tiempo alguien en realidad me hizo el amor.
Adiós a la virginidad.
Ferney. 16 años mayor que yo. Había sido mi jefe en la primera empresa en la que trabajé y su novia trabajaba allí mismo, aunque ella tenía un cargo bajo, siempre se las ingenió para ser odiosa conmigo. Él se había convertido en mi amigo, en tutor de muchas verdades simples de la vida, como que quejarse de la vida es un acto de mala educación con uno mismo y con los demás; que la universidad es algo importante y que sexo no es pecado.
Yo tenía 21 años y acababa de salirme de un grupo de oración, incluso estuve a punto de entrar a un convento, pero allí me dijeron que tenía que conocer más el mundo: Hice caso. De todas maneras ya vestía diferente: largos y cubiertos vestidos, nada de maquillaje y una cruz colgada en el cuello. Cuando Ferney me contó que había terminado con su novia odiosa, por primera vez salimos en un plan diferente al de buenos amigos o al de tutor con su alumna. Yo uso lentes para ver de lejos y me dijo que estaban sucios, entonces me los quitó y yo dejé los ojos cerrados para evitar el salto de visión; me dio un besito corto. Yo me sorprendí, pero ya me lo esperaba.
Después de eso nos sentamos junto a una fuente de agua en un parque de la ciudad y nos seguimos besando. Empezamos a salir con frecuencia y él cada vez avanzaba un poco más en caricias. Con Ferney siempre tuve todo un desarrollo “demasiado normal”, por no decir rutinario. De todas maneras, yo sabía que con él no podía pasar invicta como con Robin, pero ya tenía ganas, mis amigas me hacían bromas por ser virgen a esa edad. Una vez en su apartamento, Ferney hizo sonar un CD de Ana Belén y Víctor Manuel y cuando escuchó la canción “Lía” empezamos a bailar y bajó las manos por mis caderas, yo temblaba y él siguió acariciándome por encima de la ropa. Ese día todo quedó ahí y después nos fuimos a comer. Esos tres años que estuve con él conocí restaurantes, sitios de rumba y de diversión que no imaginaba que existían.
Una vez en su oficina, un sábado en la tarde que no había nadie, estábamos de pie y yo medio sentada en su escritorio, mientras él empezó a jugar con los botones de mi blusa, ya lo había hecho antes, pero empezó a soltarlos y yo dije que no, entonces me preguntó. “por qué” y yo no tenía respuesta y lo dejé hacer.
Me abrió la blusa y luego abrió correctamente mi bra. (La experiencia de un hombre se nota en lo que hace con el bra de una mujer), se quedó mirando mis manzanas y yo tenía vergüenza de que me mirara así, de frente y debajo de una inmisericorde luz blanca de oficina. Luego me miró a la cara y después de un momento me dijo: “y yo qué”, me reí, porque yo nunca había intentado desnudar a nadie, pero empecé a soltar sus botones y fue cuando me di cuenta que la ropa de hombre tiene los botones del lado contrario ¡qué dificultad! Así me abrazó y recuerdo la calidez de ese primer abrazo de un hombre con el torso desnudo sobre mi torso desnudo. Llevó mi mano hasta su entrepierna y yo debí poner tal cara de horror que lo dejamos ahí.
Después de tres meses y de seguir con estos juegos cada vez más avanzados, incluso ya le había masturbado y él a mí (con Ferney jamás tuve un orgasmo), él ya estaba aburrido conmigo y me dijo que él me quería en serio, pero yo no mostraba mayor interés entonces que lo dejáramos en buenos amigos.
Esa noche me metí en su cama y lo dejé que me penetrara… ¡vaya sicología femenina! Entregué mi cuerpo. Estaba terminando la regla, tenía apenas un flujillo café. Después de las caricias que ya me sabía de memoria (besos suaves – besos apasionados – caricias en el pecho – restregada con ropa – quitada de ropa – besos en el pecho – besos en el ombligo – besos en la entrepierna, siempre en rutina y orden perfecto), se puso encima de mí y me dijo que abriera las piernas yo estaba muerta de pánico, pero me abrí.
Ferney decía que no creía en mi virginidad y ese día lo demostró porque empezó con una empujadera rítmica y fuerte, yo volteé el rostro y me agarré de la almohada, sentía que me ardía mucho, me maltrataba y él seguía empujando y empujando. En cierto momento salió de mí y eyaculó en mi vientre. Me besó y se tendió a mi lado. Yo sentía el ardor y no pensé que hubiera podido pasar de la entrada de mi rajita entonces le pregunté: “se pudo o no se pudo” y él me mostró su miembro envuelto en sangre oscura y semen, “mire cómo me dejó”. Esa fue la absurda forma en que dejé mi virginidad, ni por amor, ni por deseo. Simplemente por despedida y por curiosidad.
