Una calida mañana en la playa

January 26, 2010 by admin  
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Hola, soy Luis nuevamente, en esta ocasión vengo a contar una historia un poco diferente. Voy a contar lo que me sucedió con Linda. primero que todo vamos a describirla, es bajita, piel color canela, pelo castaño y rubio, un rostro hermoso con unos labios sensuales, unos senos pequeños pero firmes, una cinturita finita y unas caderas que si bien no son muy anchas si van perfectas con su cuerpo. en fin una mujer demasiado bonita y sensual.

Son las 10:17am, yo estoy en casa cuando recibo una llamada de Linda, ella me pregunta si la puedo ir a buscar, que esta aburrida y quiere ir a la playa. yo acepte de inmediato y me puse unos pantalones cortos y una t shirt color blanca. como a los 10 minutos llegué a buscarla y nos fuimos juntos a la playa. ella me comenta, que necesita despejarse la mente y que no me puede contar lo que le sucedió por que es muy personal. En menos de 10 minutos llegamos a la playa, cuando nos bajamos del carro, observo que ella tiene una bata algo normal, de esas que llegan hasta las rodillas y tienen un osito dibujado al frente, pero una vez llegamos a la arena y ella me dice que necesita a tirarse al agua y se quita la batita, a mi casi me da un infarto. tenia un diminuto bikini de dos piezas color blanco con florecitas rosas, pero que era tan diminuto y ajustado, que era como tenerla desnuda frente a mi. entonces yo le comente, que ahora yo también necesito tirarme al agua y ella se ríe entendiendo por que lo dije.

Ambos acomodamos las cosas y seguimos hacia el agua, estuvimos un rato conversando y hablando de las pocas personas que se encontraban en la playa, ya que solo había unas 7 personas y estaban concentrados en el surfing. Comenzamos a jugar de mano y en uno de los movimientos a ella se le sale el pezón izquierdo, yo al darme cuenta no sabia que hacer, si decirselo o quedarme observando, total nadie mas se iba a dar cuenta, pero luego de pensarlo unos segundos, se lo digo de forma jocosa, le pregunto si me esta invitando a beber, ella al principio no entiende por que yo lo digo, pero solo la señalo y entonces se dio cuenta de por que lo decía, de inmediato guardó su hermoso pezón y me miro algo avergonzada. yo le digo que se tranquilice, que es algo que pasa y no es nada malo, que al contrario es algo muy bueno para mi. Ella se sonroja. Yo le respondo, que ella sabe lo mucho que ella me gusta. Ella me pide que cambiemos el tema y yo la complazco de inmediato.

Linda me dice que quiere ir un rato a tomar sol a la arena y yo la acompaño. Lo que a mi se me había olvidado era la increíble erección que yo tenia. yo trato de disimularlo, pero ella se da cuenta y me dice que no pierda el tiempo, que hace rato cuando estábamos jugando, ella se dio cuenta de mi erección, ahora el avergonzado soy yo.

Ambos nos acostamos sobre la unas toallas ella boca arriba y yo obviamente boca abajo, en un intento de seguir ocultando mi erección. Ella me pregunta si no me molesta estar así en publico, a lo que yo le respondo que es algo que no puedo evitar y que cosas peores he hecho en publico. Ella intenta sacarme información sobre lo que había echo y yo le digo que no se lo voy a decir, por que yo no voy a tirar al medio a nadie y mucho menos a mi. Seguimos hablando de otros temas, aunque de vez en cuando el tema del sexo regresaba.

Luego de alrededor de media hora, Linda me dice que quiere ir a caminar, que si quiero acompañarla, le digo que si. Cuando nos ponemos de pie y la miro, noto como a diferencia de antes, ahora se le notan los pezones parados y mucho, y les aseguro algo, no hacia frío. Salimos a caminar cada vez mas lejos de la poca gente que había, al punto de que al mirar hacia atrás apenas se veían del tamaño de una hormiga. Ella me dice que si podemos meternos al agua nuevamente, yo le respondo que conmigo no hay ningún problema. Ya dentro del agua y donde nadie nos veía, ella me confiesa que se siente mal, ya que se siente algo excitada, que cuando se le salió el pezón, se sintió rara y después al confirmar mi erección, que eso la puso mal. yo no le digo nada, solo le robo un beso en la boca. En un comienzo ella no me respondía, pero luego de unos segundos ella me respondió el beso y comenzamos a besarnos como si quisiéramos comernos uno al otro.

