La inocente Terencia
September 3, 2009 by admin
Filed under Sin Categoria
Cuando recién nos casamos trajimos a una chica del interior del país para que nos ayudara en las tareas del hogar. La chica tenía 16 años y si bien no sabía hacer mucho por lo menos servía de compañía. Cuando nacieron mis hijos (2), la chica nos ayudaba con las tareas domésticas y también servía de compañía.
Cuando mis hijos tenían tres y cuatro años ella jugaba con ellos. Para ese entonces ya era mayor de edad, se había “desarrollado” físicamente y se había habituado a las costumbres de las grandes ciudades, o sea que veía telenovelas, se había comprado su celular y en los días de su descanso parece que asistía a fiestas.
Yo en épocas de verano habitualmente duermo desnudo y sólo me cubro con la sábana. Además, tengo por costumbre tomar mi desayuno en el dormitorio los días que no voy a trabajar. Algunas veces, sentía que tocaban la puerta de mi dormitorio y cuando contestaba, la chica me decía desde fuera: “su desayuno está servido, señor”, y efectivamente encontraba el desayuno servido; algunas veces yo estaba boca abajo con las nalgas descubiertas, otras veces estaba boca arriba, con las pelotas al aire. Lo que me hizo suponer que la chica entraba a mi cuarto a servirme el desayuno y me veía desnudo, pero por pudor no me despertaba, para no hacer evidente que me había pillado desnudo y prefería llamarme desde fuera.
Lo que sí estaba claro es que ella en más de una oportunidad me había visto desnudo. Esa idea me excitaba, a pesar de que yo la conocía desde que era una adolescente, pero ahora ya era una mujer y no podía dejar de pensar que realmente era una mujer y que me había visto desnudo. Un día pensé que era la oportunidad de conversar con ella (además no había nadie más que nosotros en la casa), y le dije: -Oye Terencia, tú me has visto varias veces desnudo ¿no? – Sí señor, me contestó ella. -¿Y aparte de mí has visto a otros hombres desnudos? Le pregunté.
-No señor, me contestó. -A tu novio o enamorado, que seguro debes tener, ¿nunca lo has visto desnudo? Le pregunté. -Con mi enamorado sólo nos damos besos, cuando él quiere agarrarme la vagina yo me molesto, mis tetas no más me dejo agarrar, pero no me dejo agarrar la conchita porque tengo miedo que me deje embarazada. Me contestó. -¿O sea que tú nunca has tenido sexo con ningún hombre? Le pregunté. – No, nunca. Me contestó.
Esa respuesta, que quizás era cierta, me excitó muchísimo e inmediatamente pasó por mi mente la idea de tirarme a la empleada. Pero tenía que actuar con mucha cautela. -¿Y, qué sientes cuando me ves desnudo, te gusta verme desnudo, te excita? Le pregunté.- La verdad que sí señor, me contestó. Una vez vi una película porno con unas amigas y tu pinga es grandota como las de las películas porno señor. Me contestó.
- ¿Quieres que la saque para que la veas mejor? Le pregunté.- Me da vergüenza, además si se entera la señora me bota de aquí y pierdo mi trabajo, además yo estoy acostumbrada con ustedes y no creo que pueda trabajar en otro sitio, me dijo. -Pero la señora no tiene porqué enterarse, esto será un secreto entre tú y yo, le dije, al tiempo que me bajé el short y dejé al aire mi verga, que con la conversación ya estaba medio erecta.
-A su verga nunca la había visto parada, ¡Qué grande tienes tu pinga señor!, me dijo Terencia. -Si quieres tócala, no tengas miedo, le dije, y cogí su mano y la llevé a mi verga.
Ella la agarró, primero con una mano y después con las dos y comenzó a pajearme. Dale un besito, le dije. Ella se la metió a la boca todo lo más que pudo y comenzó a chupármela; para no tener experiencia (como decía), lo hacía muy bien. Me paré, fui a la puerta y le eché seguro, regresé y cogí a Terencia entre mis brazos, la besé en la boca, le besé el cuello, fui desnudándola y noté que ella además de no ofrecer resistencia ayudaba a desvestirse.