Seguimos saliendo y cogiendo por tres años. Conocí técnicas y posiciones, a usar métodos anticonceptivos no químicos, a usar la lengua y las manos, pero no mucho de pasión y entrega. Después se casó con su ex novia, que quizás había seguido siendo su novia por todo ese tiempo y yo no lo supe. Esa vez conocí el dolor del engaño. Sé cuanto duele una mentira y por eso ahora me cuido de causar ese dolor.
Pero sigo pensando y fantaseando con Víctor. Me gustaría estar a solas con él y mirarlo hasta cansarme de mirarlo, entonces cerrar los ojos y empezar sólo a escucharlo… luego olerlo, después saborearlo lenta y tranquilamente y por último, sólo al final, tocarlo. Eso lo leí en un libro de Coelho, que antes de tocarse en pareja, deben haberse despertado y estimulado todos los sentidos. Ninguno de los tipos con que he estado ha tenido la paciencia suficiente para acompañarme hasta este punto. Los hombres que conozco son simples, juegan con caricias el tiempo suficiente para tener una erección potente y luego la penetración, no aceptan juegos de estimulación más prolongados y a mi juicio mejores.
¿Sería Víctor la excepción? Mejor dejo de pensar en Víctor y su mirada que parece sensata. Les voy a contar la primera y única vez que he puesto un anzuelo para seducir a un hombre.
Hoy vi a Víctor. Tengo que respirar un poco más hondo de lo normal para que no se me note mucho la emoción que siento y los sueños húmedos que he tenido con él durante las últimas noches. Hoy ante su sonrisa perfecta me surgió una duda: ¿será verdadera esa dentadura o será postiza, de esos dientes que se quitan y se ponen? Es que es demasiado linda. En caso de que así fuera, creo que lo más importante de la sonrisa no son los dientes sino la actitud del rostro y los labios.
Aprendiendo el arte de la seducción.
Transcurría el segundo año en el que vivía fuera de mi casa. Tenía 25 años. Ferney se había casado y yo tenía todo mi cuerpo y mi sensualidad para mí sola, bueno con algunas excepciones que luego les contaré. Además que tenía aún muchos deseos por satisfacer. De tanto masturbarme ya tenía pereza, porque no quería más mis dedos ni imaginarme el calor, quería sentir a un hombre.
Luis Emilio llegó a mi vida de una forma casual, mientras yo era secretaria de una persona relativamente famosa y él ofreció sus servicios como técnico de computadoras; también era filósofo y trabajaba como profesor en una universidad. Durante todo el tiempo que trabajé en aquella oficina me conformé apenas con verlo ir y venir con su maleta llena de quimeras informáticas. Siempre andaba bien vestido, con traje de paño y corbata. Yo lo veía como un ser hermoso, con un caminado perfecto, modales perfectos y cuerpo bien hecho, aunque no trabajado en gimnasio, sino natural, excepto por una pequeña barriguita de ejecutivo. No sé porqué la panza en los hombres se ve sensual.
Un sábado atardeciendo, mientras yo divagaba por internet, encontré a Luis Emilio en un programa de mensajería instantánea. Estaba terminando su clase y se iba para la casa, pero los planes cambiaron. Yo le dije que mi computadora tenía problemas y que necesitaba su ayuda. Qué emoción siento al tener que recordar lúcidamente esto para poder escribirlo. Las letras en la pantalla diciendo “sí, voy a tu casa” se veían eróticas, lo aseguro. Puse un poco de orden en mi habitación a toda velocidad, perfume en la almohada, una florecita en el escritorio y me cambié la ropa interior a unos pantis más chicos y un wonderbra y fui a esperarlo en el sitio convenido. Cuando nos encontramos no éramos el arregla-cacharros y su cliente sino que parecía que fuéramos amigos de toda la vida. Compramos comida para llevar y una botella de ron.
Llegamos a mi casa y yo me quedé mirándolo un momento, entre mis piernas mi vagina ronroneó como un gatito alegre, pero no le dije nada y él tampoco. Fuimos muy buenos fingiendo naturalidad. Cenamos y después con dos vasitos con hielo para el ron llegamos a mi habitación. El se sentó frente a la pantalla y empezó a revisar y se dio cuenta de que todo estaba bien. Yo estaba sentada en mi cama, cerca de su silla. Seguimos tomando y hablando trivialidades, él abrió el reproductor de música y empezó a mirar las canciones que tenía en la computadora, y mientras sonaba puso las figuritas de colores que giran y giran… Yo apagué la luz para verlas mejor y la conversación disminuía. A este punto ya Luis Emilio se había dado cuenta de que todo había sido un truco para traerlo hasta mi casa, pero no se movía de su sitio. Yo empecé a ir al baño, salía y regresaba. Pero lo hacía porque mis intenciones eran al volver hacia mi puesto abrazarlo por detrás, pero no me atrevía.