Así besandonos, ambos seguimos besandonos dentro del agua, cuando de momento yo siento su mano en mi cintura y se que esta buscando algo, mete su mano dentro de mi pantalón y agarra mi ya muy erecto bicho y comienza a sobarmelo y a masturbarme, luego yo con mi mano echo un poco hacia el lado su diminuto bikini y comienzo a sobarle el crítoris, y luego le meto dos dedos por la chocha y nos estamos masturbando mutuamente, mientras aun nos besamos entre gemidos, yo con la otra mano me bajo un poco el pantalón para que ella pueda hacermela con mas facilidad. De momento yo siento que ella me suelta el bicho y me saca la mano de su chocha, siento como dentro del agua, ella pone sus piernas rodeando mi cintura y nuevamente me agarra el bicho y siento que lo que esta haciendo es acomodarselo en la entrada de su chocha y se lo va metiendo poco a poco, hasta que ya lo tiene todo dentro, ella me abraza, me comienza a besar el cuello, mientras mueve las caderas.

Ahí estábamos los dos, teniendo sexo dentro del mar, ambos gimiendo sin parar con los ojos cerrados. Al cabo de varios minutos, yo le digo que me suelte, ella sorprendida, por que no entiende por que, ya que esta gozando mucho, me obedece. Yo, ahi mismo, le doy vuelta y ella entonces entiende. La levanto, un poco la pongo a la altura de mi cintura, ella se inclina un poco hacia el frente, yo la acomodo y se lo meto desde atrás en su chocha y ella comienza a gemir nuevamente. Cuando le digo que mire hacia el lado, y ella lo hace, ve que en la arena hay tres jóvenes, mirandonos y masturbandose, quien sabe desde cuando estaban ahí. Ella al verlos, se excito mas y comenzó a gemir mas duro, mientras movía mas rápido las caderas. Yo le suelto el top, dejando a la vista de los jóvenes los hermosos senos de Linda, mientras ella comienza a acariciarselos, a apretarselos y a pellizcarse los pezones… mirandolos a ellos. Ella me dice que nunca se había sentido mas bellaca. Ellos al ver eso, no aguantaron mas y se fueron viniendo uno tras otro. Ella comenzó a gemir mas, mientras los jóvenes se fueron al acabar.

Linda me dice que quiere terminar sobre la arena y ambos vamos hacia al orilla. Me pdió que me acostara boca arriba y una vez lo hize, ella se sentó en mi cara. Yo de inmediato comienzo a chuparle la chocha, mientras ella se inclina y me mama el bicho como si fuera fuera a comerselo: yo le aviso “me voy a venir” y ella “no me importa” y me lo sigue mamando.

Ya no aguanto mas y se la dejo de mamar, pero le meto dos dedos y de inmediato, ella me lo suelta y me vengo sobre su cara, mientras yo sigo dandole dedo. Entonces le meto un tercer dedo y ella comienza a gemir mas y mas, hasta que siento que se viene en mis dedos. Solo se acuesta a mi lado y nos quedamos mirando el cielo…. mirando el cielo.

Luego otro día hicimos otras cosas, pero eso será para otra historia.

En el ciber, sabiendo que quizas alguien observaba

January 16, 2010 by admin  
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Hola : Mi nombre es Angel y les quiero contar una historia veridica. Ocurrió hace como 3 meses en un Ciber.

Soy de Mexico, por obvias razones no diré de que región ya que ocurrió con una chica a la que quiero mucho.

Saliendo un sabado de un restaurante despues de desayunar con ella, que es una chica de estatura media, complexion delgada, muy sexi, bien dicen que las cosas buenas vienen en envases pequeños, pues es una delicia de mujer.