Nos quedamos los dos desnudos y empecé a besarle todo el cuerpo. Le mamé las tetas –blancas y de pezones rosados- le besé el pecho, el abdomen y llegué a su monte de Venus, le separé las piernas y le lamí el clítoris mientras que le introducía dos dedos en la vagina.
Terencia gritaba de placer y parece que se le venía su primer orgasmo, porque se retorcía y gritaba: más, más, más. Me di la vuelta y quedamos en un 69. Yo le chupaba la concha y ella me chupaba la pinga. Le metí dos o tres dedos a la concha y estaba mojadita, eso me sirvió para que mis dedos se mojaran y así poder metérselos en el ano con menor dificultad. Le metí un dedo en el ano y después dos.
Mientras yo le hacía esto ella había ido avanzando, primero sentí que se metía todo lo que podía de pinga a la boca, después me chupaba los huevos y después comenzó a lamerme el ano. Cuando yo le metí los dedos al ano ella también hizo lo mismo conmigo. A mí nunca me habían metido ni un supositorio por el culo. Era la primera vez que me metían aunque fuera un dedo y no me pareció desagradable.
Para ese entonces yo ya había notado que Terencia no era virgen ni nada parecido. Su conchita tenía la apariencia de haber recibido muchas visitas. La chupada de ano que le estaba dando y la forma en que movía sus dedos dentro de mi culo me estaba excitando mucho y sentía que se me venía la leche, así que se lo hice saber y cambiamos de posición.
Comencé con la pose clásica del misionero y después seguí con todas las demás poses que conozco. En algunas me ayudaba ella, haciéndose la desentendida y como tratando de fingir que no conocía del tema.
En un momento ella estaba encima de mí y yo le metía los dedos en el culo mientras ella cabalgaba con mi pinga adentro; allí pude comprobar que esa era una de las poses que más le gustaba, porque se le vino otro orgasmo y siguió moviéndose. Quiero metértela por el culo, le dije.
Ella se levantó un poco, cogió mi pinga y la colocó en la entrada de su ano. Poco a poco, con mucha destreza, se la fue introduciendo. En su rostro se dibujaba una mueca de dolor y placer. Gritaba, aaayyy, que riiiicoooo, que rica pinga. Y se sentaba hasta que mi verga desaparecía entre sus nalgas; después se levantaba y yo sentía que lo hacía contrayendo los glúteos, sentía como me exprimía la verga y eso me excitaba muchísimo.
En unos instantes me estaba sacando toda la leche, y se vino en su tercer o cuarto orgasmo. Cuando me había sacado toda la leche se levantó y comenzó a chuparme la verga. Te la voy a dejar limpiecita, me dijo. Y así lo hizo, tanto, que la pinga se me volvió a parar. Ahora quiero que me la metas como perrito, me dijo y se volteó y se puso efectivamente como una perra que espera a su macho. Tenía el culo mojado así que no hubo necesidad de pensar en lubricantes. Le puse la cabeza de la polla en la entrada de su ano y se la metí de un solo viaje. Terencia soltó un grito, no sé si de dolor o de placer, o de las dos cosas juntas, pero que gritó, gritó.
Comencé con el correspondiente mete-saca y ella hacía algo en lo que parece era experta: apretaba las nalgas y me exprimía la verga. Cambiamos a otras posiciones: se puso de costado y pegó una rodilla a su pecho dejando su ano a mi disposición; después se puso piernas al hombro y se la metí por el culo mientras le chupaba sus tetas; después se sentó encima de mí y cabalgaba con la pinga enterrada todita en el culo mientras yo sentía como sus nalgas chocaban con mis muslos y como sonaba su culo por la entrada y salida de la pinga; finalmente hacía movimientos circulares y se refregaba con la pinga adentro del ano, hasta que se me vino la leche y acabamos juntos.
Quise sacársela, pero me dijo: no, déjala que se salga sola, cuando quiera, mientras dame besitos papito rico. Y nos besamos en la boca. Así nos quedamos dormidos.
Autora: Putitapl