En una de esas por fin lo hice, me quedé de pie detrás de él y lo abracé por los hombros mientras él seguía sentado. Luis Emilio siguió mirando a la pantalla como si nada y yo continué la conversación sobre cualquier cosa. Cuando fui a sentarme me dijo: “no me sueltes” y yo obedecí entonces puso sus brazos sobre los míos y seguimos mirando las luces que giraban en la pantalla como hipnotizados. Sólo nos movíamos para un sorbito de ron.
Tengo borroso el momento en que empecé a depositar besitos en su oreja y en su cuello, lentamente, sólo con los labios y un pequeño chasquido, mientras él seguía acariciando mis brazos… (Hay hombres que van directo a los senos cuando quieren seducir, pero olvidan cuán erótica puede ser una caricia bien hecha en un codo o en una muñeca). Me cansé de pie y me senté. La conversación cambió de tono y empezamos a hablar de nosotros mismos, de cómo nos conocimos, qué pensamos de cada uno y yo le dije que siempre me pareció un tipo apuesto, pero que lo veía inalcanzable. Cada vez hablábamos más de cerca. Me preguntó: “por qué inalcanzable” y yo le volví a decir: “me pareces inalcanzable” y ¡por fin! Se acercó y nos besamos.
Qué boca tan deliciosa tiene ese hombre y qué emoción la de dar un beso tan esperado, de sólo escribirlo ya me está palpitando el clítoris… Primero sólo con los labios, de esos besos románticos en los que uno estira un poco los labios de la pareja con los suyos propios para luego volverlos a juntar y poco a poco aparecieron las lenguas. Todo iba despacio, delicioso, como yo lo había soñado. Al rato me puse de pie y volví a abrazarlo por detrás mientras seguía sentado, entonces él ya no llevó sus manos a mis brazos sino a mis caderas y piernas. Entre mis piernas parecía haber un pequeño corazón que palpitaba también, pum-pum.
Salimos a la calle a comprar otra botella de ron y volvimos pronto. Cuando llegamos, Luis Emilio volvió a sentarse en la computadora, puso las figuritas a pantalla completa para girarse hacia mí y nos seguimos besando. Me dejó a mí el control de las caricias y repetía en mí lo que yo hacía en él, fui pasando un dedo por su cuello hasta encontrar una cadenita de oro que fui siguiendo con el dedo por su pecho mientras él con su dedo seguía el mismo recorrido en el mío, las caricias aumentaron a dos dedos, tres dedos, una mano, le acariciaba el rostro, el cabello, el torso, las piernas… y él hacía eco fenomenal de todo lo que yo hacía.
Le solté los botones de la camisa y estaba emocionada de hacerlo como un niño con un juguete nuevo. Yo misma me fui acelerando al soltar su cinturón y abrir el pantalón. La timidez me subió de golpe y me senté en el suelo, mirándolo con los ojos asustados, mientras él estaba sentado en la cama, mirándome un poco burlón. Me dijo: “quítate la camiseta”. Yo le dije: “quítamela tú” y estiré los brazos hacia él. Y de ahí no hubo vuelta atrás, es delicioso tener sexo con alguien que nos gusta tanto, que nos parece una persona atractiva e interesante, así se sentía maravilloso esa camiseta resbalándose por mi espalda, por mis brazos hacia fuera, me puse de pie y lo abracé y siguieron los besos en la boca, muchísimos besos y sus manos acariciando mi espalda, mis nalgas, mi cintura, parecía tocándome con brasas ardiendo, se fue recostando en la cama y yo quedé sobre él, ahí se me quitó la timidez y empecé a jugar con mis muslos sobre su palo, a frotarnos con desespero, saqué el preservativo de debajo de la almohada (¡chicas, siempre hay que tener un preservativo debajo de la almohada!), y esperé a que se lo pusiera, me encanta la posición del misionero así que me acosté y lo atraje hacia mí.
Sentir su penetración fue genial, de golpe, aunque me dolió un poco por el látex y el tiempo que llevaba sin hacerlo… el placer de sentirlo dentro se me empezó a regar por todo el torso… ahí pasó algo increíble: ¡Tengo borrado el recuerdo! Quizás porque estábamos muy borrachos, no recuerdo nada desde que me penetró hasta que lo vi quitarse el condón. Pienso que quizás por el alcohol y la excitación me subí a un estado de inconsciencia que escapa a mi memoria. Supongo que mi rajita estaba feliz sintiendo como la acariciaba por dentro, tanto por ser Luis Emilio como por tener tanto tiempo sin disfrutar de un varón. No había más preservativos. Fue una lástima. Yo no sé si tuve orgasmo, pero lo disfruté muchísimo.