Fuimos a un ciber a realizar unos trabajos que teniamos pendientes que a ella le urgia entregar, entramos al ciber la que atendia era una señora de edad. Escogimos uno privado ya que al llegar no habia nadie y la señora dijo es la que tengo encendida.

Entramos nos pusimos a checar su trabajo ella sentada en la silla y yo para a su lado, la verdad yo tenia malos pensamientos ya que ella iba con una minifalda de mezclilla que hacia ver sus hermosas piernas bien formadas ya que ella pertenece a un grupo de danza.

Al observarla los pensamientos lujuriosos me excitaban cada vez mas, que empecé por besarle el cuello y acariciarle la espalda ella me decía, no vayas a empezar estamos en un lugar publico.

Y la verdad eso me encendia mas: saber que era un lugar publico. Poco a poco fui besandola hasta empezar a acariciarle los pechos, una mano fue descendiendo hasta llegar a sus piernas y empezar a tocarlas y subía y bajaba. Al principio, de negaba, no hacía ningun gesto hasta que al llegar sus bragas y pasar mis dedos por esa rajita dio un pequeño suspiro y acto seguido empezo a besarme en la boca. Nuestros labios se apresionaban cada vez mas como queriendo expresar todo lo que habia aguantado por tantas caricias, y empezo a acariciar mi pene por la parte del pantalon, y yo bajando más mis manos empece a introducirlas por debajo de su falta y acariciarles los gluteos, que son redonditos, y tambien la entrada de su vagina que ya empezaba a fluir liquidos.

Tanta era la excitación que empezó a dar pequeños gemiditos a los que callaba besándola, nos detuvimos un momento porque escuchamos que llegaba gente al ciber, eso como que nos encendía mas, tratamos de controlarnos pero yo me saque el pene a lo que ella respondió: !No, no lo saques porque me excitaras mas¡, y no quiero que el olor a sexo empiece a sentirse,… le dije que me besara y al principio de negaba, pero después empezó a darme unos besos en mi pene hasta que después empezó a chuparmela, eso ya me tenia a mil y sentí que casi ya me estaba por venir ya que todo el ambiente era excitante, saber que tal vez alguien nos observaba o nos podrían cachar.

Le dije al oído que se detuviera, porque podría ocurrir un accidente a lo cual con una sonrisa hizo caso omiso, pero después se detuvo, me metí el pene en el pantalón, pero estaba encendido y ella igual, ya que seguía acariciándome el pantalón, me dijo siéntate mejor, ya me canse de estar sentada, dijimos que nos tranquilizaríamos pero le dije que se sentara sobre mi y le subí la minifalda y empezamos a frotarnos ella empezó a gemir mas y mas y después echo su espalda hacia atrás y me dijo con un suspiro ya ya me vine y esto esta oliendo a sexo, nuestros aromas es mas fuerte, y nos detuvimos.

Nos controlamos, esperamos unos minutos y salimos del privado, ella se adelanto a comprar un agua y yo pagaba la hora del Internet, la alcancé en el auto, y nuestras miradas decían vamos a otro lado a terminar esto…

Con una sonrisa de picardia y de complicidad nos marchamos a un lugar mas solitario… al fin el primero me había costado 10 pesos la hora.

Mi borracha soledad

December 23, 2009 by admin  
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Oleadas de placer guiando las entradas y salidas de mis dedos cada vez más rápidas, un grito que se va desencajando y la explosión liberadora me recorre, mil descargas eléctricas rondando mi cuerpo y siento que voy llegando, que desde lo más profundo de mí va saliendo ese grito prolongado mezcla de dolor y el placer arrancado por tu ausencia.

Aquí sentada rodeada de objetos inanimados, tan fríos y sombríos como la propia expresión de mi rostro. Sintiéndome tan sola, desorientada y a la deriva. Quemándome en el interior del más primitivo deseo por tí, que no estás. Tengo un grito atravesado en el pecho y grandes deseos de llorar, pero mi rostro continúa fríamente sereno, incapaz de generar emoción alguna. Mis ojos secos, mi garganta muda, quizá no pueda llorar más, quién sabe si hasta esa capacidad he perdido o me la han quitado. No sé…no quiero saber.

Luego de colgar contigo caminé desnuda hasta mi sala, botella de tequila en mano, me senté en el suelo a intentar pintar lo que estoy sintiendo. Quiero exorcizar, sacar, destruir o mandar a volar toda la rabia, el dolor, los celos y esta maldita pasión por ti que me está consumiendo. Sin embargo, hoja tras hojas es un fallido intento. Ningún trazo, ningún color logra reflejar esta mezcla de sentimientos explosivos. Por tí estoy aquí sentada, con la piel fría y el pecho ardiendo, bebiendo tequila y hablándole al silencio…intentando llorar por ti.

Eh…tú…dime… Contéstame ¿Cómo dibujo ese grito intenso, largo, salvaje, vehemente, atormentado, puro, maldito y sagrado que llevo atravesado en el pecho? ¿Cómo con colores y trazos, ilustro ese grito agónico que revela la más absoluta e incomprensible soledad? Si pudieras contestarme eso, si alguien pudiera contestarme y liberarme de tí. Mientras bajo un trago del amargo y ardiente licor, comienzo a pintar mis pies del más profundo rojo.

Disfruto del cosquilleo que hace el pincel en mi piel y del vago mareo que el tequila provoca en mí. Como en una sensual danza voy trazando líneas en mis piernas, me encanta sentir el frío de la pintura bajar en leves chorros desde las rodillas hasta el interior de mis muslos. Mientras, recuerdo tu sonrisa y recojo la pintura con el pincel y mis dedos para esparcirla desde los muslos hasta las caderas, recorriendo lentamente mis ingles de arriba hacia abajo.

¿Dónde estás ahora que te necesito tanto? Suelto el pincel, quiero pintarme con los dedos y pienso que son tus manos las que recorren mis nalgas apretándolas levemente, haciendo círculos. Sumerjo completamente mis manos en el bote de pintura negra. Disfruto sentir su espesura cuando la esparzo sobre mi vientre, dibujando el camino de la lujuria y el deleite hasta mi monte de venus, camino del solitario deseo.

Estoy palpitando por ti, recordando tu mirada triste y enigmática y mis ganas de verte feliz. Rodeo con las manos mis senos, enmarcándolos, tiñendo de negro los sonrosados pezones. Mil sensaciones recorren mis pechos, con cada caricia piden más, y la impúdica danza de mis dedos se va haciendo en cada segundo más salvaje.

Tendida en el suelo, junto y separo mis piernas, gozando de sentir como continua resbalando libremente la pintura por mi piel. Acaricio mi cuello y mis hombros, abrazándome y recordando tu olor, y tu manera despechada de beber por ella. Yo bebo por tí, por mis ganas insatisfechas de tí, busco el tequila y me doy un trago directo de la botella dejando que un nuevo chorro baje entonces desde mi boca hasta el pecho y descienda lascivamente hasta mi sexo ya húmedo por ti.XOX1

Pinto tu rostro en el mío, es el contorno de tus ojos y tu boca el que siguen mis dedos merodeando en mi perfil. Mi clítoris erecto, insoportablemente sensible sintiéndose tan solo como yo, me reclama atención palpitando salvajemente.

Mis dedos llegan hasta el rodeándolo con ternura, y me estremezco de puro gusto. Lo frotan suavemente en candente ritmo como bailando al son de tambores africanos, mis caderas se unen a su danza, restrego con fuerza el sexo hacia mi mano, buscando…pidiendo…luchando por conseguir más placer. Mis nalgas chocan contra el frío suelo, y de mi boca van saliendo suaves gemidos cuando con mi otra mano acaricio mis pechos y vientre resbalando por mi piel mojada de pintura y alcohol.

Necesito más, mucho más, aumentar el ritmo, dejarme llevar por la danza…los tambores retumban en mi cabeza los puedo escuchar llenando esta habitación. Froto las paredes de mi vagina, me penetro con dos dedos y a la velocidad del rayo el éxtasis recorre mi espina dorsal.