Después de vestirse, él tomó un taxi y se fue a su casa, donde su esposa lo estaría esperando. Al otro día cuando me desperté, empecé a reírme como una loca, feliz y traviesa por lo que había pasado. Yo sabía que él no iba con intenciones de cogerme, pero todo fue por mi culpa y yo estaba feliz por eso por haberlo seducido.
Luis Emilio todavía me escribe o me pone mensajes al celular, me dice que piensa en mí y que me desea, pero yo sé que eso es solamente cuando está de pelea con su esposa. Me gustaría tener un orgasmo mientras me penetran, hasta ahora sólo lo he logrado de manera digital y hecho por mí misma.
Hasta el próximo, gracias por sus comentarios.
Autora: Liz
Una noche en Miami
November 2, 2009 by admin
Filed under Intercambio de Parejas
Mi nombre es Rolando. Durante mucho tiempo he leído relatos en esta página y en realidad me gustan, aún asumiendo que se trata de fantasías de sus autores. El siguiente relato es totalmente real.
Mi amiga Zulema y yo supimos de un lugar en Miami para intercambio de parejas que se presentaba como el mejor de su tipo, y decidimos probar. Zulema es una mujer muy sexy y alegre, de cabello corto muy negro, pero blanca de piel. No es ya una jovencita, pero conserva unas piernas firmes, un lindo trasero y pechos suaves y bien formados.
Pareciera que hay pocas cosas en la vida que disfrute más que el sexo oral, y de ello ha dado amplias pruebas. Ya hemos tenido diversas experiencias de intercambio en bares swingers, y siempre me impresiona su rapidez y habilidad para meterse en la boca la verga de un hombre al que casi acabamos de conocer, mientras la pareja de éste mira extasiada.
El sitio de Miami no nos defraudó. Es un amplio local, con ambiente refinado. Cuenta con una pista de baile, pequeños cuartos donde las parejas seleccionan a sus compañeros por esa noche y una amplia habitación con el piso cubierto de almohadas y colchones, donde múltiples parejas departen sin prisa alguna.
Para llegar a las áreas “calientes” hay que pasar primero a una zona de vestidores en donde uno guarda su ropa y le entregan una toalla o una bata para cubrirse…el tiempo que sea necesario. En una de las alas de este local se halla instalado un jacuzzi de amplias dimensiones. Quizá pueden entrar ahí 10 o más personas. Nosotros nos acercamos al jacuzzi y vimos a una pareja que ya habíamos detectado antes: una mujer de rasgos orientales, delgada, morena de piel y bien formada, con un hombre más joven que ella, de tipo caribeño.
Los habíamos visto de lejos en la habitación colectiva haciendo el amor. Pude notar entonces cómo Zulema clavó su mirada en la verga del hombre mientras poseía a su pareja: se trataba de un buen instrumento, sin duda alguna. De ahí que cuando los encontramos en el jacuzzi, Zulema me sonrió pícaramente y se acercó a ambos.Hundidos hasta el cuello en el agua caliente, conversamos cada quien con la pareja contraria; Zulema con el chico moreno que después supimos se llamaba Esteban y era originario de Colombia, y yo con Alma, delgada y quizá un poco mayor de edad que la propia Zulema.Casi de inmediato Zulema y Esteban comenzaron a besarse.
Claramente distinguí la mano de mi mujer jugando en la entrepierna de su nueva conquista. Yo comencé a acariciar los pechos de Alma, cuya firmeza y suavidad me sorprendieron. La besé, y ella se mostró muy dispuesta y alegre.
En un momento dado, Esteban salió del jacuzzi y se sentó en el borde, justo a la altura de la cara de Zulema. Ya lucía la verga en plena erección, y en el rostro de Zulema adiviné su ansiedad por probar ese instrumento que se le ofrecía orgulloso y brillante por el agua que todavía le escurría.
Yo crucé una mirada con Alma, y al verla coqueta decidí hacer lo mismo que Esteban. Un instante después Zulema había introducido casi toda la verga de Esteban en su boca, mientras Alma me daba una mamada fenomenal. La humedad y la turgencia que se logra por la acción del agua caliente otorgan una sensibilidad que hace memorable una mamada de verga en esas condiciones.
La noche siguió, y no terminó nuestro encuentro con Esteban y Alma, ni nuestro recorrido por ese bar de intercambios en Miami.
Volveré sobre el tema, si ustedes lo desean.
Autor: Morboso