Me muevo en total abandono y frenesí viendo uno y mil cuerpos danzando alrededor de una hoguera, contorsionándose como el mío al ritmo de tambores. Gemidos hechos canciones, mientras en mi interior se va librando una guerra sin cuartel y mientras lo comprendo todo. Aquí a través de mí te voy amando a ti, queriéndote inventar un nuevo mundo a fuerza de colores, trazos y versos. Esta es mi lucha por ti sin que te des por enterado…y entones se retuerce mi cuerpo ante la final llegada del placer.

Oleadas de placer guiando las entradas y salidas de mis dedos cada vez más rápidas, mis pechos tensos…un grito que se va desencajando y la explosión liberadora me recorre, mil descargas eléctricas rondando mi cuerpo y siento que voy llegando, que desde lo más profundo de mí va saliendo ese grito prolongado mezcla de dolor y el placer arrancado por tu ausencia.

Es entonces cuando en mi borracha soledad, desnuda, húmeda y satisfecha, puedo al fin… llorar por tí.

Vecinos

October 9, 2009 by admin  
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Comprendiste que te excitaba que te vieran. Provocar te ponía a mil. Adorabas ese juego de enseñar a escondidas a quien espía de igual modo.

Te miras desde niña en el espejo. No en espejillo chico. En uno en que quepa todo el cuerpo. Aprovechabas cuando salían tus padres para contemplarte en el grande del armario de su dormitorio. Pasabas horas frente a el. Ensayabas peinados imposibles, te disfrazabas con vestidos de madre que parecían agrandarse más allá de la lógica en torno a tu cuerpecillo desmedrado, te probabas zapatos de tacón en cuyo interior bailaban los pies a cada paso. El espejo grande te tomaba la mano y te guiaba por el mundo de la fantasía. Fuiste, según pasaron los años, princesa de cuento de hadas, cantante roquera, enfermera, noviecita del cantante Luis Miguel, mil cosas más frente al reflejo amigo.

Llegaste a esa turbadora e indecisa frontera que separa a la niña de la mujer y el espejo te vio entonces desnuda. Espiabas cada milímetro del cuerpo buscando algún signo externo de tu interna y confusa trasformación. Viste allí crecer tus pechos. Las manchitas redondas y oscuras ganaron relieve y textura de areolas. Se desperezaron los pezoncillos antes dormidos. Nacieron, como venidas en milagro, las primeras curvas en tu cuerpo anguloso. Levantabas los brazos y buscabas un oscuro atisbo de vello naciente en tus axilas. Hoy sonríes al recordarlo. Te impacientabas por tener lo que ahora eliminas. Clavabas la vista en tu vientre aguardando el despertar de los pelillos del pubis. Despertaron. Mes a mes se afinó tu cintura, se llenaron tus muslos, se redondearon tus caderas.

Años después, con diecinueve cumplidos, ya en cuerpo de mujer, te seguías contemplando, ahora en el espejo de tu cuarto. “Presumida nos ha salido la niña”, comentaba el padre. Lo que él no sabía era que, por la noche, te mirabas desnuda. Alzabas los pechos con las manos, te masajeabas los pezones para sentirlos crecer, te contoneabas, adelantabas una pierna por mejorar la perspectiva, te ponías de espaldas y volvías la cabeza en casi imposible torsión de cuello para verte por detrás. No te disgustaba tu cuerpo: altos los pechos, ni grandes ni pequeños, planos estómago y vientre, caderas quizá un puntín estrechas, los muslos largos, redondito el trasero. Los hombros un poco anchos, pero no se puede tener todo, qué caramba. No te veías fea: llena la boca, las cejas bien dibujadas, verdes los ojos, la nariz arremangada y un hoyuelo de lo más coquetón en la barbilla.

Una tarde viste una película policíaca en la tele. El detective de turno interrogaba al sospechoso en una habitación con espejo que, por la parte de detrás, permitía ver y escuchar el interrogatorio a los ocupantes del cuarto contiguo. Cuando, por la noche, te desnudaste, la escena te vino a la cabeza. ¿Y si el tuyo fuera uno de esos espejos? Instintivamente te cubriste el sexo con las manos. ¿Y si lo fuera? Menuda vergüenza. Tú desnuda y alguien mirándote. Una sacudida te recorrió el cuerpo. Quizá del otro lado del espejo dos hombres, tres, mil, te miraran y se masturbaran. Te invadió una extraña y caliente desazón. Te engolfaste en el pensamiento, fuiste repitiéndolo hasta dejarlo vacío de contenido. Te miraban. Sentiste humedad en la entrepierna. Te tocaste y mojaste el dedo de jugos.

Te miraban. Miraban tu cuerpo desnudo. Comenzaste a jadear y tu mano, sin voluntad o con voluntad propia, que ambas cosas vienen a ser lo mismo, tanteó el botoncillo carnoso del gusto. Así. Así. Ir y venir de corrientes eléctricas. Flujo y reflujo de mar. Te tocaste y había estrellas y torbellinos y algodón dulce y un placer redondo que todo lo engullía. Tú. El espejo. Ellos, desconocidos e ignorados. Sobre todo ellos.

Fue un orgasmo total que abrió nuevos caminos. Jamás habías sentido tanto. Comprendiste que te excitaba que te vieran. Provocar te ponía a mil. Adorabas ese juego de enseñar a escondidas a quien espía de igual modo. La ambigüedad. El ojo de la cerradura. Solías coincidir con el vecino de enfrente en el ascensor. Te saludaba y poco más. Quizá un comentario sobre el tiempo. Sabías que le gustabas. Estaba en esa edad difícil en que se tienen hijas de treinta años y amores imposibles de diecinueve. Se te quedaba mirando cuando os despedíais en el portal. Solía trabajar en casa. Escribía en los periódicos. Publicaba libros. Su ventana enfrentaba con la tuya, patio de luces en medio. Estuviste dándole vueltas a la idea un tiempo.

Cuando te decidiste a ponerla en práctica, el corazón daba golpetazos en la parte de dentro de tus costillas. No bajaste la persiana. No corriste la cortina. Tampoco miraste a la ventana. Te desabotonaste la blusa. Te bajaste la cremallera de la falda. ¿Se habría dado cuenta? ¿Estaría pendiente de ti? Te quitaste la blusa muy despacio. Llevabas el sujetador negro, el que mejor te sentaba, que estas cosas o se hacen bien o no se hacen. Te bajaste la falda. Un tanga a juego con el sujetador, delicioso y mínimo. ¿Y ahora qué? Fuiste al cuarto de baño y, sin encender la luz, miraste la ventana del vecino. No había luz. ¿Sería posible que no se hubiera percatado de nada? Un momento. Se había movido la cortina. Estaba allí. Seguro. A oscuras, para que no repararas en su presencia.

Respirabas fuego. Te latía la sien. Se te encharcaba el sexo. Tragaste saliva y volviste a tu cuarto. Te sentaste en la cama, frente a la ventana. Te quitaste el sujetador. Tenías los pezones endurecidos. No precisamente de frío. Enderezaste la espalda y simulaste interesarte en algo que quedaba fuera de la vista del vecino. Seguro que se estaba masturbando. Estaría tras la cortina, reteniendo la respiración, con la verga fuera de la bragueta y dale que te pego. Habías conseguido que un señor que cumpliría los cincuenta se la meneara como un crío. Por ti. A tu salud. Tenías el poder. Sabías aprovecharlo. Decidiste dar una vuelta más de tuerca. Te acariciaste los pechos. Los pellizcaste. Los amasaste. Los sobaste. Te estiraste los pezones. Subió la temperatura del patio de luces entre tu segura calentura y la más que previsible del vecino. Te bajaste el tanga. No podías más. Tenías que liberar tensiones. Te frotaste con la palma de la mano derecha el pubis en tanto seguías tocándote los pechos con la izquierda.

Mientras subías al cielo del placer, comprendiste que no estabas hecha para que tu nombre figurara en el santoral. Mejor que estuviera, con el número del móvil, en la puerta del váter de los chicos. Fue ese el pensamiento que te llevó más alto y abrió las compuertas de tu mar interior. Mal reprimiste un jadeo hecho grito que, de no acallarlo, hubiera hecho acudir corriendo a tus padres y a los bomberos. Quedaste desmadejada, sudorosa, en paz contigo misma y con el mundo. Te pusiste el pijama y apagaste la luz. Dormiste como un bebé. Dos días después volviste a coincidir con el vecino en el ascensor. Desvió la vista. Dijo un “buenos días” en murmullo. Nada más. Le miraste con disimulo la entrepierna. Tenía un bulto enorme. Sonreíste y decidiste darle aquella misma noche más ración de nena ingenua que se desnuda.

Hay quien vive para sus grandes ambiciones. Tú vives para tus pequeños vicios. Sobre todo para encelar a los hombres. Tal vez tengas algo desteclado por dentro. Hay mujeres que son noches estrelladas de invierno, por hermosas y frías. No estás entre ellas, pero casi. Eres arco iris, próximo e imposible al tiempo, que se deja ver al descuido. Pareces a la mano y no lo estás. Decía Oscar Wilde que cuando los dioses desean castigarnos, satisfacen nuestros deseos. Contigo los dioses premian. No castigan. Provocas. Te quedas en eso. Eres un monumento al deseo continuo. Te satisfaces sabiendo que te miran. A los mirones que les den por donde amargan los pepinos.

Te has convertido en una experta. Hueles el deseo de los hombres. Trabajas en una joyería. Las demás dependientas visten discretamente. Tú no. El encargado no te dice nada. Sólo mira. Lo tienes en el bolsillo. Las demás te llaman puta a tus espaldas. ¡Ya quisieran ellas ser la mitad de putas que tú! Llevas del pico a sus novios y a sus maridos, tan es así que tus compañeras no quieren que se pasen por la tienda, porque saben que sus hombres ven en ti lo que han olvidado que vieron en ellas el primer día.

Te agrada inventar historias en que tan pronto eres la reina como la última de las esclavas. Fabulas y, haciéndolo, construyes un mundo sólo tuyo que compartes con los ojos de los hombres. Rehúyes la realidad. Mientes, no por malicia, sino porque amas la belleza y sabes que sólo se debe decir la verdad si la verdad es más hermosa que la mentira. ¡Eso ocurre tan raramente!

Porque te odio y te adoro, compré en la joyería anillos que ni quiero ni necesito y broches que nunca regalaré a nadie, sólo por verte los pechos desnudos que muestras al inclinarte sobre el mostrador con ese escote imposible que revela tan claramente que prescindes de los sujetadores cuando viene al caso. Porque me desvelas, has conseguido que el insomnio sea mi compañero de cama. Porque me obsesionas, escribo sobre ti. Sé tu nombre y tu apellido y poco más. Hemos cruzado unas cuantas palabras en el ascensor – me hago el encontradizo- y te veo sin ropa cada noche al otro lado del patio de luces. Ignoro si te mirabas de pequeña en el espejo y si, de adolescente, te desnudabas y te contemplabas. Frente a mí lo haces y, como no puedo pensar en nadie que no seas tú, he hilvanado estos folios en lugar de escribir el artículo que están esperando en el periódico.

Te he recreado, he intentado hacer de ti algo vivo e inquietante, traducir en palabras algo de mi pasión, de mi impaciencia, de mi obsesión. No sé si lo conseguí. Aguardo la hora bruja de la noche para llenarme los ojos de tu gloriosa juventud. Y me masturbo, claro que sí, en eso no te equivocas. Con desesperación. Con añoranza. Sabiendo que he alcanzado la edad en que los ojos son para quienes me rodean y la mano es para mí solo. ¡Quién iba a decirme que perdería el juicio por la vecinita de enfrente! Cosas que pasan, pechos bonitos, culo glorioso, sexo esplendoroso. Cosas que ocurren, vecina mía.

Autora: Trazada30